Donde viven los monstruos

Columna publicada en El Heraldo el 25 de julio de 2015.

El Monstruo de la Sierrita, como lo han apodado policía y medios, tiene cuatro condenas y además ha confesado. Gracias a El Heraldo nos enteramos de que el “violador serial” de menores, Bayron Palacio, le dieron casa por cárcel hace unos meses porque tiene una tuberculosis pulmonar incompatible con el hacinamiento. Su ex vivía en un proyecto habitacional del Gobierno y recién salido de la prisión le ofreció hospedaje hasta que los vecinos se enteraron de que El Monstruo de la Sierrita vivía en el barrio y lo sacaron de ahí por todos los medios, desde cartas de la Administración hasta golpes. Palacio fue atrapado el viernes en Maicao, cuando intentaba fugarse a Venezuela. Parece que el mes pasado abusó de otro menor de 10 años.

Muchos se preguntan, como la directora del ICBF, Cristina Plazas, por qué salió Palacio de la cárcel en primer lugar, pero es evidente que nuestro sistema carcelario se parece más a un círculo del infierno (en Barranquilla lo sabemos bien) y habría sido inhumano dejarlo ahí en esas condiciones. Porque sí, contrario a lo que cree Plazas “somos convencidos de que la ley prohíbe derechos a violadores”, ser un país civilizado implica darle un trato humano a nuestros delincuentes, que son nuestros, no se crearon en el vacío ni dejan de existir cuando los escondemos bajo la alfombra de la cárcel. A un sistema carcelario en crisis en donde ni se puede hablar de rehabilitación, toca añadir la incompetencia de la policía que a pesar de ser rápida en una captura mediática, ni se había dado cuenta de que Palacio se había dado a la fuga.

Nadie quiere tener un violador de niños por vecino. Palacio es “un monstruo”, “enfermo”, “anormal”, esa excepción que condensa lo peor de la sociedad. Sus vecinos, en cambio, buenas personas, padres y madres de familia, trabajadores, temerosos de Dios. Ninguno nunca atacaría sexualmente a un niño, o niña, ¡qué horror! Sin embargo, en Colombia 122 niños y niñas son víctimas de abuso sexual ¡cada día! Estas son cifras de la Fiscalía, publicadas en abril de este año junto con el anuncio de “una ofensiva para llevar tras las rejas a 1187 personas” (¿ven la ironía?). Los casi 11000 menores violados al año de los que tenemos noticia son muy seguramente un subregistro porque la mayoría de estos crímenes no se denuncian. Según cifras de 2014 de Medicina Legal, el principal escenario de estos abusos es el hogar de los niños, más peligroso que la calle o el perímetro del monstruoso vecino. Medicina Legal también reportó que el presunto agresor, en la mayoría de los casos es un familiar (41%) seguido de una persona conocida (22%).

¿Dónde viven los monstruos? Los que violan a los niños no son monstruos aterradores ni villanos de cuento. Son las personas cercanas, los padres, los abuelos, los profesores, los tíos. Las niñas saben, por las miradas, por las advertencias de mamás y abuelas, que en realidad cualquiera puede ser un agresor. Nuestra literatura está llena de hombres que tienen sexo con niñas, como Aureliano con Remedios. La violencia sexual contra niños, y especialmente niñas (83%), es una cosa de lo más normal, 122 casos diarios documentados son testimonio de una cultura de la violación. Pero nos haremos de la vista gorda con nuestros, padres, hermanos, amigos. Eso implicaría aceptar nuestro problema como sociedad. El Monstruo de la Sierrita es más fácil de odiar.

 

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