Sonidos de casa

Columna publicada el 21 de noviembre de 2015 en El Heraldo

En la Grecia antigua, un aedo era ese rapsoda (recitador o pregonero ambulante que cantaba poemas llevando noticias de un lugar a otro) que componía las obras que declamaba. De estos ires y venires nacieron la Ilíada y la Odisea. En Colombia, los rapsodas eran los juglares vallenatos que iban de pueblo en pueblo verseando las buenas y malas nuevas. En esas letras del vallenato sabanero se empezó a construir el lenguaje y la cosmogonía con la que contamos a Colombia. Calixto Ochoa, uno de nuestros más grandes aedos, acaba de morir, y creo que muchos sentimos que se murió nuestro propio abuelo. Es que la música de Ochoa resume justamente eso que los colombianos entendemos por familia.

Calixto Ochoa fue el tercer Rey Vallenato de la historia, después de vencer a dos grandes: Náfer Durán y Emiliano Zuleta. Tocaba, cantaba, componía y podía sacarle una historia a lo más insignificante. Un problema de matemáticas, una empanadita, se convirtieron épicas de la picaresca en el intenso zoom de su universo narrativo. Junto al también talentosísimo barranquillero Aníbal Velásquez se dio a la tarea de reclutar a los mejores músicos de la época para armar un All-Stars que llamarían Los Corraleros de Majagual, los amos de la música tropical costeña colombiana, cuyo sonido se extendió por todos los rincones de Colombia: La ombligona, Charanga internacional, Playas marinas, se convirtieron en canciones emblemáticas de un territorio, sonido que dibuja una geografía. Poca música se siente tan unívocamente colombiana como la de Los Corraleros. Otras canciones, como El africano, inmortalizada en los noventa por Sergio Vargas, parece que hubieran existido desde siempre, quizás por su pregunta primigenia: ¿qué será lo que quiere el negro? ¡Y quiere tantas cosas! Tantas, pero todas, mágicamente, caben en tres notas.

Así, Ochoa hizo por la identidad colombiana lo que no pudo hacer ninguna carretera y ningún gobierno para conectar las regiones y atravesar las cordilleras que nos dividen. No existe fiesta colombiana sin la música de Calixto Ochoa, y no existe una fiesta navideña que se sienta navideña, sin que se escuchen a lo lejos Los sabanales. Para los colombianos, la música de Calixto Ochoa suena a hogar y a familia. A los grandes artistas, poetas, y músicos la muerte solo les acaba los cuerpos, a fin de cuentas innecesarios para la inmortalidad, que es intangible. El gran abuelo de la música popular colombiana se seguirá sentando a la mesa de todos, todos los diciembres.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s