Derechos de las mujeres: la medida de paz

Columna publicada el 8 de marzo de 2016 en El Espectador.

“La cultura de un pueblo se mide en la participación que la mujer tenga en los destinos de ese pueblo” decía, Baldomero Sanín Cano en su ensayo-discurso Evaluación social de la mujer, en 1927, cuando Colombia empezó a discutir los derechos de las mujeres. Hoy, casi un siglo más tarde, y después de tantas conquistas en materia de derechos para las colombianas, la frase tiene una vigencia decisiva: nuestra capacidad de construir una paz sostenible y duradera está directamente relacionada con las garantías de los derechos de las mujeres y su participación en los procesos de paz.

El 8 de marzo de este año, Día de la Mujer, se conmemora en la víspera de la posible firma de un acuerdo de paz entre las Farc y el gobierno, algo que daría inicio a un largamente anhelado periodo de posconflicto. Esto es decisivo para los derechos de las mujeres porque el conflicto colombiano ha estado marcado, desde sus raíces, por la discriminación de género: la violación, el embarazo, el aborto y la esterilización forzados, la trata y la prostitución forzada, y todo tipo de violencias sexuales, que se utilizaron como estrategia de guerra para el despojo y el desplazamiento. La guerra en Colombia también ha sido una guerra en contra de las mujeres, se ha luchado sobre sus cuerpos (que han sido botín de guerra y escenario del conflicto), y por eso, la perspectiva de un posconflicto es decisiva para erradicar la violencia y discriminación contra las mujeres en Colombia.

Las mujeres sobrevivientes al conflicto (tanto civiles como combatientes) son un testimonio de los efectos de la guerra, y por eso el conocimiento acumulado de las mujeres (con frecuencia adquirido a través de dolorosas experiencias) es definitivo para los proceso de reparación. Aunque la participación de las mujeres en La Habana fue tardía, el trabajo de las mujeres para la construcción de paz en Colombia tiene una tradición incluso anterior al Proceso de paz. En muchos contextos del conflicto, las mujeres se han organizado, han diseñado estrategias para reclamar sus derechos, para resolver conflictos, mecanismos alternativos para el trabajo con víctimas, también han creado formas de rescatar y conservar la memoria, de contar sus historias; los grupos de mujeres han sido pioneros en estrategias de reparación. La “paz” que se discute en La Habana, lleva años siendo construida por todas las mujeres que trabajan en sus comunidades.

Durante décadas, la violencia contra las mujeres se ha visto como una contingencia, como un daño colateral, como un gaje del oficio de la guerra. Parece que apenas hoy empezamos a comprender las dimensiones de estas violencias y el impacto que han tenido en la sociedad. Todos los actores armados son culpables de violencia de género y es necesario que asuman su responsabilidad para adelantar procesos de verdad y garantías de no repetición, inclusión y reparación a las mujeres. Pero, además, perspectiva de género en los acuerdos de paz, implica preguntas pragmáticas: ¿Cómo se garantizará el acceso a tierras? ¿Habrá créditos, capacitaciones? ¿Cómo garantizar y aumentar la participación política de las mujeres? ¿Cómo judicializar los casos de violencia sexual y superar los obstáculos para recolectar la información que se evidenciaron con Justicia y Paz? Las respuestas a estas preguntas, que deben venir también de las mujeres, son decisivas para el Proceso de paz.

Y es que, más allá de los acuerdos, una terminación real y duradera del conflicto colombiano pasa por desmontar el machismo (y el elitismo, y el racismo) que abren y ahondan las brechas de la desigualdad. El conflicto no se acabará del todo si no se combaten las violencias de género y los crímenes de odio, y el machismo y el patriarcado son poderosos potenciadores de la impunidad. El feminismo, y los procesos de las luchas sociales de las mujeres son claves para pensar y construir un país que nunca hemos tenido. Este 8 de marzo reconozcamos y apoyemos el arduo trabajo de las mujeres para pensar, reparar, y denunciar la violencia, y para hacer conciencia de sin derechos iguales para las mujeres no habrá una paz efectiva y sostenible.

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