No están solas

Columna publicada el 19 de marzo de 2016 en El Heraldo.

Esta semana la Suprema Corte de Justicia falló a favor de Constanza López, víctima de todo tipo de violencias por parte de su exesposo, Alfonso Escobar, condenado a 72 meses de prisión. El fallo es importante porque se reconoce una de las formas más perversas y silenciosas de control machista y violencia intrafamiliar, que afecta a las mujeres de todas las clases sociales por igual: la violencia económica.

Según cuenta El Espectador, Escobar es dueño de la empresa BDO Colombia, una de las firmas más reconocidas en revisorías fiscales en Colombia (entre sus clientes se cuenta la Presidencia de la República). Cuando López intentó divorciarse, el Juzgado 21 Penal Municipal de Bogotá y el Tribunal Superior fallaron en contra de Escobar por violencia intrafamiliar, pero, como tiene más de 65 años, le dieron casa por cárcel. Qué miedo y qué absurdo. Mientras tanto, la Sala de Familia del Tribunal Superior de Bogotá le negó a López el derecho a cuota de alimentos argumentando que la violencia había sido recíproca. Escobar dejó de pagar la administración del edificio, el gas, la luz, el agua, el teléfono, se llevó los cinco carros de la casa, los cuadros, las cosas del clóset y le rompió las chapas. López, una mujer supuestamente acomodada, se encontraba viviendo de la caridad. Cuando, en el juicio, la hija no quiso testificar contra su madre, Escobar amenazó con dejar de pagarle la universidad.

La historia de Constanza López es la historia de muchas mujeres en Colombia. No es que se queden con sus maltratadores “por la plata”, es que poco a poco quedan sin autonomía alguna, sin un lugar a donde ir y nadie que les crea. Escapar de un maltratador implica recursos, y muchas mujeres ni siquiera tienen acceso a tarjetas o cuentas de banco. Esto, además, va acompañado de maltrato psicológico, que causa serios problemas en la autoestima de las mujeres y acaba con sus redes de apoyo, para muchas de repente resulta muy difícil sentirse capaces de sobrevivir solas, no saben cómo enfrentar el escándalo de un divorcio ni la revictimización o los estigmas de la sociedad.

Es posible que sintamos que no podemos hacer nada por estas mujeres, no estamos capacitados para darles apoyo psicológico, y muchas veces denunciar a sus agresores puede generarles más violencia. Pero lo que sí podemos hacer es ser solidarios al escucharlas y apoyarlas. De muchas maneras son los prejuicios sociales lo que las mantiene presas; desnaturalizar la violencia de género en nuestra vida cotidiana es una manera real y efectiva de ayudar. Al condenar públicamente su violencia, ayudamos a crear un mundo en donde les será más fácil escapar. Quizás, muchas mujeres que viven en esta situación (y en la sociedad barranquillera, cartagenera y samaria hay muchas) me están leyendo en este momento. Si es así, me gustaría decirles que no es su culpa. De nada tienen que avergonzarse. El fallo de la Corte es síntoma de que sí está ocurriendo un cambio social, y, si bien no será fácil, cada vez somos más quienes las apoyamos. No están solas.

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