Internet y los cuerpos

Columna publicada el 28 de octubre de 2015 en El Espectador.

En 1996 el ensayista y poeta, John Perry Barlow publicó la Declaración de independencia del Ciberespacio y lo presentó como un mundo “que está en todas partes y en ninguna, y en donde no vive ningun cuerpo”.

También dijo que estábamos “creando un mundo al que se puede entrar sin privilegios ni prejuicios, sin que importe la raza, el poder económico, la fuerza militar o el lugar de nacimiento”. Por supuesto que para un hombre blanco y cisgénero como Perry, Internet plantea un mundo sin fronteras. Pero no es lo mismo ser un gringo que ser una mujer emberá. El acceso a Internet en el mundo no es igualitario y no puede desvincularse de nuestros cuerpos.

La semana pasada se publicó el informe Derechos de las Mujeres Online, realizado por la Fundación Karisma para Colombia, con el apoyo de la World Wide Web Foundation y Agencia Sueca de Cooperación para el Desarrollo Internacional. Según el informe, aproximadamente un 20% de la población colombiana tiene acceso a Internet, pero de forma tremendamente desigual: pasamos de un 22.3% en departamentos como Risaralda, a menos del 1% en otros, tradicionalmente olvidados, como Guainía, Amazonas, Guaviare, Vichada. La cifra, optimista, probablemente también incluye el programa de Internet.org, en que se ofrece acceso limitado a algunas páginas (las que Facebook y el Gobierno quieren), y la verdad es que ese entorno controlado ni siquiera debería entenderse como acceso. Colombia, además, es uno de los países del mundo en donde el servicio a Internet es más caro, así que estar conectado no es cualquier cosa. El informe también muestra que el 78% de los usuarios hombres pagan por los costos relativos al acceso, mientras sólo un 50% de las mujeres lo hacen. También son menos las mujeres con smartphones (56% versus 62% en los hombres), y en muchos contextos, en los que el computador se comparte con la familia, los hombres, desde las contraseñas hasta el hardware, tienen completo control del acceso a las tecnologías.

En su análisis cualitativo, el informe mostró que, en Colombia, las mujeres periodistas, políticas o defensoras de derechos humanos que habitan Internet se enfrentan con una fuerte misoginia que muchas veces pasa desapercibida; muchas lo naturalizamos como una parte más del oficio. Sin embargo, basta revisar los foros de esta columna para ver cómo al menos la mitad de los comentarios son sexistas. En cambio, nadie discutirá sobre la belleza física de mis colegas hombres, ni mucho menos sobre su moral sexual, para evaluar la pertinencia de sus argumentos. El informe identifica que quienes hablan de temas como la violencia contra las mujeres, el feminismo, los derechos de la comunidad LGBT y los derechos sexuales y reproductivos, son aún más propensas a recibir este tipo de violencia que, al no asumirse como “real”, crea daños emocionales y estrés que demasiadas veces pasan desapercibidos. Como resultado, las mujeres se autocensuran, y algunas hasta abandonan espacios virtuales como sus redes sociales. En otros casos, el matoneo se convierte en amenazas, las mujeres se retraen también de los espacios tridimensionales, y así, online y offline, se cumple el mandato de mantenernos encerradas en lo privado.

Garantizar que Internet sea un espacio que todos los colombianos podamos habitar tiene que ver sí, con la conectividad, pero no solo eso. Si el acceso es controlado; si en línea, las voces de los grupos minoritarios se enfrentan a la misma violencia que vemos en el mundo tridimensional al punto que afecta su libertad de expresión; eso no puede llamarse acceso. No se trata de llevar cables de fibra óptica a los lugares más remotos, tiene que ver con bajar los costos de acceso; con diseñar campañas sociales y culturales en contra de los discursos de odio —misoginia y discriminación a otros grupos—; y con aumentar las capacidades de todas las personas para valorar de manera crítica la información a la que Internet les permite tener acceso. Habitar es más que existir en un territorio, implica poderse mover de manera tranquila y segura, apropiarse de los medios, acceder a derechos.

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