‘Clasirracismo’ por baile

Columna publicada el 1 de agosto de 2015 en El Heraldo

Como ya sabemos, los concejales cartageneros están intentando ganarse el voto cristiano a punta de discriminar y entorpecer la libertad de expresión de los cartageneros. A los concejales no les gusta que les señalemos eso, y por eso me dijeron “estúpida” en su sesión del 12 de julio. Sin embargo, su mañoso proyecto anticonstitucional oculta un sinnúmero de prejuicios dañinos para el pueblo Caribe, que seguiremos tratando en este espacio. Concejales: ¡su tormento soy yo!

Así que volvamos a la columna del abogado Eduardo Varela Pezzano en Ámbito Jurídico. El jurista comenta desde su tónica liberal: “Personalmente, yo no bailaría champeta en una esquina o en un parque, ni iría a ver cómo otros bailan en la calle. Ustedes, que leen artículos jurídicos, seguramente menos.” La afirmación es curiosa porque asume que los lectores de artículos jurídicos tampoco bailarían. ¿Por qué? En otro párrafo de la columna el articulista nos da una pista: “es algo propio de los populares de Cartagena”. ¿Es que en esos barrios no hay personas que estudian Derecho y tienen acceso a Internet para leer Ámbito Jurídico? Si no las hay, lo que tenemos entre manos es un gravísimo problema de oportunidades, segregación y movilidad social, cuya solución es muchísimo más urgente que regular los bailes de los cartageneros.

Estos prejuicios, que se hacen evidentes en la columna de Varela, asumen -desde tiempos de la Colonia y con una inocultable lógica cristiana- que hay unas actividades “morales” como las que “cultivan la mente”, es decir, escribir, estudiar Derecho, contemplar paisajes, y que hay otras que son “mundanas” o “instintivas”que se hacen con el sucio cuerpo e incluyen tener sexo y bailar. Son actividades propias de los pobres y los negros, (en Cartagena casi siempre son lo mismo), que no permiten cultivar las prístinas elegancias del pensamiento. Este cisma es falso: el cerebro también es materia, y el pensamiento es más rico, interesante, original y acertado cuando pensamos con todo el cuerpo.

Varios columnistas, como Gina Ruz, han citado ejemplos históricos de esta misma prohibición en Cartagena. En todos los casos se argumenta que son bailes inmorales y sexuales, y esta descripción aplica para el currulao, el mapalé, el reguetón y la champeta. Sin embargo otros bailes como el tropipop, la contradanza, el bambuco, o los bundes parece que no embarazan. Sin embargo, en la letra de un bunde, compuesta por el antioqueño Sinforoso Villa en 1823, se afirma que: “Varias hijas de sus madres / en la confusión se alejan / y después de algunas horas / y de muchas peripecias / (…) algún cambio de bulto / se haya originado en ellas.” Es decir, parece que bailar bundes también preña, pero ese baile nunca trataron de prohibirlo. ¿Por qué? Es evidente: el problema no son los bailes, sino la gente que los baila. Tristemente la clase alta y educada costeña cree que ‘perrear’ es para los negros y para los pobres, y por eso, al mejor estilo de los chapetones y criollos (que culturalmente eran y son lo mismo) rechazan los bailes de influencia africana por su “inmoralidad”. Qué triste manera de ostentar el poder, moviendo los hombros sin pararse de la silla, y ‘perreando’ frente al espejo, escondidos en sus casas.

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