La revolución del pelo suelto

Columna publicada el 25 de septiembre de 2015 en Sin Embargo.

El estilo personal es un campo semántico múltiple y delicioso, que nos permite mandar mensajes antes de siquiera abrir la boca. Foto: ChangeEl estilo personal es un campo semántico múltiple y delicioso, que nos permite mandar mensajes antes de siquiera abrir la boca. Foto: Change

¿Se acuerdan cuando Gloria Trevi escandalizó al mundo cantando que iba a traer el pelo suelto? “Aunque me tachen de indecente, aunque hable mal de mí la gente” cantábamos haciéndole coro y sin cuestionar por un minuto estas palabras. En ese entonces yo era una niña, hiperactiva y con pelo muy liso y muy fino. Como resultado no había gancho o banda que pudiera quitarme el pelo de la cara, cosa que a mí no me molestaba en lo más mínimo, pero era causa de gran sufrimiento para mi abuela que con frecuencia me repetía con la mano en el pecho “van a decir que mi nieta es la más despelucada”. ¿Pero, no les parece que todo esto es muy raro? ¿Qué tiene que ver llevar el pelo largo con ser indecente? ¿Qué tiene que ver la moral con el pelo?

Una amiga colombiana vino de visita a México y vio la foto de Peña Nieto en una revista de la peluquería del aeropuerto. “El Presidente parece sacado de una telenovela”, me dijo sin saber que literalmente era el candidato de Televisa. Peña Nieto tiene ese cortecito de pelo presidenciable, que comparten casi todos en su gabinete. Sus camisas, sus corbatas, su pelo corto, nos aseguran que es hombre y que es heterosexual. Por si acaso hay dudas, la primera dama lo reafirma con su feminidad exagerada, pelo largo, ondulado, en ese tono rubio miel de buena-de-telenovela. ¿Van Anahí y Angélica Rivera a la misma peluquería? Cómo será de importante el estilo para la presidencia, que entre todos los cuestionamientos posibles, no sé, Ayotzinapa, la casa blanca, el que Peña Nieto escogió para contestar fue el que tenía que ver con la moda de sus medias. Porque las medias mal puestas equivale a que es tonto, y si es tonto no puede gobernar. Demostrar que “ese era el diseño de las medias” es crucial para mostrar sus habilidades como gobernante. Corrupción, masacres, feminicidios, desapariciones, ¿eso qué?

La mayoría de las veces no sabemos qué trae la gente entre las piernas. Yo asumo que las personas a mi alrededor son hombres y mujeres porque llevan puestos una serie de símbolos y señales que me permiten ubicarlos según los géneros binarios (femenino-masculino). No es tan sencillo como falda o pantalón, también se incluyen los gestos, las maneras de moverse, cada detalle de ese performance del género que hemos ensayado cada día de nuestras vidas. Así que las mujeres pueden llevar pantalones o el pelo corto, siempre y cuando tengan otras señales femeninas que nos saquen de la duda. Cuando las personas llevan señales ambiguas esto nos causa muchísima consternación. Para evitar esta consternación exigimos que estos símbolos sean llevados con rigor, hombres de azul-mujeres de rosado (una asociación bastante reciente, llevada a su auge máximo por la comercialización de juguetes en los ochentas). A los bebés hembra, por ejemplo, les ponemos aretes y lacitos, si preguntarles su género, una manera nada sutil de explicarles, desde antes de que aprendan a hablar, que tienen que ajustarse a ese sistema binario de la sociedad para ser reconocidos como personas.

Cuando era niña odiaba los vestidos y quería llevar el pelo corto. Lo hacía con la intención clara y distinta de que me confundieran con un varón. Los juegos de niñas se me hacían estáticos y aburridos y eso de darle té a las muñecas me parecía un bodrio. Yo quería correr y subirme a los árboles pero para eso no podía llevar vestido (lo dañas, lo manchas, no te puedes mover) ni peinados complicados, es decir, tenía que verme “como” un hombre. Es decir, mi apariencia me abría ciertos espacios, a los que mi género asignado no tenía acceso. Hoy tengo 32 y soy una mujer cisgénero heterosexual (elegí otroperformance). No creo que eso cambie si me corto el pelo, porque como es evidente, llevar el cabello de una manera u otra no determina la identidad de género ni la identidad sexual, ni mucho menos las calidades morales.

Sin embargo, el corte de pelo sí marca nuestro lugar en las estructuras de poder, puede ser la diferencia entre ser un “indiecito” y un presidenciable. Porque, en la Latinoamérica mestiza, la clase social y hasta el grupo étnico son una cuestión de estilo. Y por eso tenemos policías de estilo, desde los bouncers hasta los mismos policías, enseñados a detener a hombres jóvenes de pelo largo vestidos de manera informal. Otra amiga me contó que viajó a México en sudadera y la pararon para interrogatorio en el aeropuerto. Desde entonces viaja sin problema, con su ropa más elegante.

Mantenemos estas categorías del poder a través de la estética. No nos damos cuenta que cuando le decimos a alguien “naco” estamos activamente entorpeciendo su movilidad social. Nuestros juicios estéticos también son cuestión de acceso a los derechos humanos, como lo ha demostrado la campaña #AxanDecide contra el reglamento inconstitucional de una escuela privada que no permite que los niñes con pene que tengan pelo largo estudien. Mantener, desde los juicios estéticos, estos sistemas de poder sin cuestionarlos vulnera la autonomía corporal de todos, y nos limita a andar por los mismos caminos arbitrarios de siempre, en los que no cabe la diversidad de la experiencia humana. El estilo personal es un campo semántico múltiple y delicioso, que nos permite mandar mensajes antes de siquiera abrir la boca. Por eso también sirve par hacer revoluciones. Y ese es el desafío moral de llevar el pelo “suelto”.

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