Reggaetón y literatura

Artículo publicado el 7 de agosto de 2015 en i-D

Entre los argumentos en contra del reggaetón uno de los más recurrentes y aceptados es que sus letras no tienen un valor cultural o literario y que por el contrario denotan una “falta de cultura”. Por supuesto, esa expresión coloquial entiende “cultura” según unos modelos hegemónicos, eurocentristas y anglocentristas, en donde la cultura viene siendo una cosa reverencial de ver y no tocar, y que incluye a, y solo puede apreciarse con, la música “clásica” o instrumental, o con música indie de guitarritas simplonas que aguadan estribillos del pop anglosajón. Por eso, la gente asociará a Beethoven con “lo culto” aunque solo lo escuche en el ringtone del celular, y tendrá una apreciación vergonzante del reggaetón que sí escucha en su cotidianidad.

Pero para variar, este argumento responde a un prejuicio. El reggaetón se inscribe dentro de una tradición literaria Caribe, que va desde el poeta Nicolás Guillén hasta el escritor contemporáneo Junot Díaz. Los “fuego, fuego, fuego, fuego, fuego” no son una ocurrencia casual de la incultura, se inscriben dentro de una tradición africana y caribe, marginada sí, pero, como el mismo reggaetón, tremendamente vital e influyente.

Existen dos versiones sobre el origen del reggaeton: unos dicen que nació en Panamá, mientras que otros piensan que lo hizo en Puerto Rico, en donde además proceden la mayoría de los cantantes de este género. El reggaeton se deriva del reggae jamaiquino, pero también recibe influencias de diferentes géneros como el hip hop norteamericano y diferentes ritmos portorriqueños.

Pero el género está inscrito en una tradición aún más, más antigua. “La música africana, tiene una estrecha relación con los acontecimientos de la vida cotidiana, estando presente en el nacimiento, en las ceremonias de iniciación, en el trabajo, en las celebraciones sociales o religiosas, etc. Es una música compartida por todos los miembros de la comunidad, los africanos generalmente no se limitan a escuchar, sino que participan cantando, tocando instrumentos, o bailando. Es una música de tradición oral, en la que no se utiliza ninguna forma de notación y ningún sistema teórico comparable a los de la música europea o asiática. Es una música que está en constante evolución aunque siempre fiel a sus raíces, conservando gran parte de sus tradiciones pero al mismo tiempo, abierta a los aportes de la música occidental, dando pie a la creación de modernos estilos que han enriquecido el panorama actual de la música internacional. Gran parte de la música es casi inseparable de la danza y por lo tanto predominantemente rítmica.”

¿Les parece conocido? Este párrafo bien podría estar describiendo a pie juntillas el reggaetón, e incluso, le da una respuesta las críticas de quienes no entienden que lo más importante del reggaetón no es la letra sino el beat, y que si los reggaetoneros no se quedan haciendo reflexiones metafísicas es porque se inscriben en una tradición de cantantes que hablan de la vida cotidiana, en donde, sin duda, una de las cosas más importantes es el sexo.

Pero si quieren que hablemos de letras, discutamos al poeta Nicolás Guillén, oriundo del mismo Caribe que parió al reggeatón, y yo hasta diría que ilustre precursor del género. Uno de los experimentos vanguardistas de Guillén consistía en la creación de palabras sin sentido pero con valor fónico. Esta práctica se llama jitanjáfora y es recurrente en los movimientos de poesía negra, que intentaba captar en versos, ritmos, sonidos y signos de las culturas africanas. Para apreciar, tanto a Guillén como al reggaetón, hay que entender que el propósito de los versos no está en lo que se dice, sino en los valores fónicos y rítmicos que presentan.

El ejemplo clásico sería el poema Sensemayá: Canto para matar a una culebra. /¡Mayombe—bombe—mayombé! / ¡Mayombe—bombe—mayombé! /¡Mayombe—bombe—mayombé!. Que, como pueden ver, no está muy lejos del: Zumbale el mambo pa’ q mis gatas prendan los motores / Zumbale el mambo pa’ q mis gatas prendan los motores. Entre las figuras recurrentes en la obra de también Guillén encontramos onomatopeyas y aliteraciones: Rakata, rakata / Si se me pega voy a darle / Rakata, rakata, y repeticiones de palabras para marcar el ritmo: Tú me dejaste caer/ Pero ella me levantó / Llamala poca mujer /Pero ella me levanto, o, en versos de Guillén: ¡No le des con el pie, que te muerde, / no le des con el pie, que se va!.

No solo hay similitudes en el uso de figuras, también comparten, el reggaetón y la poesía de Guillén, una estructura polifónica que consiste en un coro (un grupo que repite un estribillo), un narrador que cuenta una historia corta en una o dos estrofas, “un palero” que marca entradas y salidas, y quizás otro grupo que cante un coro.

La tradición literaria del Caribe incluye a todos los ritmos de la región, pues en el Caribe se entiende que las palabras son primero sonidos. Esto también se hace claro al leer a uno de los más afamados representantes contemporáneos de la tradición caribeña, Junot Díaz. La cultura Caribe no está delimitada tanto por geografía como por su calidad rizomática, que mezcla culturas inesperadas, y por una predominante herencia africana. Nueva York, por ser un inmenso melting pot de culturas, replica los mismos choques inesperados que se dieron en el Caribe hace más de 500 años. Nueva York, DF, París, Londres, todas las grandes ciudades le hacen guiños al melting pot primigenio: es el Caribe que se expande.

Díaz creció en los mismos barrios por donde andaban Rick Echavarría y Nelson Zapata, los creadores de Proyecto Uno, una de las primeras bandas en fusionar ritmos latinos (en este caso, el merengue) con el hip hop. Empezaron a cantar en espanglish, en el idioma que les era natural y que también es característico de los países caribeños. Es la misma fusión lingüística y cultural con la que experimenta Junot Díaz en sus historias, que, al igual que el reggaetón, tienen por tema a ese protomacho latino que va de fiesta en fiesta levantando jevas (algunos dirán que buscando el amor) y que alardea de una virilidad que parece atraparlo en el mismo personaje.

Es evidente que no todas las canciones de reggaetón tendrán el mismo “valor artístico”. Como en todos los géneros, hay representantes más innovadores, más rigurosos en su forma. De la misma manera, no todos los representantes de la literatura del Caribe tienen la brillante originalidad de Díaz y Guillén, pero lo que es innegable es que existen dentro de un mismo paquete semiótico y cultural que soporta todo tipo de expresiones, desde Sensemayá, hasta Perrea, mami, perrea, y es importante que entendamos a todos estos fenómenos como parte de un mismo discurso cultural: el de los migrantes, el de los trasplantados, el de los esclavos, el de la mezcla y la hibridación inesperada. Bailar reggaetón, leer a Díaz o a Guillén, es asumir que los latinoamericanos, como los caribeños, somos deliciosamente mixtos.

El reggaetón, alardea de una estética del “nuevo rico”, que le hace fieros a las clases poderosas tradicionales. Es la misma sorna con la que Guillén se burlaba de la burguesía antillana por su afán de exhibir títulos nobiliarios caducos o también por sus alardes de riqueza obtenida bajo un régimen de explotación. “Me río de ti, noble de las Antillas, mono que andas saltando de mata, payaso que sudas por no meter la pata, y siempre la metes hasta las rodillas.” El negrismo comenzó con la intención de meter a los negros en el mapa, y el reggaetón lleva esa intención a sus últimas consecuencias, usando las misma herramienta de quienes antes fueran sus opresores: el capital.

Quizás a Guillén le daría un patatús al ver que hoy la resistencia cultural afrocaribe, está liderada por un tipo que se autodenomina Daddy Yankee, pero hay que admitir, que también estaría decepcionado de ver la imagen del Ché tan ubicua como el logo de Coca-Cola. Pero también podríamos explicarle, que la música probó ser la Revolución más poderosa, y mostrarle que elRick Echavarría y Nelson Zapata, los creadores de Proyecto Uno, está deconstruyendo a la bestia desde adentro. Pero Mientras que Guillén habla del negro descalzo, los reggaetoneros hablan del joven urbano que ostenta unos tenis brillantes, que sí, son consumismo, pero que también son un triunfo histórico para los descendientes de inmigrantes y esclavos que llegaron al Caribe sin tener nada. Visto así, la reivindicación del guetto que se hace en la estética del reggaeton habla de una lucha de clases histórica. Quizás la radio nos anuncia quién va ganando.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s