Falsas denuncias

Columna publicada el 29 de julio de 2015 en El Espectador.

La Policía nacional anunció que hubo inconsistencias entre la versión de la mujer, conductora del sistema SITP, que alegó haber sido violada mientras hacía la ruta, y lo que verificaron los investigadores por medio de grabaciones y GPS. Policía y medios hicieron de jueces y contaron a la opinión pública que la mujer sería procesada por falsa denuncia.

Sin embargo, Medicina Legal también nos dijo que la mujer presentaba señales de violencia sexual o de haber tenido una relación sexual. Luego arrestaron a un vendedor ambulante, cuya fisonomía coincide con el retrato hablado. “Lo desnudaron para buscar los supuestos tatuajes que describió la mujer víctima de la violación. Pero mi hijo no tiene tatuajes”, cuenta el padre del capturado y añade: “el daño que nos hizo esa señora es irreparable”.

Supongamos (no podemos saberlo) que la denuncia de esta mujer es falsa. ¿Por qué eligió hacerlo? ¿Fue víctima de abuso sexual en otro contexto? ¿Qué la llevó a hablar de violación para exigir sus derechos laborales? La mujer nunca acusa directamente al hombre arrestado, ¿por qué es la culpable ella, y no la Fiscalía y la Policía que lo detuvo a pesar de que no coincidieran los tatuajes? ¿Por qué no culpamos a la Fiscalía y Policía por el grave impacto que tienen sus arrestos mediáticos?

Los costos de una denuncia falsa por violación son altísimos, penales y sociales. Tanto víctimas de violación, como falsos acusadores, viven con estigmas terribles el resto de sus vidas. Aunque las víctimas no los merecen, es en ellas en quien estos estigmas son más dolorosos. Las falsas acusaciones pasan en todos los delitos, pero es en el de la violación en donde parecen tener los peores efectos. Nadie decide sospechar de todos los denunciantes de robo porque alguien presentó una denuncia falsa. Las falsas denuncias por violación parecen importarnos incluso más que las 38 mujeres que, en Colombia, a diario y con mucha valentía, sí dicen la verdad sobre su violación (según cifras de 2015 Instituto Nacional de Salud). Esta cifra no incluye hombres, no incluye niños y niñas, y no incluye a la mayoría de las violaciones, que nunca son denunciadas. Sabemos que la mayoría de los violadores son conocidos, parejas o familiares, a quienes es mucho más difícil denunciar. Ni hombres ni mujeres están educados para dar y pedir consentimiento, así la sociedad revictimiza a las mujeres que “sienten que fue su culpa”. A menos que sea físicamente violenta, una violación puede no dejar huellas; las víctimas no están entrenadas para recoger evidencia, y lo que pasa con la gran mayoría de casos de violación es que quedan impunes porque no se pueden probar.

Lo que esto quiere decir es que el sistema penal y legal es insuficiente para contener este tipo de violencia. Por eso, nuestras actitudes al respecto importan muchísimo. En casos tipo “él dijo versus ella dijo”, ella está en desventaja frente a él por los prejuicios que nos llevan a creer en los hombres y cuestionar a las mujeres. Usamos el derecho a la presunción de inocencia para matonear a los y las denunciantes. En el caso del SITP, podríamos creerle a ella que “algo” pasa mientras mantenemos la presunción de inocencia del arrestado. Incluso podemos creerle a la Policía que la versión de la mujer no cuadra, sin atacarla (puede no cuadrar por muchas razones y no necesariamente porque ella mienta). La presunción de inocencia no implica demonizar al denunciante, ni negarnos a escucharlo, y mucho menos puede servir para revictimizar a quien acusa.

Es deber ético de la prensa y de la audiencia no ser agresivos con las personas que dicen ser víctimas de abuso sexual. Debemos creerles, escucharlas y entender que, como mínimo, nadie hace una afirmación pública como ésta sin una razón importante. Las víctimas no van a empezar a denunciar y los victimarios van a seguir violando si así nos seguimos portando. Somos responsables. Cuando creamos un ambiente hostil para las denunciantes, participamos activamente en intimidar a las víctimas de violencia sexual para que nunca digan nada.

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