Feminismos latinoamericanos: coordenadas mínimas

Ensayo publicado el 23 de febrero de 2016 en Horizontal.

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En 2016 se cumplen 100 años del Primer Congreso Feminista de Yucatán, 100 años de feminismo organizado en México. Aunque en ese entonces el país estaba en plena Revolución y era muy mal visto, además de peligroso, que una mujer viajara sola a alguna parte, 617 valientes asistieron y demostraron que las mexicanas estaban perfectamente capacitadas para participar en debates públicos.

Sin embargo las mujeres fueron excluidas del constituyente del 17, con el cuento de que en los requisitos fijados en la Constitución de 1857 decía que para ser diputado se requería ser mexicano (cuando conviene, los pronombres masculinos o neutros nos incluyen a todas, y cuando no, pues no). Con este argumento se le negó la posibilidad de ser diputada a Hermila Galindo, promotora del sufragio universal, la educación laica y de que las mujeres tuvieran información sobre salud y sus derechos sexuales y reproductivos.

¿Cuánto hemos avanzado en estos 100 años? ¿Hemos construido algo que podamos denominar “feminismo latinoamericano”? Son preguntas amplias y sus respuestas son tan múltiples como los feminismos latinoamericanos. A continuación les propongo algunas claves para contestarlas.


Algunos avances del feminismo latinoamericano

Un siglo después, los debates feministas son los mismos que se daban a comienzos del siglo XX. Las mujeres todavía no tenemos derechos plenos, nos pagan menos y encima nos echan en cara cargar el garrafón. Sin embargo es la lucha feminista una de las revoluciones sociales pacíficas más efectivas en el siglo XX.

Mi bisabuela, colombiana sufragista nacida en 1900, siempre me decía: “hace dos generaciones las mujeres no podíamos ni votar, y hoy hasta podemos opinar en columnas”. Escapó de la finca de su padre a los 15 años porque no le iban a enseñar a leer y a escribir, y aprendió de manera autodidacta leyendo el periódico El Espectador, el mismo en el que, un siglo después, yo tendría una columna. Esta pequeña anécdota habla de lo mucho que hemos avanzado en materia de derechos en apenas cuatro generaciones.

El sufragio universal es un logro histórico de todas las mujeres que, autodenominándose feministas o no, trabajaron durante un siglo para que nuestros derechos fueran reconocidos. Podría decirse que no existe mejor época para ser mujer que hoy. Con todo y feminicidios, que en muchos países donde hay Zika no se puede abortar, los incesantes Clubs de Tobi y los micromachismos y macromachismos omnipresentes hasta la náusea.

Una enumeración de los logros del feminismo latinoamericano da para una enciclopedia; mencionaré a continuación solo algunos que me interesan de manera subjetiva.

En 1893, Nueva Zelanda se convirtió en el primer país en permitir el sufragio a las mujeres. El primer país de Europa en hacerlo fue Finlandia, en 1906. En América fue Canadá, en 1917, y en América Latina el primer país en aprobarlo fue Ecuador, en 1929. En el estado de Wyoming (no en todo EE.UU), se aprobó en 1869 para fomentar la migración femenina.

La constitución colombiana de 1853 era un mashup centro-federalista que establecía que cada provincia tenía una suerte de poder constitucional, por lo que entre 1853 y 1854 surgieron una serie de constituciones provinciales de muy corta vigencia. En 1853, contra toda tendencia, los constituyentes de la provincia de Vélez (hoy Sur de Santander), establecieron que todo habitante de la provincia “sin distinción de sexo tendrá entre otros derechos el del sufragio”.

La extensión del derecho al sufragio a las mujeres pasó desapercibida y, para un columnista de la época, Juan de Dios Restrepo, la cosa no fue más que una galantería, y confiaba en que “Ellas tendrían siempre el buen sentido de cambiar las dulces y tímidas virtudes que forman su encanto, por nuestras pasiones tan intolerables y odiosas.” No hay claridad sobre si las mujeres llegaron a hacer uso de su derecho al sufragio, aunque los autores de la época dicen que no, por desinterés y desconocimiento político de las mujeres. Las colombianas no volvimos a tener derecho al voto sino hasta 1954, y no pudimos hacerlo efectivo hasta 1957.

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El Primer Congreso Feminista de Yucatán de 1916 es otro hito del feminismo latinoamericano, pues no se presentó ninguna perspectiva “en defensa de la familia a través de la educación femenina” ni se hizo hincapié en el valor de la maternidad. En Yucatán se habló de educación laica y de fácil acceso para las mujeres, del derecho al trabajo, de plena ciudadanía y métodos anticonceptivos. El presidente Carranza, cuya secretaria era Hermila Galindo, instauró algunas reformas que favorecieron a las mujeres, como la igualdad de obligaciones y derechos personales entre la mujer y el hombre dentro del matrimonio, y el derecho de las mujeres casadas a mantener y disponer de sus bienes, a participar en demandas legales y a establecer un domicilio diferente del cónyuge en caso de separación.

Tras el movimiento sufragista menguaron las luchas sindicalistas en las que participaron gran cantidad de mujeres y, después de la Segunda Guerra Mundial, hubo una aparente calma en los feminismos latinoamericanos. “Aparente” porque hubo un auge de escritoras que presentaron de manera crítica los problemas de las mujeres de la región. Hasta las revistas de recetas de cocina y costura sirven para entender por qué y cómo han reclamado las mujeres sus derechos. En Latinoamérica estuvo bien visto que las señoritas acomodadas supieran algo de artes y literatura para “cultivar la conversación”. Muchas aprovecharon esta ventana para contar la experiencia de las mujeres y de esta manera hacer crítica social, política desde la cultura (como suele pasar). La vida de las mujeres no se contaba en los periódicos, ni en los libros de historia, pero en la literatura hay muchos ejemplos de esas rebeliones privadas de las mujeres. Entre las escritoras latinoamericanas necesarias para conocer estas historias están María Luisa Bombal, Marvel Moreno, Alejandra Pizarnik, Marta Traba, Elena Garro y Rosario Castellanos, y artistas plásticas como Frida Kahlo, Débora Arango y Ana Mendieta. No se puede entender el feminismo latinoamericano sin buscar en las artes y la literatura.

En los setenta el feminismo latinoamericano recobró fuerza política, oponiéndose a los gobiernos autoritarios, y poco a poco volvió a institucionalizarse, esta vez dándole espacio y voz política al movimiento lésbico y a las políticas de identidad negra e indígena. Desde 1981 se han realizado encuentros feministas latinoamericanos y del caribe, todos llenos de rudos debates, pues los feminismos en Latinoamérica son tan diversos como las latinoamericanas.

Los grupos de activistas feministas han encontrado en las ONG una manera de organizarse y de tener incidencia social y legal, y su papel ha sido decisivo para el avance de derechos en toda la región. El surgimiento y la consolidación del movimiento social de mujeres en el continente ha influenciado los procesos de modernización de los Estados: ampliación de cobertura educativa, de los servicios, ingreso de las mujeres al mercado laboral. Los encuentros feministas han servido para impulsar y ganar espacios para fechas importantes del feminismo como el 8 de marzo, día de la mujer trabajadora; el 28 de mayo, día de la acción internacional por la salud de la mujer; el 25 de noviembre, día internacional de la no violencia. Por supuesto, hay muchísimas críticas frente a esta versión institucionalizada y algunas veces estatalizada del feminismo.

Otros momentos notables fueron la Conferencia Mundial sobre las Mujeres (México, 1975) y la adopción por parte de Naciones Unidas, en 1979, de la CEDAW (Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer), que brinda un marco sólido de derechos y obligaciones enfocado a orientar los esfuerzos de Estados, donantes, agencias de Naciones Unidas y actores privados en mejorar la situación de la niña y la mujer. El primer Estado de la región en firmar fue Cuba y el último Uruguay.

Hoy en día todos los países de la región han firmado y ratificado o adherido a la CEDAW, sin embargo, no en todos las leyes de los países están de acuerdo con la convención, e incluso cuando lo están, no necesariamente se hacen cumplir por los gobiernos. Firmar la CEDAW no garantiza que un Estado cumpla con sus compromisos, pero brinda un marco internacional para que los movimientos feministas puedan conversar con los Estados.


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¿Feminismo con gentilicio?

“Nuestra mujer, gracias a Dios, es esencialmente casera, doméstica y es dentro del hogar donde despliega sus buenas y sus malas condiciones. Ahí estriba su fuerza y su gracia. Los que algo, aunque poquísimo, tengamos todavía de latinos, no queremos, no toleramos la mujer politiquera, la mujer de acción, oradora, periodista o redentora del pueblo. Ese tipo de mujer es sajón. No lo criticamos pero no lo tragamos. Preferimos la artista, de aficiones literarias, puramente receptiva, una mujer sensitiva, graciosa, afectuosa, a la terrible demoledora de la injusticia.” Así dijo Armando Solano, representante de la izquierda liberal, en el periódico El Tiempo. Era el tono de las discusiones sobre la participación política de las mujeres en Colombia en 1935.

Aunque este argumento es notorio por su tontería, ha permanecido a través de los años: aún hoy se habla de una “mujer latinoamericana” que es “más dulce”, “más recatada, de su casa”, “monógama porque no le interesa ese libertinaje sexual”, “de las que todavía quieren tener hijos”. El imaginario de la “mujer latinoamericana” ha sido usado para entorpecer nuestro acceso a los derechos.

Es llamativo que la palabra “machismo” sea una palabra hispánica y casi sin traducción a otros idiomas. La palabra “machismo” se refiere a la estructura patriarcal de nuestras sociedades y nuestras cabezas; y no es exclusivamente “sobre los hombres”.

En nuestras culturas (hispánicas, latinoamericanas, latinas) suele haber una celebración de la masculinidad exagerada, que se ejerce, entre otras, en una afirmación del poder y del control. Al respecto hay algunas teorías (ver Machos, señoras y madonas, de Melhuus y Stølen): que los hombres indígenas desarrollaron una masculinidad exaltada y una reacción agresiva para compensar el haber sentido tan hondamente su impotencia y debilidad durante la conquista y la colonia; o que fue un modelo de masculinidad traída por los españoles, profundamente patriarcales y clavados con ese cuento del “honor”, que dependía directamente de la sexualidad de sus madres, hermanas, hijas y esposas.

Detenerse en esto es infructuoso pues el machismo está en todos lados; la única diferencia es que las hispanoparlantes tenemos el privilegio de la palabra. Y en cualquier caso, la historia de la conquista y la colonia es una historia de esclavitud y abuso sexual a las mujeres, y de sometimiento y discriminación hacia las mujeres indígenas, lo cual constituye un terreno perfecto para una forma extrema de supremacía masculina encarnada en la iglesia y el Estado.

Otro concepto útil es el “marianismo” (ver Evelyn Stevens), que es una especie de contraparte del machismo, una feminidad exagerada que termina de construir el binarismo de género en alto contraste latinoamericano. La maternidad aparece de manera mayoritaria en las representaciones de las mujeres latinoamericanas, y es venerada tanto privada como públicamente. La teatralidad y rimbombancia del Día de las Madres es transversal a la mayoría si no a todos nuestros países.

Esta idealizada madre latinoamericana posee una especie de fuerza espiritual que emerge de una abnegación constante y de una profunda capacidad de sacrificio y negación de uno mismo. “La madrecita más linda es la más sacrificada”, y todos esos sacrificios le otorgan superioridad moral. Así, hay una veneración de las abuelas, idealización de la crianza y el parto (para cumplir “el mandato de Dios”), dureza con las hijas y las nueras, y paciencia con los hombres. Con el marianismo se explica esa suerte de “matriarcado machista” que caracteriza a muchas sociedades latinoamericanas.

El marianismo es un problema para el avance de nuestros derechos, pues impide la aceptación cultural, por ejemplo, del derecho al aborto, respecto del cual estamos muy atrasados en la región. Desde el lente del marianismo el feminismo igualitario se lee como “anti-familiar”. Sin embargo, es importante admitir que “las madres” han sido claves para los movimientos sociales latinoamericanos. Históricamente, han sido las que con más fuerza y persistencia han reclamado justicia por los miles de desaparecidos que diversos contextos represivos han dejado en la región. Mutatis mutandis, el mismo marianismo ha permitido que la maternidad se convierta en fundamento para la acción política.

Otro concepto digno de atención es el poscolonialismo. La participación de comuneras, criollas e indígenas en la lucha contra el colonialismo fue importante y extensa, pero no reconocida, y el triunfo de los liberales en la mayoría del continente no se tradujo en el reconocimiento de la igualdad de las mujeres. Somos una región de machiprogres.

El racismo heredado de la colonia separó a las mujeres a partir de categorías ligadas tanto a la clase de procedencia como a la pertenencia étnica: blancas, mestizas, indias y negras no compartían cosmovisiones ni espacios sociales, quizás, aunque de eso no se hablaba, lo único transversal de su experiencia era el maltrato masculino, que, en el caso de las últimas, sumaba la violencia racista a la machista.

El racismo (raciclasismo), en sus muchas y a veces muy sutiles formas, ha sido un obstáculo importante para la cohesión de los feminismos latinoamericanos. El colonialismo europeo ha marcado a América Latina con profundas cicatrices: es una región católica, centralista, patriarcal, racista y discriminadora. Para las latinoamericanas es muy difícil deconstruir nuestra occidentalidad, pues hasta los movimientos más liberales y progresistas asociaron el modelo occidental con tecnología y “progreso”. Terminamos atrapadas en la ironía de que especialmente el feminismo “blanco” latinoamericano se cree “occidental”, cuando resulta “exótico” en el contexto internacional.

Sin duda muchas mujeres de las élites blancas fueron líderes en los debates sobre igualdad, en discusiones acerca de los derechos sexuales y reproductivos, y muchas han roto importantes techos de cristal. Pero también hay una desconexión con otros contextos, y así es como muchas de las súperejecutivas latinoamericanas, liberadas de su rol de género, lo logran gracias a que delegan los trabajos “femeninos” a otras mujeres: madres o empleadas domésticas.

Entre los pensamientos feministas latinoamericanos más disruptivos están los que provienen de diversas concepciones del ser mujeres en las comunidades indígenas, y que confrontan la idea occidental del individuo como único sujeto de derecho y de participación política, a la vez que plantean una relación con los hombres que se sostiene sobre supuestos metafísicos distintos a los occidentales. Son pensamientos que se enfrentan con el reto de tener que deconstruir cosmovisiones que muchas veces son machistas, pero que deben ser conservadas para afirmar una identidad política y cultural.

Estos feminismos hablan sobre la relación materialista entre tierra, cuerpo, ley e historia, y expresan posiciones claramente anticolonialistas y anticapitalistas y reivindicaciones del derecho a una educación plural, todas fundamentales para entendernos como latinoamericanas. Son feminismos que plantean sistemas de género que no caben dentro del sistema hegemónico: blanco, masculino y europeo.

Las mujeres latinoamericanas se han destacado como lideresas en los movimientos, en defensoras de la tierra y el territorio. Articular y respetar el amplio espectro de los feminismos latinoamericanos es un reto obligado para reparar los vicios poscoloniales y puede ayudar a fortalecer y coordinar a los diversos movimientos de la región.

Este fue un recuento sesgado e insuficiente: ni yo conozco toda la historia de los feminismos latinoamericanos, ni podría contarla de manera justa y completa en este artículo. De todas formas, ya que uno de los grandes problemas de muchas feministas latinoamericanas (yo incluida) es que no conocemos nuestra historia lo suficiente, espero que esta selección arbitraria sirva de rastro para empezar a buscar en Google, en las bibliotecas, en los archivos de prensa, en las memorias de nuestras abuelas. Dejo este texto abierto para que me propongan otras claves de lectura; cada categoría ayuda a completar ese rizoma-caleidoscopio que son los feminismos latinoamericanos.

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