En este pueblo no hay ladrones

Columna publicada el 6 de mayo de 2015 en El Espectador.

SE ROBARON UN EJEMPLAR DE LA primera edición de Cien años de soledad, dedicado por el mismísimo finado Gabriel García Márquez a Álvaro Castillo, uno de los libreros más reconocidos y queridos de Bogotá. El libro estaba expuesto en el pabellón Macondo, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, sin la vigilancia necesaria (por ejemplo, ninguna cámara) y el o la ladrona fue tan hábil que se llevó hasta la chapa.

La información, las historias y las ficciones son intangibles. Los libros son estos intangibles organizados en un soporte de que sirva de tecnología de registro. Aunque durante mucho tiempo soporte y libro estuvieron identificados, hoy sabemos que son cosas diferentes. Frente a los formatos digitales, el papel es caro, pesado y se llena de polvo; un formato muy limitado para divulgar y transportar información. Al “perder su utilidad”, los libros de papel se convierten en fetiches, en objetos de colección. Lo que el o la ladrona codiciaba era ese objeto, único e irrepetible, un soporte para un texto transformado obra de arte con la firma de Gabo, como el Orinal de Duchamp con la de R. Mutt o la “Mierda de artista” de Mancini, creada, enlatada y firmada por él mismo.

En un mundo en el que todo puede ser repetible hasta el infinito, la reproducción técnica destruye la “originalidad”, explicó Walter Benjamin. Todos esos objetos que no son únicos ni originales pierden su “aura”, que es una especie de valor intangible que tiene que ver con la experiencia de los mismos objetos y su condición de “irrepetibles”. Los objetos que conservan el aura son arte. Benjamin pone como ejemplo la irrupción y popularización de la fotografía. Con la fotografía, la pintura dejó de ser “necesaria” para mostrar cómo eran las cosas y, liberada de su función, se entregó al cubismo, al fauvismo, al dadá. De la misma manera, la llegada del libro digital hace que los libros de papel se conviertan en objetos de fetiche, que cuentan la historia de cómo han sido coleccionados y que más que “información” les dan a sus dueños una sensación de hogar. Entonces, los libreros dejan de ser distribuidores de información para convertirse en merchants de arte, creadores de memoria, traficantes de auras.

Esa es la experiencia que uno tiene al llegar a San Librario, la librería de Álvaro Castillo. Álvaro es tan buen librero, que puede ensartar y predecir nuestros gustos y deseos más rápido que Google. Uno le pregunta por un libro y Álvaro salta a mostrarnos otro y otro, con una habilidad que ronda el psicoanálisis o la clarividencia. Una vez me vendió una primera edición de Cenizas para el viento, firmada por Hernando Téllez, que contiene el magistral cuento “Espuma y nada más”, que después García Márquez copiaría a su manera y titularía “Un día de estos”. Hoy el aura del libro brilla discreta en una estantería de mi sala. Los fetichistas de los libros (que no es lo mismo que los lectores) salimos de San Librario con un objeto único y además con una experiencia. Eso hace que los libros que vende sean invaluables, y a juzgar por la dedicatoria, Gabo lo sabía.

En el final de este cuento macondiano dentro de un cuento macondiano, el libro —de Álvaro y de Gabo— se convirtió en el más famoso de los 8.000 impresos por Editorial Sudamericana en 1967. Y sólo podemos imaginar el resto de la historia. Tal vez será llevado secretamente al exterior para vendérselo a un excéntrico coleccionista que lo velará en un altar; o lo tendrá en su casa un ladrón cualquiera, quizás un tocayo de Castillo que ahora inventa que el Álvaro de la dedicatoria es él. García Márquez hizo literatura registrando con deliciosa prosa a ese absurdo cotidiano colombiano que supera la ficción. Este es un cuento que le habría encantado contar.

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