Los nuevos vestidos del feminismo

Revista Fucsia, Colombia, septiembre de 2016.

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Catalina Ruiz-Navarro es una valiente columnista que ha abrazado temas como el aborto, el feminicidio y el machismo sin temor a ser llamada feminista. A pesar de los improperios que tiene que soportar con cada uno de sus escritos, se convierte en la encarnación de una generación de mujeres que no van a dejar de levantar la voz.
No podía esperarse algo diferente de una barranquillera que creció siendo profundamente influenciada por su bisabuela.
Una mujer elegante, perteneciente al movimiento de las sufragistas y una convencida de que las mujeres de su época tenían que aprender a leer y escribir.

Para esa señora mayor, que siempre la llevaba del brazo a votar, leer era un derecho ganado después de muchas luchas, y votar era la mayor conquista a la que podía aspirar. Por eso, para esa bisabuela, escrutar el diario todas las mañanas era más que un divertimento, era una cuestión política de ejercer el derecho absoluto que había ganado, de poder participar en los asuntos del país.

Con los años Catalina intentaría, con el mismo ahínco con que su bisabuela había leído las páginas de los diarios, tratar de colonizar una columna de opinión en un medio. Las páginas editoriales de los periódicos parecían espacios dominados por hombres muy reputados y de pelo cano. ¿Qué tendría entonces para decir una joven de 25 años, que después de estudiar filosofía y artes se sentía avocada a intervenir en la construcción de la opinión pública de su país?

“Tuve que preguntarme, muy a conciencia, de qué podría hablar que ellos no pudieran abordar con tanta propiedad. Encontré que, justamente, ser mujer y ser joven me daba otro lugar en el debate público sobre el aborto y los derechos reproductivos, por ejemplo. Y fue a partir de ahí que empecé a tener una voz legítima en las páginas de opinión de El Espectador”, cuenta Catalina, quien, por supuesto, echó mano de esa vieja frase como sonsonete que la había acompañado toda la vida para bautizar su nueva apuesta editorial. Catalinapordiós. El regaño empezaba a cobrar un nuevo carácter.

Sin embargo, las prevenciones de sus amigos y colegas que le advirtieron lo difícil que sería escribir columnas en este país no le hicieron justicia a las verdaderas afrentas con las que tendría que lidiar. “Cuando empecé a publicar me dijeron que era natural que me insultaran y se rieran de mí.

Sin embargo, la manera en la que la gente se ensañaba en agredirme porque había obviado una coma y, ver cómo los comentarios no versaban sobre mis ideas sino sobre si era bonita o no, si era frígida o una prostituta, con el tiempo me hicieron descubrir que esos no eran propiamente los debates que se alentaban ante las columnas de los señores de pelo cano.Oír tanto la palabra “puta” me llevó a responderles que para mí no era una agresión, sino que era el oficio más viejo del mundo y que, en mi caso, era una imprecisión.Entonces me empezaron a decir promiscua”, cuenta la periodista entre la indignación y la gracia.

¿Por qué las palabras de Catalina eran y siguen siendo atacadas así? ¿Qué mecanismos sociales operan ante una voz femenina, crítica e inteligente, que no parece ser tan dócil y conveniente? Ella parece haberlo desentrañado: “Con los años, me resultó más evidente que la mujer puede aparecer públicamente como sex symbol o como víctima, pero si aparece como un actor social, la primera manera como la van a doblegar es poniendo en duda su moral sexual.
La otra estrategia muy efectiva es que te hacen pensar que por hablar en voz alta te vas a quedar sola. Muchas mujeres tienen temor a reconocerse como feministas porque van a pagar el alto precio de quedarse solas. Son innumerables las veces que me repitieron esa sentencia. Y lo que hay detrás es que nos están haciendo escoger entre defender nuestros derechos o que nos amen, y eso es perverso e injusto”, explica la columnista que, desafiando todas las condenas, hoy está casada, va de fiesta y a la playa y no tiene pudor en retratarse en vestido de baño como queriendo decir que no hay nada que una feminista no pueda hacer.

Con el discurrir de los días y el compendio de columnas publicadas, Catalina ha ganado una cierta resiliencia, una clase de imperturbabilidad propia de las mujeres que deciden acoger causas incómodas. Pero a veces su ánimo desfallece. El 31 de julio publicó en su Facebook: “Hoy varias personas me han dicho que ignore lo que dicen los trolls (personajes que te hacen bullying en internet). Pero, ¿saben?, yo estoy cansada de esa estrategia. Desde 2006 me levanto, a diario, con mensajes que me insultan y no se ocupan de discutir mis argumentos. Claro, lo tengo normalizado y siempre digo, “No me afecta”. Pero la verdad es que levantarse todos los días a leer: “Estúpida, puta, frígida, fea, tu mamá por qué no te abortó, tu marido es una víctima”, no es normal, es muy violento”.

Su tono triste y defraudado –lejano a esa tradicional fuerza y militancia que la ha caracterizado y que le ha traído miles de lectores no solo en Colombia sino en México–, de inmediato generó una bella camaradería en la web que le hizo pensar a ella y a quienes presenciaban el fenómeno, que, lejos de esos silencios de antes en donde nadie estaba dispuesto a levantar la cabeza por nadie, asistimos a una sociedad joven más comprometida y a una generación de mujeres que no teme apoyar a otras mujeres que admiran.
“Hay dos tipos de lectores que cada vez son más frecuentes seguidores de mis columnas, los hombres y las mujeres jóvenes, y eso me hace feliz”, confiesa la escritora que cree que el feminismo está en un nuevo auge, que está dejando de ser malo reconocerse como feminista, a diferencia de otras generaciones en donde nadie, ni por error, lo habría admitido públicamente.

Catalina Ruiz-Navarro siente que no es sino una voz más de las cientos de mujeres periodistas en Colombia y Latinoamérica que asumen la valentía de pensar y rebatir, de señalar y proponer, y en tanto, no importan los ataques, ella va a cumplir la promesa que le hizo alguna vez a su inspiradora bisabuela: siempre voy escribir

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