Matar perros

Columna publicada el 9 de octubre de 2015 en Sin Embargo.

Para la gran mayoría de las personas matar a un perro es de los actos más crueles que un ser humano puede cometer. Foto: Tomada de InternetPara la gran mayoría de las personas matar a un perro es de los actos más crueles que un ser humano puede cometer. Foto: Tomada de Internet

Están matando perros en la Condesa. 18 perros han muerto por ingerir veneno en los parques España y México. Esta noticia tiene aterrorizados a todos los vecinos que ya se organizaron para sacar un protocolo de seguridad y unir esfuerzos para encontrar al villano.

En un país indolente ante el feminicidio, las desapariciones y la tortura, como mínimo debe llamarnos la atención este unánime rechazo al asesino de perros de la Condesa. ¿Por qué matar perros genera un repudio colectivo, una empatía que no alcanzan otros animales y ni los mismos humanos? Atención: hay una falacia en esta pregunta pues presenta una falsa dicotomía entre o perros o humanos cuando rara vez sucede así. Además, no es como si del amor por los perros tenga por condición el odio a los humanos. Sí. Algo está muy mal con nosotros, pero no porque nos aliemos con los perros, para eso hay razones de sobra, sino porque no hemos sido capaces de dar el mismo valor a la vida de todas las personas, algo que paradójicamente, podemos aprender de nuestra relación con los perros.

La pregunta falaz del párrafo anterior es un buen ejemplo de por qué hablar de “derechos” de los animales es problemático. Retomo lo que dije en la columna Cinco patas de la tauromaquia, “A mí me encantan los animales (incluso más que la gente), creo que muchos (y en diversos grados) pueden empatizar y comunicarse conmigo y creo que muchos tienen noción de sí. Pero no creo que entiendan qué es un derecho, no tienen cómo participar en nuestra discusión sobre los derechos y ni sabemos si les importa siquiera. Hay humanos que no están capacitados para entender los derechos o discutirlos (bebés, por ejemplo), pero tienen la capacidad en potencia. Otros animales ni siquiera eso. Aun si mis perros tuvieran una noción continuada de sí mismos, ellos y yo no tenemos cómo discutirlo. Por eso no creo que Rafaela y Jaibo (mis perros) sean sujeto de derechos, yo soy sujeto de derechos y tengo la responsabilidad de protegerlos. El maltrato animal debería estar penalizado, pero no porque ellos tengan derechos sino porque nosotros tenemos deberes. Los derechos son cosa inventada por hombres, con lógica de hombres, para hombres (y a veces hasta para las mujeres). No tienen sentido en otros animales que no sabemos con qué lógica funcionan (o si la palabra lógica aplica siquiera). Además está el problema de si el perro tiene más derechos que el mono o el mosquito o de si el tigre tiene derecho a cazarnos y encima no podemos ni preguntarles o hacerlos partícipes de la discusión. Decir “derechos de los animales” (no humanos) también es antropocentrismo. Tal vez esto un día cambie. De pronto en un futuro podremos conversar con otra especie que entienda nuestras lógicas y nos diga “¡qué bestias!”. Yo guardo la esperanza.”

Para la gran mayoría de las personas matar a un perro es de los actos más crueles que un ser humano puede cometer. Sin embargo, muchas de estas personas no lo pensarán dos veces antes de ponerle veneno a la rata o aplastar un zancudo. Esta diferencia no es gratuita. Para entenderlo vale la pena remitirse a la filósofa y socióloga feminista Donna Haraway en su maravilloso libro El manifiesto de las especies de compañía: perros, humanos y alteridad significativa (escrito a partir de la relación que tiene con sus dos perros) el vínculo que los humanos tenemos con los perros es poco tiene que ver con una relación amo-subalterno de “domesticación”. (Rescato los argumentos de la columna ‘Principe’ publicada en El Heraldo) “Por ejemplo, no es cierto que los perros sean el resultado de una domesticación de los lobos. Lobo y perro se separaron genéticamente hace más de 100 mil años (una época en la que nuestros ancestros difícilmente podrían ser llamados ‘humanos’). Más que hablar de ‘domesticación’ tendríamos que hablar de un proceso de co-evolución que se puso en marcha cuando dos especies se asociaron para beneficio de ambas, ‘domesticándose’ mutuamente.”

Nuestro vínculo con los es especial porque aprendieron a interpretar el lenguaje corporal y el estado mental del ser humano mucho más eficazmente que cualquier especie más cercana a nosotros evolutivamente, como los chimpancés, y quizás hasta mejor que otros seres humanos. Esto es a lo que Haraway se refiere con “alteridad significativa” y plantea que hay un “tráfico ontológico” con otras especies, especialmente con las de compañía que coexisten, cohabitan con nosotros hasta constituir una relación tan íntima que a veces nos referimos a ella como un parentesco. Muchos critican a quienes e tratan a los perros “como personas”, y se habla de los “perri-hijes”, como algo loco, nocivo, indeseable, exagerado. Sin embargo, la mayoría de las personas que consideran a sus animales “como de la familia” no cae en el engaño de pensar que son como pequeños humanos indefensos. Haraway plantea un “florecimiento de la otredad” que parte de aceptar que “el otro no es yo”. De esta manera querer el bien del otro implica no imponer un yo, reconociendo una “otredad radical”. De esta manera, jugamos con el perro a tirarle una bola, o a forcejear con un juguete aunque para nosotros sea monótono y absurdo, porque encontramos placer en verlo feliz en sus términos y su placer nos produce placer. Así, perros y humanos se ven obligados a admitir que habitan mundos distintos y que la comprensión total es imposible, y la comunicación a través de esa diferencia termina reducida a lo que importa. “Preguntarse respetuosamente de forma continua quién y qué emerge en relación es la clave. Esto es así para todos los amantes verdaderos, no importa de qué especie”. Desde la empatía y el amor interespecie que se entabla, los perros hacen de nosotros mejores humanos.

Por eso, Haraway plantea una ética del cuidado de la otredad, porque, al estar todos relacionados, los daños a una especie se revierten sobre nosotros individual o colectivamente. Al ser el perro un ‘otro’ nos obliga a un trabajo continuo, de ensayo y error para entablar comunicación. También nos obliga a replantearnos relaciones de propiedad, “yo tengo al perro, pero el perro también me tiene a mí.” Por eso es que ser cruel con una especie de compañía, en particular los perros –que han entablado una simbiosis con los humanos que no tiene paralelo–, va en detrimento de la propia humanidad. En el caso de los asesinatos de perros en la Condesa, el dolor que estas muertes han causado a 18 familias y el miedo que se esparce por el barrio no es cosa menor. Hay aquí una intención de hacer daño gratuito y crear zozobra, que habla de las formas más mezquinas, crueles y oscuras que toman los seres humanos. En eso se hace evidente nuestra radical diferencia con los perros, que jamás serían capaces de tanta maldad.

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