Manual para ir al baño

Columna publicada el 9 de junio de 2015 en Sin Embargo.

Foto: Vanity FairFoto: Vanity Fair

Tras la portada de Caitlyn Jenner en Vanity Fair, que cuenta la historia de la  transformación de su cuerpo para asumir su nueva identidad como mujer, Laverne Cox, actriz de Orange is The New Black y también transgénero, comentó en un post de Tumblrque los comentarios sobre Jenner estaban todos enfocados en su cuerpo y su belleza. Para Cox, lo verdaderamente bello estaba en la valentía de pasar por esta transformación frente al ojo público y en la posibilidad de usar sus privilegios para mejorar las condiciones de vida de otras personas transgénero en Estados Unidos. El comediante y líder de opinión Jon Stewart llamó la atención sobre cuán rápido habíamos empezado a “tratarla como una mujer” es decir, valorarla por su físico, hablar de lo que se pone antes de lo que dice, recordarle que la vejez es peor que la muerte. “Bienvenida a ser una mujer en América”, le dijo Jon Stewart.

La historia de Caitlyn Jenner sirve para cuestionar y pensar lo que significa “ser mujer”. Sin duda, lo que señala Stewart es cierto: la experiencia de ser mujer pasa por una serie de abusos y violencias del cotidiano que rara vez enfrentan lo hombres. Pero, ¿por que decimos que Jenner ahora es una mujer? ¿Porque tiene el cabello largo? ¿Porque usa maquillaje? ¿Porque sus genitales cambiaron y ahora semejan una vulva y una vagina? ¿Porque ahora usa la puerta marcada con el dibujo rosa cuando va al baño? Jenner dice en su entrevista que “su cerebro siempre fue el de una mujer”. Esto es algo que dicen de manera reiterada las personas transexuales. Pero, ¿Cómo es eso? ¿Es una metáfora o una afirmación científica? ¿Qué significa tener el “cerebro de una mujer”?

Elinor Burkett muestra el problema que tienen estas afirmaciones en su artículo “What Makes A Woman?” publicado en el New York Times. Burkett señala que el feminismo lleva años tratando de mostrar que el género es una construcción cultural, no biológica. Que las diferencias que hay entre el cerebro genérico de los hombres y el genérico de las mujeres son tan mínimas que no vale la pena tomarlas en cuenta y que no se puede definir a un hombre o una mujer reduciéndose a su genitalidad, de la misma manera que no se pueden definir las aptitudes de una persona a partir de su color de piel. “No se nace mujer, se llega a serlo” es la frase iniciática de Simone de Beauvoir que desemboca en que Judith Butler dijera en los noventas que el género es performativo: es decir, que se es mujer a punta de repetir ese performance de ser mujer cada minuto de todos los días, no porque sea un destino biológico.

Además está ampliamente demostrado que nuestros cuerpos, nuestros cerebros, y hasta nuestros genes, cambian según el ambiente al que están expuestos y el uso que hacemos de ellos. Si acaso los cerebros de hombres y mujeres fuesen diferentes, sería porque día a día los usamos de manera diferente, según el script de género que nos asignaron a partir de nuestros genitales, y ese uso modifica un poquito la dimensión física de nuestros cerebros. Énfasis en “un poquito” porque de nuevo, dichas diferencias no alcanzan a ser lo suficientemente significativas y menos cuando se trata de acceso a derechos. Burkett dice algo muy cierto: Jenner, hasta ahora, no había tenido la experiencia de ser mujer, no había estado expuesta a la discriminación y violencia sistémica, no le habían pagado menos, no habían menospreciado sus palabras por estarle mirando las tetas, hasta ahora, porque hasta ahora vivió con la experiencia de que la sociedad la tratara como un hombre, aunque ella no se sintiera así. Por eso, simplemente por eso, el cerebro de Jenner no puede de ninguna manera ser “como el de una mujer”, ni es una mujer porque le hayan construido una vagina. Es una mujer porque así lo ha decidido, y lo será a fuerza de levantarse cada día a vivir como mujer, y a ser tratada como mujer, e incluso esa será una experiencia tremendamente diferente a la de la mayoría de las mujeres.

Un caso casi opuesto es el de Caleb LoSchiavo, un hombre que entró a estudiar a una universidad estadounidense de solo mujeres, porque cuando comenzó su carrera era una mujer. En el camino se dió cuenta que era trans, y para cuando se graduó era el único y primer hombre de todo el plantel. Lo que presenta una pregunta: ¿ahora que era hombre, debía estar en una universidad de solo mujeres? ¿Puede ocupar ese lugar ahora que es “parte del privilegio”? Sin embargo, LoSchiavo sabe, sin duda, lo que significa la experiencia de ser mujer, pues el mundo lo vió así mucho tiempo. LoSchiavo inició una exitosa campaña para cambiar las políticas de admisión de la universidad de manera que fueran flexibles con les aplicantes trans. “Necesitamos universidades de solo mujeres porque aunque las cifras de admisión entre hombres y mujeres son iguales, todo lo demás es aún desigual. Y, a pesar de que estas fuerzas afectan negativamente a todas las personas, podrían pegarle a las personas trans, especialmente a las mujeres trans, más fuerte que a los demás” dice LoSchiavo.

Andrea Camacho fue la primera mujer en lograr una tutela en Colombia que ordenara a las entidades prestadoras de servicios de salud asumir los costos de cambios de sexo, asumiendo estas cirugías como algo médico, no cosmético. Recuerdo en una de las muchas entrevistas que le hice para su perfil en la revista Vice, le pregunté que cómo creía ella que era ser mujer. Camacho me contestó que de niña pensaba que ser mujer era “todo rosadito” y que veía que todos eran amables y dulces con las mujeres. Esta parte de su testimonio no hizo parte del texto publicado, pero en mi siempre han resonado sus palabras pues, recuerdo que en ese momento pensé que lo que me decía no tenía nada que ver con mi experiencia de ser mujer, en la que la “amabilidad” se parece más a esto:

El otro día me quejaba en Twitter de los taxistas interrogadores que apenas escuchan mi acento quieren saber de dónde vengo, por qué estoy aquí, y si me gustan los tacos y los hombres mexicanos. Un hombre, también migrante, me contestó que a él eso no le parecía molesto, que entendía que los taxistas estaban aburridos y que era natural que tuviesen curiosidad por un extranjero. Yo pensé por un momento que tenía razón, sin embargo mi sensación de incomodidad ante estos interrogatorios no ha mermado. Esto sucede porque un hombre no se pregunta si este tipo de cuestionamientos son simple curiosidad o un preludio para el acoso sexual. Las mujeres sí nos hacemos esta pregunta.

Así como para mí son inimaginables las opresiones por las que ha tenido que pasar Camacho, también es claro para mí que su experiencia de ser mujer no será la misma que la mía (por ejemplo, la gente no me cuestiona cuando les digo que soy una mujer). Ahora esto no quiere decir que yo no pueda hablar sobre Camacho o ella sobre mí. En temas que atañen al debate social y público, es poco deseable caer en esos solipsismos en los que uno termina no pudiendo hablar de nada que no sea su experiencia subjetiva. Hacer eso es caer presa de una falacia ad hominem pues invalida los argumentos de un discurso a partir de quien los dice. Todas y todos podemos hablar de todo, pero siempre recordando que la experiencia de “ser mujer” no es algo unificado, sino que está atravesada por los bemoles de la interseccionalidad, y las decisiones que cada individuo toma sobre cómo vivir su vida.

Tiene razón Burkett al decir que estas afirmaciones, tan parecidas al esencialismo biológico, por parte de la comunidad trans, ponen riesgo una lucha muy importante del feminismo: que nuestros cuerpos no son nuestro destino. Esto tiene dos lecturas posibles: que el cuerpo no determina a dónde vamos y que tampoco es el cuerpo un punto de llegada. Este es un argumento importantísimo para el feminismo, porque si no, las mujeres volveremos a ser “no aptas” para muchos trabajos por ser “naturalmente sensibles”, “naturalmente chismosas”, “naturalmente débiles” o alguna de esas tonterías que históricamente se han argumentado contra nosotras para negarnos tantos derechos. Pero también es un argumento importante para la comunidad trans que lucha por autodefinición y libertad morfológica de sus cuerpos. Ante esto, es mucho más enriquecedor el argumento de la autodeterminación. Jenner es una mujer no porque ahora tenga un hueco en su entrepierna y unas masas redondas en su pecho, lo es porque así lo ha decidido, y lo es desde una experiencia única e irrepetible que no es como la de ninguna otra mujer u hombre.

Quizás quien mejor puede explicar el asunto es el filósofo español Paul B. Preciado.Entrevisté a Preciado en enero de 2014 cuando aún era presentado como Beatriz. Recientemente hizo completa su transición a hombre y hoy solo conserva la B. como un reconocimiento a su pasado, sumamente importante por su trayectoria feminista. En una entrevista reciente a Página 12 en la que anuncia la completitud de su transición, dice: “Pedirle complicidad a la gente, que te llame por otro nombre, incluso uno en el que al principio no te reconoces, es un pacto colectivo bellísimo. Un ejercicio de desidentificarse. Vivo este borrado con un enorme goce político. Cada vez que alguien me llama ‘Paul’ borra conmigo lo que el género normativo quiso hacer de mí. Tengo 44 años y me siento como un niño, llamando a todas las cosas de nuevo.” En la experiencia de Preciado, ser llamado Paul es más importante para construir su identidad masculina que tener un pito.

Para Preciado su “ser hombre” tiene que ver con un conjunto de tecnologías de domesticación del cuerpo que incluyen ingerir testosterona, vestirse de determinada manera, cortarse el pelo. “Hablar de transición lenta o rápida es una modulación política. La transexualidad, como la homosexualidad, es una noción inventada por la medicina. En la mayoría de los países europeos, si quieres cambiar de sexo, tienes que reconocerte como disfórico e iniciar una ‘terapia’ para pasar de F a M o al revés. Cuando te piensas a ti mismo como un disidente del sistema sexo-género, la cuestión de cambiar de un lugar a otro, puesto que ambos son ficciones, no va.” Preciado rechaza una concepción biologicista del género porque eso significa patologizar todo lo que no se ajuste a la norma. ¿Cual es la cantidad exacta de testosterona o estrógeno que se necesita para ser mujer? Sería ridículo trazar esa línea. Ser hombre o ser mujer es -conscientemente o no- un acto político, una decisión diaria. Preciado es consciente de que vive una elección, y no un destino impuesto. “La transición a mi ritmo ha sido una forma de mediar con mi propia tradición feminista, reapropiarse estratégicamente de la masculinidad sin ocupar una posición normativa. Me cuesta pensar por qué alguien elegiría un solo género toda la vida. No veo mi situación como excepcional; lo excepcional es la inmovilidad de género en el resto de la gente.”

Los casos citados son retos extremos a las demarcaciones de lo que entendemos por género. Pero cada vez que una mujer “usa pantalones”, toma actitudes de liderazgo, se apropia del espacio público, está haciendo pequeños cuestionamientos a esas rígidas líneas de la identidad de género. Si bien la categoría “mujer” hoy es políticamente necesaria para que alcancemos plenitud de derechos, no hay nada que esencialmente nos defina como mujeres más que ese performance, alimentado con decisiones diarias (y una serie de injusticias sistematizadas que injustamente vienen con “ser mujer”). La identidad de género es un performance político, no biológico. Si a hombres y mujeres se les tratara con igual dignidad, oportunidades, derechos y acceso a la justicia, estas categorías serían innecesarias, y ahí sí podríamos olvidarnos de la discriminación positiva.

Cada una de esas pequeñas acciones que retan al determinismo de género es valiosa. Por eso soy de las que cree que se se puede ser cisgénero y Queer, y que si se es heterosexual, se puede ser también heterodisidente. El problema no es la identificación de género o la orientación sexual, el problema es que absurdamente estas categorías pesan a la hora de acceder a derechos fundamentales. La tiránica heteronorma se puede y debe cuestionar desde todas las identidades. No se puede excluir de esta revolución social y sexual a los hegemónicos ni a los “normales”, porque justamente es una revolución que parte de la convicción de que ontológicamente, biológicamente, no existen ni “los hegemónicos ni los normales”. No solo las personas trans nacen en cuerpos equivocados. En estricto sentido, todas las personas nos vemos enfrentadas a intervenir nuestro cuerpo (desde teñir el pelo, cortarlo, hacer ejercicio, ponerse frenillos, broncearse, depilarse, usar tacones, gafas o lentes de contacto hasta tatuajes, cirugías plásticas y los cambios de sexo) para que se parezca o a lo que nosotros queremos que sea, o a la norma que la sociedad nos impone, o a una negociación entre ambos. Algunas personas, como Jenner, LoSchiavo, Preciado y Camacho, hacen intervenciones más extremas. Si no estuviéramos amarrados a un sistema de géneros binario, ni siquiera les diríamos transexuales. Al final se trata de que cada persona pueda desarrollar su individualidad, modificar su cuerpo y enamorarse de quien quiera sin tener que ajustarse a una norma que en realidad conviene a muy pocos y que en cambio, le dificulta a muchos el acceso a los derechos fundamentales.

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