La mata que salva

Columna publicada el 16 de diciembre de 2015 en El Espectador.

El mes pasado se anunció que Colombia está a punto de legalizar el uso medicinal de la marihuana.

El decreto, construido por medio de un acuerdo entre los ministerios de Salud, Justicia y Agricultura, sólo está esperando la firma del presidente Santos que, aunque se muestra favorable al tema, lo tiene traspapelado hace varias semanas.

El decreto contempla la legalización del cultivo, y la fabricación y distribución de la hierba con fines medicinales. La idea también es exportar estos productos a países donde su uso y comercio sea también legal con fines medicinales. El decreto permitirá sacar una licencia para el cultivo y permitirá una licencia diferencial de investigación para entidades debidamente reconocidas por el Ministerio de Educación. También define que no se requerirá licencia para el autocultivo de hasta 20 plantas de cannabis, destinadas al uso personal y cuya comercialización estaría expresamente prohibida. Aunque el decreto se ha presentado como una política muy de avanzada, en realidad reglamenta una ley de hace casi 30 años: el artículo 3 de la Ley 30 de 1986, que ya habla de la distribución, producción y comercialización de la planta con fines medicinales y científicos. Este decreto se ve complementado por un proyecto de ley del senador Galán que reglamenta el artículo 49 de la Constitución: “El porte y el consumo de sustancias estupefacientes o psicotrópicas está prohibido, salvo prescripción médica”. Este proyecto ya fue aprobado en segundo debate y ahora su discusión será en la Comisión Primera y la plenaria de la Cámara de Representantes. Con esto se evidencia que el uso medicinal de la marihuana en Colombia es legal desde hace rato, y lo que están haciendo el Congreso y el Gobierno es ponerse al día con una tarea pendiente desde hace casi 30 años.

Quizá la falta de voluntad tenía que ver con que hasta hace poco se creía casi unilateralmente que la reglamentación de la marihuana medicinal abre la puerta a la legalización del consumo recreativo, pero esto no es preciso. Su uso recreativo implica una discusión sobre el derecho al libre desarrollo de la personalidad que, aunque sin duda necesaria y urgente, es harina de otro costal. De lo que debe tratarse, en este caso, es del bienestar de los pacientes que están esperando por la firma de Santos. Es decir, es un asunto de salud pública, que es algo que tanto el presidente como sus ministros han enfatizado en sus discursos nacionales e internacionales.

Y es que las razones sobran. Varios estudios médicos muestran que los componentes de la planta: THC (el responsable de su psicoactividad), CBD, CBN, CBC, CBG, y THCU, entre otros, pueden reducir la presión ocular crónica y su dolor, estimular el crecimiento del tejido nervioso, controlar la ansiedad y abrir el apetito, combatir radicales libres en la sangre, reducir las náuseas, controlar algunos tipos de cáncer, reducir el riesgo de daño de nervios, suprimir espasmos musculares y convulsiones, reducir la inflamación y el dolor, frenar el crecimiento de bacterias, reducir los niveles de azúcar en la sangre, reducir el riesgo de obstrucción de arterias, estimular el crecimiento de los huesos, ayudar a estimular el sueño, frenar el crecimiento de hongos, asistir en la contracción de células sanguíneas y estimular el crecimiento de células. Además, el país se beneficiaría de su comercio, pues hay un mercado internacional emergente para estos productos debido a la ola de legalizaciones. De hecho, la industria farmacéutica de otros países ya le saca el jugo a esta realidad científica y en el mundo se comercializan más de cinco medicamentos debidamente aprobados por las autoridades sanitarias.

Ojalá Santos se apure a firmar el decreto a ver si pasamos la página de una discusión que estuvo 30 años estancada y ponemos la discusión en otros temas urgentes, como replantear nuestra política de drogas, un asunto que, dada nuestra dramática historia, deberíamos estar liderando en la región.

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