Superpo(p)derosas

Columna publicada el 30 de diciembre de 2015 en Sin Embargo.

Las series de televisión son a la vez espejo y meta: reflejo de lo que somos y de lo que aspiramos a ser.Las series de televisión son a la vez espejo y meta: reflejo de lo que somos y de lo que aspiramos a ser.

Cuando era niña jugaba con mis amigos a representar los personajes de las series de caricaturas que veíamos. Teníamos un problema recurrente: usualmente éramos más niñas que niños, pero con los personajes sucedía a la inversa. Por ejemplo, los Thundercats solo tenían a Chitara (la mujer) y a WillyKit (la niña) y una vez repartidos estos roles las niñas teníamos que “hacer de hombres”. El ejemplo, particular y subjetivo, es sintomático de que casi no hubiera suficientes representaciones de mujeres en la cultura pop y para niños, y las pocas que existían eran bastante unidimensionales: su principal gracia solía ser “ser la mujer” (Pitufina, Abril O’Neil) o caían en reduccionismos binarios como “la rubia y la morena” (Betty y Verónica), la “vixen” y la “girl next door” (Ginger y Mary Jane) o la bonita y la inteligente (Daphne y Vilma). Las niñas no contábamos con ficciones variadas y suficientes para imaginarnos.

Afortunadamente han pasado muchos años desde que yo era una niña y la televisión, para ciertos contextos, ha cambiado. El abanico de representaciones se ha ampliado inmensamente y hoy existen para todos los gustos. Por ejemplo, nada más el 2015 trajo series de Supergirl, Agent Carter y Jessica Jones. Tres heroínas que cuentan con una variedad de personajes femeninos con quienes tener conversaciones complejas. Agent Carter hace excelentes bromas sobre la vida de las mujeres en los años cuarenta, Jessica Jones hace un agudo comentario sobre la mirada masculina o male gaze. La subvierte al punto que el objeto de deseo de la protagonista y personaje más bello de la serie es un hombre, el súper héroe Luke Cage. En el New Yorker, la crítica Emily Nussbaum describe a Mike Colter, quién lo interpreta, como “un actor con tanta gravedad sexual que podría ser su propio planeta”. Por su parte, una Supergirl contemporánea se ve obligada a preguntar por qué la llaman superniña y no supermujer. La respuesta del personaje de Calista Flockhart es retadora: “eres tu quien piensa que ser una niña es malo”.

(La reseña de Nussbaum, aquí, y otras recomendaciones de series hechas por Estefanía Vela, aquí.)

¿Tendrán estos cambios en la representación un impacto sobre el lugar que les damos  a las mujeres en nuestra sociedad? La respuesta es complicada. Lo primero que hay que decir es que la mayoría de las niñas, no crecen con acceso a televisión bilingüe, personajes como estos son para audiencias de nicho. Pero a su vez estos nichos tienen un alto impacto en la toma de decisiones o son influyentes de alguna manera por el mismo privilegio que en principio los reduce.

Lastimosamente, al pensar que las imágenes, el entretenimiento y las representaciones humanas influyen en nuestro comportamiento, muchos lo entienden al revés y concluyen que podemos manipular estas imágenes para fomentar comportamientos. Por ese camino solo se llega a el adoctrinamiento y la censura. Pienso en uno cuando el Ministro de Bienestar de Salud y de Familia de India promovía la televisión como un “método anticonceptivo”. Ghulam Nabi Azad, el Ministro, explicaba que “hoy la televisión entretiene mucho más y para cuando el prime time se acaba las parejas están muy cansadas como para tener relaciones”. Según Charles Kenny, economista autor del libro The Success of Development: Innovations Ideas and the Global Standard of Living (El éxito del desarrollo: innovaciones ideas y el estándar global de vida), la televisión sí funciona como un mecanismo de control poblacional. Desde los años 70 el canal brasilero Rede Globo ha estado produciendo telenovelas que han sido vistas por más de 80 millones de personas. En un país donde el divorcio se legalizó en 1977, la mitad de los personajes protagónicos femeninos de las telenovelas eran divorciadas, y el 72 por ciento de los personajes no tenían hijos. En contraste, la mujer brasileña promedio en la época tenía 6 hijos. El libro afirma que las telenovelas resonaron con las televidentes, que no solo nombraron a sus hijos en honor a sus protagonistas favoritos, también empezaron a tener menos hijos. En estas series las mujeres también aparecen trabajando fuera de la casa, manejando negocios y con acceso al dinero. Según Kenny, el pueblo brasilero empezó a seguir este ejemplo. Uno podría también hablar de Televisa, que en México pone Presidente, y traer como ejemplo su perfecto aparato de entretenimiento bio-político sobre el que se sostiene a la clase política mexicana.

Pero hay mucha ingenuidad en esta forma utilitarista de ver las imágenes. Hace un tiempo comenté sobre el ejemplo de Brazil que: “Las agendas políticas que están detrás del pop son inmensamente efectivas, al punto que pueden modificar nuestros hábitos vitales (como disminuir el número de hijos que tenemos). La televisión es un arma poderosa que puede ser usada para bien o para mal. Ahora no, no pienso que haya una conspiración para volvernos a todas astutas mujeres divorciadas que viven en los suburbios. En realidad creo que manejar la agenda del bio-pop televisivo es una tarea muy difícil, pues esta agenda no se crea de manera unilateral. Sus contenidos son una conversación constante entre los medios productores y la audiencia, por eso regular los contenidos de la televisión no tiene sentido, la gente quiere ver lo que le dan, pero también le dan a ver lo que quiere. En otras palabras, el pop trae tendencias que responden a la gente, que responde a las tendencias, que responde a la gente, y esta dialéctica, más que como herramienta de manipulación, sirve como termómetro de lo que se está pensando globalmente. Un mundo de televidentes es un mundo de personas en constante conversación con tendencias culturales que le son ajenas, y un terreno donde los valores del mundo globalizado, unos difíciles como el consumismo, y otros positivos como la independencia femenina, se transmiten como memes, y raudamente se convierten en acciones y costumbres de la vida real, para ser reinterpretados por la televisión y comenzar el ciclo de nuevo. (La vida imita al arte que imita a la vida que imita al arte).”

Quizás por esto me alegra aún más ver la diversidad de roles femeninos con los que cuenta la televisión anglosajona y por cable disponible hoy en día, primero porque esta manera de producir contenido impactará a otras industrias televisivas, y segundo porque contar con personajes como Jessica Jones, o Kara Zor-el, o Peggy Carter y tantas otras como Buffy (pionera del feminismo pop) o Korra (de The Legend of Korra, una de las mejores series animadas de los últimos tiempos, disponible en Netflix) nos habla de una sociedad que está cambiando y de un público de mujeres que tiene suficiente poder comercial y madurez estética para reclamar personajes femeninos complejos y completos. Las series de televisión son a la vez espejo y meta: reflejo de lo que somos y de lo que aspiramos a ser.

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