Debate salarial

Columna publicada el 29 de abril de 2015 en El Espectador.

La educación que recibimos determina la manera en la que percibimos el mundo. Sin palabras para referirnos a las cosas no tenemos acceso a ellas. Sin herramientas básicas como saber leer y escribir, sumar y restar, quedamos absolutamente por fuera del espectro de los sistemas políticos, del poder y del deber ser de ese mundo que existe en la medida que lo nombramos. El derecho a la educación se encuentra en el engranaje de interconexión e interdependencia de todos los derechos humanos. Visto de esta manera, un oficio como el de la docencia puede el más poderoso de todos (pese a no ser el mejor remunerado) con un altísimo impacto biopolítico y determinante para construir nuestros sistemas de poder y de autoridad. Por eso, en Colombia, la posibilidad de ir a un colegio privado puede a su vez definir las posibilidad de movilidad social a futuro. Los colombianos mejor educados son sin duda los que tienen el poder. Las diferencias de calidad radicales entre educación pública y privada a nivel de basica primaria y bachillerato son una de las brechas de la insubsanable desigualdad de clases que hay en el país. Por eso, la docencia también es un oficio definitivo para mantener o subvertir el stau quo y nuestros modelos de poder.

A pesar de que repetimos una y otra vez que la educación es importante, los maestros son, por mucho, los peores pagados del sector público y cada vez que piden una nivelación les contestan que tienen que entender que la economía va mal, que las prioridades de la guerra contra las drogas, etcétera. A diferencia de los congresistas, no pueden decretar subirse su propio sueldo. En cambio, pasan horas ingratas en salones con 45 niños que tampoco entienden por qué están ahí, y luego vuelven a sus casas a llenar infinitas planillas con indicadores de logro que quitan poco a poco las ganas de aprender, y hasta las mismas ganas de vivir. En esas condiciones es difícil exigirle a un maestro calidad y eso se nota en el sistema educativo. De todas formas, el maestro o maestra que intente salirse del molde, o apasionar a los estudiantes con algo, se encontrará con infinidad de juicios y trabas burocráticas que le harán desistir tarde o temprano, y preferirá simplemente prepararlos para contestar como autómatas las preguntas de la prueba estandarizada de turno. Encima, ahora el Ministerio quiere alargar la jornada, pero la mayoría de los colegios no tienen las condiciones mínimas básicas (infraestructura, almuerzos, baños), y a los maestros no les van a subir el sueldo proporcionalmente a las horas extras de trabajo.

Mientras tanto, el indicador de logro del Ministerio es sacar un buen puntaje en las pruebas Pisa para fanfarronear internacionalmente, y como este año sí pudo enterarse de cuáles colegios participarán, les dio a todos computadores con software para entrenamiento, de manera que ganemos esa batalla, aunque no ganemos la guerra. Discusiones sobre cambios en los modelos de educación se están dando en todos los países del mundo, pero Colombia es uno de los pocos que aún cree que las pruebas estandandarizadas son más importantes que el bienestar de estudiantes y maestros.

Es evidente que los reclamos de los maestros en el paro son justos, y que no hay en realidad otra manera de presionar al Ministerio, que tiene por costumbre ignorarlos o regatear sus derechos al menudeo. Solo en vísperas de las pruebas Pisa el Ministerio tiene algo que perder. Pero eso es lo más triste de todo. No se trata de si la ministra o los sindicatos de los profesores tienen la razón; este pulso de poder lo vemos todos los años. Se trata de que todas las personas que están inmersas en el sistema educativo aporten a un debate democrático que permita una educación de calidad accesible que no se trate solo de salarios, matrículas, becas, resultados de exámenes, sino de contestar las preguntas cruciales: ¿quiénes están educando? ¿para qué se está educando? ¿cómo se está educando? Pero esas preguntas no se están debatiendo. Todo es un problema de plata.

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