Los pasos de las víctimas

Columna publicada el 11 de abril de 2015 en El Heraldo.

En general, en Colombia somos escépticos a las marchas.Tenemos la sensación de que no sirven para nada y, con frecuencia, son usurpadas por intereses políticos, o estigmatizadas y desmanteladas en un dos por tres. En el 2013, cuando los campesinos boyacenses comenzaron una protesta legítima, bastó una advertencia del presidente y una marcha salida de control en Bogotá para que se interpretara que todo el movimiento estaba “infiltrado por la guerrilla” y toda la protesta campesina perdió su credibilidad. En general, estas marchas de origen espontáneo –que uno creería que tienen mayor legitimidad por expresar un sentir colectivo tan irremediable que la gente decide salir a la calle y marchar– son desarticuladas y estigmatizadas muy rápidamente. En cambio, las marchas que tienen el apoyo del gobierno de turno y/o de partidos políticos organizados suelen resultar “más pacíficas”, “ordenadas” (¿o coreografiadas?) y seguras, pero claro, para todos es evidente que no reflejan una “necesidad del pueblo”, tienen que ver más con los compromisos que con las pasiones y, aunque congestionan el tráfico, no alcanzan a ser realmente “incómodas”.

Las marchas del jueves 9 de abril por las víctimas fueron sin duda “multitudinarias”, pero quedó la impresión de que, más que por respeto a las víctimas, fueron actos proselitistas de los varios movimientos de izquierda del país. No era para menos, el discurso de las víctimas es lo que más vende en este momento, tanto para izquierda como para la derecha, y la creciente organización política de las víctimas hace que sean una fuerza considerable. Así que, el jueves, todos los caudillos políticos corrieron a marchar y hasta llevaron personajes célebres como para hacer la marcha vistosa como un carnaval. Piedad Córdoba tuvo la grandiosa idea de traer a  Maradona, como si su apoyo al proceso de paz fuera remotamente relevante, y la gente se indignó porque el ídolo del fútbol es un drogadicto (algo que hace parte del libre desarrollo de su personalidad) y no porque sea un reconocido maltratador de mujeres (un agresor que hace parte de un problema de salud pública).

Si bien es cierto que las víctimas participan en las marchas del 9 de abril, y que militan en muchos de estos partidos y movimientos, se trata de visibilizarlas a todas, sin los respectivos políticos protagonizando los movimientos. Las marchas recientes se politizaron porque se centraron en el proceso de paz de La Habana, que es apenas un punto en el complejo panorama histórico de la violencia, desigualdad y opresión en Colombia. El discurso de las víctimas será por fin tema obligado de la política en el país, y es predecible que todos los partidos políticos se monten en ese bus. El problema radica en que los ciudadanos sepamos discernir entre los oportunistas (en todos los campos), y los que vienen haciendo un trabajo comprometido y sensible para construir una paz que solo podrá ser incómoda y difícil en un país que, por primera vez, empieza a ver a las víctimas como actores políticos, y no como una contingencia.

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