Pican los mosquitos

Columna publicada el 20 de enero de 2016 en El Espectador.

Todo comenzó un un tuit del senador Verde, Jorge Iván Ospina, afirmando que en Colombia nació un bebé con microcefalia por causa del virus Zika.

El tuit llegó sin cuestionamiento alguno a los titulares de los medios, que además sacaron las graves cifras de la epidemia del virus en Colombia. Las embarazadas seguro sintieron pánico. Luego el Ministerio de Salud desmintió al congresista diciendo que no hay reportes de nacidos con microcefalia por Zika, o mejor dicho, que hay mujeres gestantes con Zika y recién nacidos con microcefalia, pero aún no hay pruebas de una relación causal. Como mínimo tendríamos que hacer esta distinción antes de sacar un titular que puede crear miedo en la población, pero, sobre todo, es irresponsable tratar a un político como si fuera una autoridad médica. Entonces la noticia sería que hay un riesgo de malformación en los embarazos de mujeres con Zika. Entre un riesgo y un caso comprobado hay, literalmente, una vida entera.

En todo caso, el Ministerio de Salud emitió el martes una resolución donde les sugiere a las colombianas no embarazarse hasta después de julio de 2016, especialmente si viven en tierra caliente. Como el virus Zika es una epidemia relativamente nueva para los médicos, aún no hay vacunas ni medicinas específicas para combatirlo, ni se sabe exactamente qué efectos puede tener en la población. La recomendación es una medida necesaria, y hasta sería excelente si no fuera por dos detalles. Primero, que sólo se dirige a las mujeres, como si se embarazaran solas, y como si las colombianas tuvieran las condiciones educativas, médicas y culturales para poder decidir autónomamente cuándo y cómo se embarazan. Lo que lleva al segundo punto: la mayoría de las mujeres en Colombia no saben cómo evitar un embarazo porque las campañas de educación sexual completa y oportuna no se han podido implementar del todo (entre otras razones, porque varios funcionarios públicos siguen diciendo que son una “cátedra del aborto”), y porque la gran mayoría, si es que se cuida, lo hace con el ritmo o con coitus interruptus. Los hombres tampoco saben nada de anticoncepción y, además, ni les importa, concebir es algo que se trata como un asunto exclusivo de las mujeres, así lo hacen los médicos, los medios y hasta el mismo Ministerio.

Para que las mujeres puedan hacerle caso al Ministerio necesitan tener un control real de sus decisiones reproductivas. Esto pasa por tener a la mano la información sobre su cuerpo, sus derechos y los métodos anticonceptivos y la autonomía para usar esa información y para decidir sobre su vida sexual. Pero las colombianas no tienen estas cosas. Por ejemplo, muchas mujeres no usan anticonceptivos porque sus parejas machistas creerán que son una señal de infidelidad. Otro ejemplo: en Colombia violan una mujer cada 33 minutos (según reportes de 2015 de Medicina Legal); esto, entre muchas cosas horribles, es otro obstáculo para que las mujeres tengan control de su vida reproductiva. ¿Qué ministerio tendría que emitir una recomendación para que los hombres no violen a las mujeres y respeten su derecho a la anticoncepción, de aquí a julio y de ahí en adelante por siempre jamás?

Por su parte, los medios pueden hacer cosas más útiles que sacar tuit-ulares. Por ejemplo, contarles a las mujeres que en Colombia existe la causal por malformación del feto y por violación para practicar abortos legales, y que, a finales del año pasado, varias organizaciones de derechos humanos ganaron una demanda para que sea obligatorio practicar el protocolo de atención en salud para víctimas de violencia sexual, que incluye practicar exámenes y ofrecer medicamentos para tratar y detectar enfermedades de transmisión sexual, brindar anticoncepción de emergencia para evitar un embarazo no deseado y apoyo en salud mental. No podemos simplemente exigirles a las mujeres que tengan control de su vida reproductiva cuando no removemos los obstáculos que encuentran para hacerlo; de nada sirve responsabilizarlas si no les damos la autonomía, ni la información, ni las herramientas para que puedan asumir esa responsabilidad.

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