Una raza llamada sabor

Columna publicada el 23 de mayo de 2015 en El Heraldo.

Decir que alguien es “afrodescendiente” es un contrasentido histórico porque estrictamente todos los humanos somos afrodescendientes. Todo eso del “color de piel” es una cuestión cultural y extremadamente relativa. Los “blancos” en Colombia en realidad son “trigueños”, y apenas se van a las Europas se convierten en “sudacas morenos”. A los negros ricos en Colombia, en cambio, los llamamos “morenos”. Uno también podría decir que es “más negro” un “blanco” del Caribe o del Pacífico que uno de los Andes. Y finalmente, cuando cachacos, costeños, paisas, llaneros, santandereanos y caleños salen del país resultan que son los que más bailan: “se nos sale lo negro”, que en Colombia (con mucho racismo y mucha razón) se identifica con “la sabrosura”. De hecho, una canción de Chocquibtown en su último disco se titula “Una raza llamada sabor”: “llegó el ritmo que a tu cuerpo da calor”.

Si bien toda Colombia celebra las apropiaciones culturales de lo Afro, no hay políticas eficientes que mejoren la situación de las comunidades que se identifican como negras, en su mayoría sin oportunidades, ni  justicia, ni infraestructura. No importa que los negros sean pobres porque son “alegremente oscuros”, y por eso en la misma canción Chocquib town dice “echando pa’lante, aunque el dinero no alcance”. Es por esto que Daniel Gómez Mazo habla en el Observatorio de Discriminación Racial de “el buen racista”. Ese que “adora a los negros”, les compra sus discos, pero los sigue viendo como un “otro”, exóticos. Ese que tiene “privilegios de blanco” y no los usa de manera activa para abrir espacios de igualdad y sin discriminación para esos que por azares culturales llamamos “negros”. Quizás si las comunidades negras tuvieran oportunidades equitativas no celebraríamos solo su flow, sino también sus logros en otros campos: académicos, científicos, políticos y de liderazgo social.

Colombia es uno de los países de Latinoamérica con mayor población negra. Como quedamos en la boca de Suramérica y fuimos paso obligado de todos los esclavos del continente, nuestro mestizaje es un profundo ensamblaje de esas “tres razas” que nos enseñan en el colegio. Todos los colombianos tenemos “un negro en la familia”, pero seguimos hablando de “los negros” como si fueran otros. Eso lo sabe Choc-quibtown al definir “la raza del sabor” y por eso  le canta a  “Estados Unidos, India, Australia, África, China” y dice que “somos negros, altos, sambos, chombos, cholos, Incas, sintis, mayas, chibchas”: “somos una raza entera llena de sabor, y que no se rige por su piel, ni su color.” En realidad estas comunidades tienen en común dos cosas: incomparables aportes culturales y ser víctimas de opresión y discriminación. Dejar de ser racista se trata de entender que las razas son construcciones culturales (que tienen que ver más con el idioma, la tradición, la cultura, el poder adquisitivo y las estructuras de poder y opresión, que con el color de piel).También implica revisar el privilegio que cada uno tenga y usarlo de manera activa y efectiva para abrir oportunidades y espacios que borren esa estúpida idea de otredad en la “diferencia de razas” (que al final es puro clasismo), pues en realidad, todos somos colombiafricanos. Y lo más importante: tener claro que “lo negro” es, puede y debe ser más, muchísimo más que ritmo y sabor.

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