Calaveras Rosa

Columna publicada el 3 de junio de 2015 en El Espectador.

“Todos los muertos son iguales” dicen penalistas de todos los pelambres criticando la Ley Rosa Elvira Cely, que tipifica el crimen del feminicidio, recién aprobada por el Congreso.

Aseguran que las mujeres ya logramos ser iguales a los hombres y que “no ven género”. Pero se necesita mucha desconexión para creer que hombres y mujeres tenemos igualdad de derechos y oportunidades, y mucha indolencia para no ver lo que dicen las cifras: de las 44.743 personas que fueron víctimas de violencia de pareja según Medicina Legal, 39.020 fueron mujeres. Sí, “a los hombres también les pasa”, pero les pasa en menor medida, les pasa de manera excepcional, mientras la violencia contra las mujeres es sistemática, al punto de ser un problema de salud pública. Algunos han caído en la falacia de creer que tipificar este delito nos aleja de la igualdad entre hombres y mujeres. Esto es no entender que cuando se habla de “igualdad” se está haciendo un reclamo para que tengamos igualdad de derechos, y esto es algo que solo se puede conseguir al ser conscientes de las diferencias: de las vulnerabilidades y privilegios que nuestra cultura reparte de manera desigual para ambos géneros.

Por eso, no es lo mismo ser mujer que ser hombre, y aunque hombres y mujeres tenemos la capacidad para ser violentos, los hombres están respaldados por un sistema que les da privilegios de dominación sobre las mujeres, que les dice que esa violencia es “virilidad” y que por eso violentarnos es comprensible, normal, que no habrá castigo si nos atacan. En cambio, las mujeres somos discriminadas sistemáticamente (ni siquiera tenemos plenos derechos sobre el control de nuestros cuerpos), muchas dependen patrimonial y económicamente de sus parejas o de los hombres de su familia (lo cual dificulta que escapen de sus agresores) y nos enfrentamos a una policía y a un sistema de justicia que en el mejor de los casos no nos cree y en el peor nos da la espalda.
Según un informe de 2011 de la Casa de la Mujer, el 40% de los asesinatos a mujeres son perpetuados por sus parejas, exparejas u hombres de su familia. El asesinato y tortura de Rosa Elvira Cely sucedió porque un sistema penal dejó en libertad a un agresor reincidente que manifiestamente odiaba a las mujeres. Los ataques y violencia sexual que sufrió la periodista Jineth Bedoya muestran que incluso cuando los motivos para la agresión no son motivados en razón de su género, la forma en que se ejerce la violencia sí cambia, y se magnifica, cuando la atacada es una mujer. Es estúpido pensar que en estos casos da lo mismo el género de la víctima. Por cierto, uno de los presuntos agresores de Bedoya acaba de salir en libertad, cortando las esperanzas de resolución a un crimen que lleva 15 años impune. Esta impunidad es casi absoluta cuando se trata de violencia contra las mujeres porque está respaldada en un sistema cultural que invisibiliza y desestima estos ataques. Por eso la nueva ley obliga a brindar asistencia técnica y legal a las mujeres víctimas de violencia de género, y dos puntos muy importantes: que el Ministerio de Educación incorpore la perspectiva de género en la malla curricular de educación preescolar, básica y media, y la adopción de un sistema nacional de estadísticas sobre violencia basada en género que permita hacer un desglose y un registro adecuado del problema.
La ley Rosa Elvira Cely no acabará con los asesinatos a mujeres, pero la tipificación penal del feminicidio nos da herramientas conceptuales para pensar en la importante diferencia que hay entre matar a una mujer para robarle, y matarla porque el victimario asume que su cuerpo (y el de todas las mujeres) es un objeto desechable y a su disposición. Cuando el motivo del asesinato de una mujer es el machismo, la sociedad que ha construido y permitido ese machismo, también es culpable. Las mujeres víctimas de feminicidio, ni en la muerte alcanzan a ser iguales.
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