Cosas de niñas

Columna publicada el 27 de mayo de 2015 en El Espectador.

Recientemente las paisas presenciaron dos discusiones en escenarios públicos (Metro y redes sociales) sobre sus derechos y papel en la sociedad: la Pontificia Universidad Bolivariana les dijo que debían ser mansitas y biemportadas para triunfar en la vida, y Profamilia les dijo que las colombianas son autónomas y tienen derecho a decidir sobres sus vidas y sus cuerpos.

“Cosas de niñas, educación y buenos modales” es el nombre de un curso vacacional de la Pontificia: cinco horas de lunes a viernes, $300.000=, y su banner promocional explica “Será tu primer paso para convertirte en una dama segura y triunfadora”. Tras evidentes críticas en redes sociales, el curso dejó de anunciarse en la página web de la universidad. Según las oficinas de la universidad el curso, ahora bajo revisión, tenía por objetivo enseñar “cómo saludar, cómo poner la mesa, etiqueta en redes sociales, oratoria, cómo caminar, cómo sentarse, valor personal y autoconfianza”.

Puedo imaginarme que las dos últimas comienzan con la aserción de que “si la leche es gratis nadie compra la vaca”, que suele ser la manera en la que las corrientes conservadoras les enseñan a las mujeres su “valor”: comparándolas con vacas. ¿Por qué no hay un curso sobre “Cosas de niños”? ¿Qué enseñarían ahí? A los niños varones no les enseñan “modales”, los dejan correr, jugar, pegar, gritar y ser ellos mismos. Las niñas suelen tener una educación en la que hay menos juegos, y más “aprender a comportarse”. Las niñas no corren porque se pueden caer, ni trepan árboles para que no se les vean los calzones debajo de la falda. Hay una colonización de la feminidad muy sutil en lo que nos prohíben y/o nos permiten hacer desde pequeñas. Recibimos discursos subrepticios desde la educación, la política, la publicidad, que nos marcan los límites de nuestro propio corral. El Manual de Carreño nos enseña a ser clasistas, hipócritas, hiperconscientes de nuestro cuerpo, de nuestras palabras y de nuestros gestos; se convierte en un súper yo, interno y siempre vigilante, con el que interiorizamos nuestras rejas. Rejas que atraviesan, por supuesto, nuestra moral y salud, sexuales y reproductivas: nos dicen que la manera de evitar un embarazo es cerrar las piernas —y no mencionan los anticonceptivos—. Luego, por eso hay miles de abortos clandestinos.

Según las cifras que divulga Profamilia en su genial campaña “La decisión es tuya”, sobre el derecho al aborto legal y seguro, 398.000 de la totalidad de abortos clandestinos en Colombia no debieron serlo, pues se enmarcaron dentro de las tres causales en las que el derecho está despenalizado: violación, malformidad del feto incompatible con la vida, y salud mental o física de la mujer. Usualmente cuando una mujer toma la difícil decisión de abortar, es porque no imagina su vida de otra manera, y terminará el embarazo por la vía legal o ilegal, como pueda. Estas 398.000 colombianas pusieron en peligro su vidas cuando no era necesario, tenían el derecho de terminar un embarazo traumático de una manera legal, segura y responsable y no lo hicieron. Los abortos clandestinos matan a las mujeres y son un problema de salud pública. A nueve años de la Sentencia C-355/06, las colombianas no saben cómo acceder a un aborto legal y seguro ni cuándo ni ante quién pueden reclamar su derecho.

Ya que están replanteando su curso, ojalá que en la Pontificia consideren incluir información sobre el derecho a la interrupción del embarazo. Esa es la información que de manera efectiva nos hace “mujeres seguras y triunfadoras” (en control de nuestro cuerpo y nuestra sexualidad). Además, en un país con un promedio de 159.656 partos de niñas menores de 18 años, al año, abortar es sin duda una “cosa de niñas”.

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