La mirada de Nereo

Columna publicada el 29 de agosto de 2015 en El Heraldo

Cuatro mujeres negras caminan, riendo, por una carretera. Una pareja posa con su bebé montado sobre un burro de madera, delante de un toldo bordado, para que les tomen una foto agüita. Dos parejas se enamoran en un bar, una sentada en la mesa tomando cerveza, y otra bailando amacizada bajo un techo de guirnaldas que parece el lomo de un cocodrilo. Un hombre se asoma por la ventana del tren para mirar al horizonte, mientras la nube de humo, que llamamos progreso, se levanta a sus espaldas. Un viejo con sombrero repara un acordeón junto a una mesa con mantel de cuadros sobre la que reposan cinco acordeones desbaratados. Un muchacho orgulloso, en pantaloneta de baño, levanta dos pescados inmensos que suben desde el piso hasta sus tetillas, rodeado de hombres, niños y mujeres que lo admiran. Un niño disfrazado de congo duerme montado sobre los hombros de su padre. Un hombre atraviesa un río, junto a su caballo a medio hundir, con una cámara colgada al cuello. Una mujer guajira se tapa la cara con sorpresa solo dejando ver sus ojos negros brillantes. Un hombre con máscara de tigre lleva una cruz entre una multitud de enmaicenados en el Carnaval de Barranquilla. Unos hombres cargan un ataúd en el horizonte, sobre una calle polvorosa y bajo un cielo inmenso. Un hombre lleva sobre sus hombros una caja en un muelle, y en el fondo se ve un barco de vapor sobre las aguas del Río Magdalena. Un hombre disfrazado de Cantinflas lleva en su espalda un letrero que dice “Nereo capa mejores fotos”. Y es verdad.

Nereo López, el mejor fotógrafo colombiano del siglo XX, murió esta semana, el 25 de agosto a las 7:58 de la mañana, a los 95 años, en el cuarto 1065 del centro de rehabilitación Isabella, del alto Manhattan, en compañía de su hija Liza. Sus cenizas serán esparcidas en el mar Caribe que lo vio nacer. Nereo, sensible, pícaro, coqueto, siempre al filo de la carcajada, vivió sus últimos quince años en Nueva York, y aprendió a hacer fotografía digital y a usar Photoshop, con el mismo entusiasmo con el que alguna vez lo hizo con las cámaras análogas. Fue el fotógrafo de algunas de las películas icónicas del cine colombiano como Cóndores no entierran todos los días y La langosta azul, según él, “la más famosa y la más mala que se ha hecho en Colombia”. Fue uno de los primeros fotógrafos colombianos en tomar imágenes de mujeres desnudas; retrató a Gabito cuando se fue a recibir el Nobel en guayabera; bailó hasta el amanecer con sus amigos siempre, incluso después de sus noventa años; recorrió cada esquina del país, cada río, cada fiesta, y sus fotos le dieron dignidad a los colombianos y colombianas de a pie, hizo que existieran en el mundo gracias a sus ojos. Se murió de buena salud, y nunca quiso ser viejo, “porque lo viejo no sirve”, así que hasta el fin de sus días estuvo produciendo imágenes, que también eran pequeños poemas, testimonio de nuestra historia. Son imágenes tan poderosas, que a través de ellas Nereo nos sigue mirando, no importa que se cerraran sus ojos.

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