Perder el miedo

Columna publicada el 5 de septiembre de 2015 en El Heraldo

Durante el conflicto interno guatemalteco, el Gobierno, a través de un comando élite conocido como los Kaibiles, torturó y mató a miles de personas. Esto llevó a la reciente condena del general y expresidente Efraín Ríos Montt por la acusación de genocidio. Fue el primer golpe guatemalteco a la inmunidad presidencial. Sin embargo, el juicio fue anulado por el poder judicial guatemalteco, y comenzará de nuevo este año. Debido a la inmensa corrupción que se vivía en el país después de los acuerdos de paz en 1996, se creó la Comisión Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), a cargo de un fiscal especial extranjero, el colombiano Iván Velásquez Gómez, quien destapó en abril de este año un caso de corrupción en las aduanas conocido como La Línea, con el que servidores públicos, incluidos altos funcionarios del Gobierno, la vicepresidenta Roxana Baldetti y directores de la Superintendencia de Administración Tributaria de Guatemala resultaron implicados en robo de impuestos.

El escándalo indignó a la clase media, ¡se estaban robando casi el 30% de los impuestos y el país seguía estancado! Las protestas se dieron de manera espontánea. Salieron a las calles las comunidades indígenas, los estudiantes de las universidades privadas, las plazas se llenaron, la gente salió en la capital, en los pueblos, hubo más de 60.000 personas marchando. La protesta logró la renuncia de la vicepresidenta. Las redes sociales fueron clave para conectar y congregar a los protestantes, para que siguieran saliendo sin tregua todos los domingos. Estas acciones estuvieron acompañadas de procesos legales, de investigación académica, hubo un real trabajo de diversos sectores de la sociedad que se unieron para tratar un problema común sin necesidad de caudillos. El Ministerio Público y la Cicig presentaron pruebas de nexos entre la Presidencia y estructuras del crimen organizado. El Congreso, presionado por la protesta pública, retiró la inmunidad presidencial. El 2 de septiembre, un poco antes de la medianoche, Otto Peréz Molina, comandante general del Ejército, presidente y ex integrante de Los Kaibiles, presentó su renuncia ante el Congreso a pocos días de las elecciones.

Son varias las lecciones que nos deja Guatemala: la primera es que la cooperación internacional, aunque lenta y complicada, sí puede hacer una diferencia a nivel nacional. La segunda es que la protesta y la veeduría ciudadana sí funcionan pero deben venir acompañados de mecanismos institucionales que permitan la rendición de cuentas. La corrupción parece ser el mal inacabable de los gobiernos latinoamericanos, en Colombia y en México nos enteramos a diario de escándalos de magnitudes impensables, como el de Peña Nieto y la ‘La Casa Blanca’ o AIS, y nunca vemos consecuencias. Por eso tenemos la sensación de que nuestro ejercicio democrático no sirve para nada. Aunque reparar Guatemala requiere más que tumbar unas cuantas cabezas –si el cambio no es estructural, la corrupción seguirá con otros nombres–, esta victoria les deja un ecosistema de sociedad civil activa, consciente del poder de su participación política, una democracia cuyo poder emerge de los ciudadanos, algo nunca antes visto en Latinoamérica. Los guatemaltecos dicen que lo hicieron porque les quitaron todo, ¡hasta el miedo! ¿Qué tendrá que pasar para que mexicanos y colombianos perdamos también el miedo?

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