Hillary sonríe para Joe

Columna publicada el 18 de marzo de 2016 en Univisión.

“Sonríe. Tuviste una gran noche”, dijo en Twitter el presentador republicano de la MSNBC, Joe Scarborough, a manera de reacción al apasionado discurso de victoria que dio la candidata Hillary Clinton este martes por la noche. No fue el único. Otros presentadores de noticias de la cadena Fox (¿adivinen? Hombres), también decidieron darle consejos no pedidos a la candidata en sus redes sociales: “Hillary gritando su discurso. Ya tiene a la audiencia, un tono más conversacional podría ser mejor para conectar con las personas que la ven en sus casas”, dijo Howard Kurtz. Brit Hume añadió: “Hillary está teniendo una gran noche en las primarias. Entonces grita furiosa su discurso de victoria. A sus seguidores les encanta. ¿Por qué está tan brava?”


Rápida y brillante, la comediante Samantha Bee comenzó a usar el hashtag #SmileForJoe(#SonríeParaJoe) acompañado de una foto con el ceño fruncido, y el gesto se hizo inmediatamente viral entre las mujeres.

Luego Scarborough publicó una respuesta en el Washington Post, alegando que todos los candidatos, sean hombres o mujeres, deben sonreir cuando ganan y que las críticas en redes sociales a su comportamiento fueron exageradas. Scarborough dijo que no tiene ningún motivo para disculparse, abogó por sus comentarios políticamente incorrectos, explicó que él no ve género, y todas las reacciones estereotípicas que sueltan los hombres blancos cuando los critican por comentarios sexistas.

Pero resulta que no es lo mismo pedirle una sonrisa a un hombre que a una mujer. A nosotras la sociedad nos exige una extrema docilidad y dulzura. Nos dicen constantemente que pongamos una cara alegre, y no es cosa de “pensar positivamente”; es porque, en un sistema patriarcal en donde nuestras emociones son irrelevantes, lo mejor es que nos veamos bonitas para agradar y así no confundir a nuestros permanentes espectadores, los hombres.

Cualquier comportamiento por parte de una mujer que no sea excesivamente amable, sonriente, suave, dulce, se lee inmediatamente como agresivo, histérico, loco. Mientras un hombre le dice a su asistente, sencillamente, “sácame una fotocopia”, una mujer probablemente dirá algo como “Hola Juan, ¿estás muy ocupado? Quería ver si tu tendrías el tiempo de poder sacarme una fotocopia. Es solo una. ¿Puedes? ¡De verdad que eres un sol!”. Y no es que esté mal ser amable, lo que está mal es que las mujeres solo podemos ser de una manera.

Hillary Clinton es uno de los mejores ejemplos de este tipo de sexismo. Desde los incesantes comentarios sobre su ropa (intimidante, fea, no lo suficientemente femenina), hasta su manera de hablar (no es carismática, es seca, es calculadora, fría), su historia en la vida pública es una cartografía de las exigencias sociales que enfrenta una mujer que quiere acercarse al poder.

El gran problema es que este poder, de manera simbólica y literal, está encarnado en unos cuerpos muy específicos: hombres blancos. Precisamente por eso, las personas estamos acostumbradas a asociar el poder y la autoridad con unos rasgos estéticos y performativos que son propios de los cuerpos que ostentan este poder: es decir, una manera de ejercer la autoridad es tener una apariencia que se asemeje a la de ese “hombre blanco”. Eso podría explicar la masculinización de Hillary y el blanqueamiento de Obama.

Pero la cosa no es tan sencilla. Durante toda su carrera Hillary ha estado también ante la exigencia de que se vea “más femenina” para “gustar”, pero si llega a mostrar cualquier emoción que no sea una ecuánime complacencia, la tildan de loca, rompehuevos, irracional histérica. Es permanente, es sistemático, y es una experiencia compartida por todas las mujeres. Por eso no da lo mismo decirle a un candidato hombre que sonría. Los hombres no están obligados a sonreír para gustarle a nadie.

Esto es un problema por muchas razones. Para muchas mujeres feministas jóvenes Hillary representa un gran dilema porque, claro que nos gustaría que una mujer fuese presidente, el poder simbólico de algo así sin duda le dará esperanzas y le abrirá el camino a muchas otras. Nos ayudará a reinventar ese poder, a imaginarlo en otros cuerpos, a combatir ese sexismo del que Hillary ha sido víctima.

Pero por otro lado, las políticas de Hillary refuerzan el poder del “Establecimiento” (o sea, el patriarcado) que es el que en primer lugar nos tiene jodidas (a las mujeres, pero especialmente a las negras, a las latinas). Uno quisiera que Hillary fuera más progresista, pero el mundo jamás le perdonaría a Hillary decir en voz alta las ideas bandera de Bernie Sanders, una mujer progresista no habría dado ni un brinco en esta elección, no habría pasado de ser una loquita. A estas alturas de su carrera, nunca sabremos si las políticas que más nos molestan de Hillary Clinton vienen de sus convicciones o de su persistente adaptación al sistema. Quizás ella tampoco lo sabe.

Uno puede estar en desacuerdo políticamente de Hillary Clinton y aún así admirar su resistencia. Clinton representa al “Establecimiento” (blanco) estadounidense. Es experta en navegar un sistema que de muchas maneras es perverso, y ha sido artífice (y perpetradora) de una política exterior consistente con la nefasta guerra contra el terrorismo planteada por Bush.

Su declarada pleitesía a Henry Kissinger habla de un pragmatismo que permea a toda su persona política. Sin duda, Hillary ha hecho lo que ha tenido que hacer para llegar a donde está, su carrera es un testimonio de los costos (voluntarios) que exige el camino del poder. O bueno, de las viejas formas de poder. Podemos criticar sus ideas políticas, a la vez que entendemos cómo toda su historia ha estado y sigue estando permeada por ese sexismo familiar, que nos afecta a todas las mujeres y, en este caso particular, a las mujeres ambiciosas que tienen que sonreír mientras se estrellan contra techos de cristal que obstaculizan camino hacia el poder.

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