Purismo al parque

Columna publicada el 22 de agosto de 2015 en El Heraldo

Varios “roqueros de pura cepa” salieron recientemente a quejarse porque la diversidad musical está acabando con Rock al Parque. Indignados, reclamaron por ver a una estrella internacional –como Celso Piña– en la tarima, renegaron de Juan Cicerol y de Nortec Collective, entre muchos. “Al final siempre será mejor escuchar a la más barata y desconocida banda de rock de Colombia, Latinoamérica, Europa o Estados Unidos que a los más reconocidos ‘guapachosos’ del planeta”, dijo Edwin Tamayo Rueda, en la revista Semana. Se reclama que estas bandas tienen otros espacios, y que el de Rock al Parque debe ser para el “rock puro”, y yo me pregunto ¿a qué se refieren con eso?

La diversidad de sonidos a los que llamamos rock es inmensamente variopinta. En nada se parecen Queen y The Ramones, Pearl Jam y Pink Floyd. Parece, además, que si los Beatles incorporan una cítara, eso es innovación; pero unas maracas son una herejía. Como suele suceder con las delimitaciones postizas, un prejuicio se esconde bajo estas afirmaciones de ‘pureza’, y adivinen, ¡es el mismo de siempre! El otro día vi un artículo sobre un dizque estudio que ‘probaba’ que los fans del rock eran más inteligentes que los del reguetón, y uno siempre tiene que sospechar de esas cosas que la gente asocia con ‘los cultos’ y ‘los inteligentes’, porque en el campo de la estética ambas palabras se usan para delimitar discursos de poder, que en este caso tienen un claro referente regional. Como nos lo aclara Tamayo Rueda, la “música guapachosa” es propia de “balnearios”.

La rebeldía, actitud ontológica del rock, se expresó en sus comienzos en Latinoamérica como un rechazo a las músicas folclóricas o populares que estaban de moda, como el bolero, el merengue. Ese rechazo no tiene nada de malo, estamos hablando de una generación ávida de conectarse con la globalidad y que buscaba unos valores muy diferentes a los de sus padres. Prosperó en Bogotá, quizá porque en el Caribe es muy caluroso vestirse de negro, y ni hablar de la imposibilidad de unas botas industriales hirvientes que harían un hueco directo al infierno en el pavimento. En Barranquilla mis amigos metaleros escuchaban Ozzy Osbourne, pero se ponían por la noche una camisa de cuadritos, y nos sacaban a bailar Rikarena, después de escuchar a Soda Estéreo como telonera.

Me gustaría hacer el ejercicio de pensar que el rock sí tiene una esencia, y tiene que ver con esa actitud cuestionadora y contestataria frente a un status quo. Creo que esa actitud puede verse en todo lo que identificamos como rock, pero también se encuentra en géneros como la champeta, cuyo discurso estético es, quizá de todos los ritmos colombianos, el más adverso a los discursos estéticos hegémónicos de las clases tradicionales y con poder, es decir, el más punk de toda Colombia. Yo pienso que esa actitud es lo más valioso que tiene el discurso del rock, y hoy me sorprende ver a los roqueros diciendo el adjetivo ‘rebelde’ con ironía, y levantando un dedo índice para decir con dogmatismo “lo que es” y “lo que no es”, de la misma manera que lo hicieron sus abuelos.

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