Miedo en Los Andes

Columna publicada el 14 de octubre de 2015 en El Espectador.

Hace poco supimos de amenazas en la red social Grindr contra activistas LGBT y estudiantes de la Universidad de los Andes.

Desde que la denuncia se hizo pública se ha sabido de, al menos, 22 casos de amenazas con las mismas características contra estudiantes uniandinos. Grindr es una red social creada especialmente para que hombres homosexuales puedan conocerse y encontrarse, con fines que van desde la amistad hasta los encuentros sexuales. En el perfil de cada persona aparecen su nombre (que puede ser seudónimo), edad, peso, estatura, y algunas fotos. Grindr fue la primera aplicación móvil en usar la geolocalización para facilitar estos encuentros y es la precursora de la popular red Tinder, usada mayoritaria —aunque no exclusivamente— por heterosexuales.

El 28 de agosto, cuando el defensor de derechos humanos y activista Sebastián Lanz Sánchez estaba en los alrededores de la universidad, recibió un primer mensaje: “Loca, drogadicta, afeminada”. Según la aplicación, el agresor estaba a pocos metros. Dos días después las agresiones escalaron a amenazas de desfigurarle la cara con ácido, a él y a su hermano Alejandro, también defensor de derechos humanos. Alejandro cuenta que recibió amenazas parecidas hace un año, a través de la misma red y con el mismo lenguaje. En las amenazas previas el agresor declaraba que era “un man de clóset uniandino”. Esta situación es especialmente preocupante dado que los ácidos corrosivos no tienen venta regulada en el país. Por eso, incluso si el agresor no planea cumplir con sus amenazas, obliga a toda la comunidad LGBT de la universidad a asistir a clases con miedo, entorpeciendo su acceso al derecho a la educación.

Sin embargo, ante la denuncias de los hermanos Lanz, la universidad contestó que “las amenazas no se llevaron a cabo en la Universidad de los Andes” y que, como ocurrieron en un medio que “no es institucional”, la universidad no puede hacer nada. Según el artículo 120 del reglamento de la universidad, para que la institución sea competente en lo disciplinario los hechos deben ocurrir dentro de sus instalaciones y, en el momento de la falta disciplinaria, la persona debe tener la calidad de estudiante. Sin duda, la universidad no puede abrir una investigación contra un agresor indeterminado, y encontrar su identidad corresponde a la Fiscalía, pero la universidad no puede pretender que estas amenazas le son ajenas. Con su desafortunada respuesta, lo que están diciendo es que si agreden, violan o atacan a un estudiante de la comunidad uniandina por fuera del perímetro de la universidad, la institución puede lavarse las manos. Además, la respuesta parece asumir el trazado de este perímetro de la manera más anticuada, pues no incluye los espacios digitales, que no por ser “virtuales” son menos reales. Dados los estrictos (y exagerados) controles que tiene la universidad para el ingreso a sus instalaciones, es altamente probable que el agresor haga parte activa de su comunidad y esto es un indicador de un serio problema de homofobia en la Universidad de los Andes. Varios profesores de la universidad circularon una carta rechazando las amenazas (y ésta fue firmada incluso por el rector y la ombudsperson de la universidad, Margarita Gómez, quien emitió la lastimosa respuesta de la institución), y hasta se envió una carta a El Espectador (parece que la universidad está más preocupada por el escándalo), pero a la fecha no hay una respuesta institucional satisfactoria.

Ya en Egipto, el año pasado, y en México, este año, se conocieron casos de amenazas como estas a través de la misma red, es decir: este ataque a los espacios de interacción seguros que tiene la comunidad gay, históricamente perseguida, se está replicando alrededor del mundo. Una universidad como Los Andes, que se ufana de ser de las más avanzadas de Latinoamérica, tiene que crear políticas para investigar y prevenir acoso y amenazas dentro de su comunidad en espacios digitales. Más cuando este tipo de amenazas están caracterizadas dentro de cuadros de homofobia y van en contra de defensores de derechos humanos e incluyen discursos de odio, lo que las convierte en una violación grave a los derechos humanos. La violencia, digital, verbal o física, sigue siendo violencia, y no puede ser que una universidad tan prestigiosa se desentienda de estas amenazas; es inadmisible que un sector de sus alumnos tenga miedo de ir a estudiar.

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