El lobo feroz

Columna publicada el 8 de agosto de 2015 en El Heraldo

Esta semana encontraron muerta a la joven Natalia Seña Bernier, de 15 años, junto al cadáver de un hombre de 22 años. La adolescente llevaba varios días desaparecida y finalmente hallaron su cuerpo en Medicina Legal. Vellojín resultó ser un completo extraño para la familia, y se descubrió que Natalia  lo había conocido por Facebook. A través de chats, el tipo le decía que él estaba muy solo y que quería suicidarse y ella intentaba animarlo. “Debemos tener acceso a las redes sociales para informarnos de posibles personas que les quieren hacer daño”, dijo a Noticias Caracol la tía de la joven, Katherine Rodríguez.

Precisamente esta misma semana la Corte Constitucional sacó una sentencia en donde dice que los padres están autorizados a revisar los correos y las redes sociales de sus hijos. La sentencia se origina por un caso de violación sexual a una menor. El crimen fue descubierto por los padres de la niña, que al revisar sus redes sociales descubrieron que este abusador la drogaba para violarla. En el juicio, los correos no sirvieron como prueba, porque un juez lo calificó de violación al derecho a la intimidad. Por eso la Corte sentó jurisprudencia y dijo que ese derecho no aplica en este caso y que los padres tienen potestad cuando un menor se encuentre “en peligro e indefensión”.

Sin duda la sentencia es necesaria. También hay que admitir que, en casos extra-juicio, los padres que quieran revisar las redes de sus hijos lo harán con o sin permiso de la Corte Constitucional. Pero, también es importante reconocer que los adolescentes les han mentido a sus padres hoy y siempre. El problema no está en las redes sociales. El derecho a la privacidad, como muchos derechos, es incremental. Cuando una persona es un bebé su derecho a la privacidad frente a sus padres es cero, y este va en aumento poco a poco hasta llegar a las 18, que sí, es una cifra arbitraria para dar cuenta de la madurez, pero en alguna línea teníamos que ponernos de acuerdo. En todo caso, el derecho a la privacidad es algo que se negocia con los padres, conforme ellos consideren que su hijo tiene las herramientas para bandearse solo, o al menos sería así en un mundo ideal. Muchos padres que espían a sus hijos –con las mejores intenciones– quizás no entiendan las interacciones que tienen, o hasta ataquen su derecho al libre desarrollo de la personalidad (como si un padre o madre homofóbico descubre que su hijo o hija es gay).

Al final, no hay vigilancia suficiente para mantener seguros a los hijos, que cada día son personas más autónomas, y la única manera de proteger a alguien es entender que no basta con “darle pescado”, toca enseñarle a pescar. Esto es lo que nos enseña el cuento de Caperucita Roja, escrito pensando en las niñas que son llamativas, cuando caminan por un mundo hostil y lleno de impunidad, en donde se atraviesan ‘lobos’ (que debido al machismo y la misoginia son muchísimos) que tratarán de engañarlas. Vigilar o no es irrelevante si no somos capaces de darles a las adolescentes más amor para que sean menos vulnerables al acoso, herramientas para identificarlo y la confianza y el apoyo para contar.

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