Las palabras del “Chapo”

Columna publicada el 13 de enero de 2016 en El Espectador.

“Es una realidad que las drogas destruyen”, dijo El Chapo Guzmán en su entrevista para Sean Penn para la revista Rolling Stone, revelada en días posteriores a su recaptura.

Penn le pregunta si se siente responsable por todas las vidas que ha “acabado” debido al consumo de drogas, el capo afirma que no, y luego le dice que no cree que el narcotráfico se vaya a acabar con su posible captura. En lo segundo, El Chapo tiene razón. Pero la razón de fondo por la que el narcotráfico no se acaba con la captura de narcos es que siguen vivos montones de prejuicios sobre las sustancias psicoactivas. El Chapo nos recita la más importante de todas estas falacias: que las drogas destruyen.

Es sorprendente que a pesar de todas las críticas que ha recibido la entrevista —que si un actor de Hollywood puede hacer periodismo, que si vale la pena escuchar la voz de un victimario—, todos den por sentado, desde Penn hasta los lectores, que sí, que narcotraficantes y consumidores tienen una relación de causa y efecto incuestionable. Pero ya sabemos que esto no es cierto: los consumidores existen desde muchísimo antes que los narcotraficantes. Los narcotraficantes de lo que dependen es de la prohibición (porque si no serían comerciantes, harían sus oficios en la legalidad, pagando impuestos y sin balaceras). Por eso, el narcotráfico no se acabará atrapando a los narcotraficantes o reformando a los consumidores; se acabará cuando se acabe la prohibición.

No es una realidad que las drogas destruyen. Las drogas, consumidas sin cuidado y por personas en situaciones difíciles, psicológicas, físicas o emocionales, pueden hacer mucho daño, pero no son la causa de ese daño sino su catalizador. Las drogas no destruyen, algunas personas usan las drogas para destruirse. Es una cosa muy diferente. Actualmente se puede escuchar en la radio una campaña para desincentivar el consumo de drogas que cuenta historias de personas que tenían grandes aspiraciones (uno llegó del campo a la ciudad, otra quería estudiar y “salir adelante”) pero que se llenaron de desinterés y brío al volverse consumidores y por lo tanto fracasaron en la vida. La campaña no se pregunta si ese personaje migrante tuvo problemas para adaptarse a la ciudad o sufrió discriminación, no nos habla de las vulnerabilidades que pudieron tener estas personas, o sus propensiones físicas, para que le dieran un uso autodestructivo a las drogas, a diferencia de la gran mayoría de consumidores. La campaña tampoco habla de los consumidores funcionales que sí llegaron muy lejos y no olvidaron su proyecto de vida por fumarse un porro.

Seguimos creyendo que lo que destruye son “las drogas” y no una sociedad con una salud mental desantendida, sin bienestar social, oportunidades, o solidaridad. Es más fácil satanizar el consumo de drogas que resolver los problemas de fondo. Mientras sigamos repitiendo esos eslóganes destartalados, “la mata que mata”, “las drogas destruyen”, seguiremos pensando que la prohibición de las drogas es una solución para el problema social y de salud pública que se relaciona con el consumo nocivo de sustancias psicoactivas. Mientras sigamos pensando que la solución es la prohibición seguirá existiendo el narcotráfico. Así, el “capo de capos” mexicano cuenta su más reciente final desde la misma falacia que creó las condiciones para que exista un narcotraficante como él: se convierte en un absurdo infinito, como una serpiente que se muerde la cola, o como recluir El Chapo en la misma cárcel de la que se escapó.

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