La niñez erótica

Columna publicada el 2 de diciembre de 2015 en El Espectador.

Entre las perlas macondianas del Concejo de Cartagena está un nuevo invento que ha dado mucho de qué hablar este año: el plan del concejal Antonio Salim para prohibir los bailes dizque eróticos en Cartagena.

La motivación es bastante mundana: por ahí hay varios políticos que le tienen ganas a la creciente población de cristianos en la región —fácilmente reconocibles en las fiestas navideñas porque, aunque dicen que la “danza” es sólo para alabar a Dios, uno los ve, como caribeños que son, moviendo involuntariamente los hombros o el pie al son de los tambores, pero sin pararse de la silla—, pero tiene una justificación populista con la que muchos han llegado a estar de acuerdo: pensar en los niños. “Pensar”, que no hacer, pero ese es otro tema.

La tal prohibición de los bailes eróticos en Cartagena es risible porque es como pretender que la gente no respire. No sólo el Concejo no tiene la competencia para hacer una cosa así, sino que la cosa está tan mal redactada que se presta para que se prohíba cualquier cosa: lo que entienden por erótico queda a la libre interpretación, dado que una de las cosas maravillosas de los seres humanos es que para nuestra especie casi todo tiene el potencial de erotizarse. Sin mencionar que la tal prohibición viola una sarta de derechos fundamentales: libertad de expresión, libre desarrollo de la personalidad, como también agrede la libertad de expresión artística, la autonomía de las instituciones educativas y el patrimonio cultural del Caribe colombiano. He aquí la falacia mayor: que ver movimientos pélvicos en un baile hace que los niños y niñas piensen prematuramente en sexo, lo que, en consecuencia, generará embarazos adolescentes.

Este año, en una protesta, los cartagenerors sacaron un ingenioso cartel explicando, con contundente elocuencia, que “la champeta no preña, lo que preña es la mondá”. El embarazo adolescente es un problema grave en Cartagena, especialmente para las niñas que no tienen chance de pensar en una carrera profesional cuando se convierten en madres a tan corta edad. Pero, y esto también es muy obvio, se previene con buenas clases de educación sexual, no censurando.

En una ciudad donde la gente usa métodos anticonceptivos como el ritmo, o peor, “el salto del tigre”, con unos niveles de pobreza en donde se ven enfrentados a escoger entre comprar anticonceptivos o almorzar (y obviamente prefieren almorzar), difícilmente emprenderla contra un baile que les es natural a los cartageneros va a resolver el problema. Si bailar con movimientos pélvicos preñara, la civilización europea estaría extinta.

La prohibición oculta la incompetencia de los organismos públicos para ofrecerles a niños, niñas y adolescentes información oportuna y de calidad sobre sus derechos sexuales y reproductivos, pero sí evidencia un afán de conseguir electores y hacer como que trabajaran.

Más allá del fácil reproche a los concejales, me impacta que pretendamos ignorar, desde nuestro adultocentrismo, que los niños y niñas no tienen deseos eróticos o que el hecho de que los tengan es terrible. Los humanos nos masturbamos desde que somos bebés porque tocarse los genitales se siente rico, pero después nos enseñan que eso es aberrante. En realidad, lo que sí está mal es erotizar los cuerpos de los demás sin tener su consentimiento. Y esto, en cambio, no nos lo enseñan jamás. De nuestra educación también omiten que el sexo no es sólo una cosa de penetración, como un asunto mecánico de enchufes y clavijas, dejando de lado sus dimensiones psicosociales, y sólo de vez en cuando nos hablan de sus consecuencias, que son, mucho, muchísimo más amplias que un embarazo no planeado.

Nuestro deber como adultos es darles a los niños y niñas la información y las herramientas para que vivan sus naturales deseos sexuales de una manera sana y con control sobre su cuerpos, en vez de confundirlos y reprimirlos, negándoles una dimensión erótica que muy bien sabemos que no se puede negar.

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