La molicie

Columna publicada el 26 de marzo de 2016 en El Heraldo.

Aunque conocí la obra de Enrique Grau desde que era pequeña (sus exposiciones eran comunes en Barranquilla), su trabajo apenas se mencionó de pasada cuando vimos la case de Historia de arte en Colombia, en la Javeriana, en Bogotá. Grau era, para la academia del altiplano, demasiado figurativo, demasiado “bonito”. Historiadores como Mario Rivero hablan de que Grau está  “a la búsqueda de La Belleza, como la verdad primera y última de su pintura. De la belleza sin ninguna otra intensidad”.

Y es en éste sentido precisamente, porque no se sale de este objetivo, sino que permanece anclado en él como en un puerto seguro, que lo ha mantenido a salvo de los vientos exteriores, que los acontecimientos modernos no lo han apartado de su búsqueda, sino que apenas le han creado una relación más tensa con ella”. Aunque esta percepción es acertada, se presta para la lectura de que la obra de Grau fue estática, anticuada, o desvinculada de las conversaciones del mundo del arte. Muchos atribuyeron el éxito de su pintura a su capacidad técnica, y otros dijeron que sus “pueblerinas endomingadas, desterradas a la buhardilla, que reasumen lánguidamente su papel señorial de ociosas, frecuentemente distraídas, atolondradas, que no parecen tener que hacer distinto a disfrazarse” eran superficiales.

En efecto, Grau se toma su tiempo para vestirlas, les pone sombreros, chales, cintas, uno puede sentir como estas escenas pertenecen a otra comprensión del tiempo, encapsulada, lenta, ajena de todo lo que pueda pasar alrededor. Pero su propósito está lejos de ser fatuo.

Le aprendí al genial Álvaro Barrios, en una conferencia sobre arte colombiano, que el tema de Grau, antes que “La Belleza” era “la molicie”, una palabra (que es como una iluminación) que significa “el placer de no hacer nada”. Quizás el concepto no tiene lugar en un lugar donde si no haces nada te mueres de frío, quizás es incomprensible desde el ritmito capitalista del acelerado “progreso”, pero sin duda es una palabra definitiva para entender la experiencia Caribe, costeña.

En el contexto de nuestra Región, con una profunda historia de esclavismo y explotación, las mulatas de Grau (porque ojo, no son princesas blancas) hacen de ese letargo, de ese “no tengo nada que hacer”, una forma de resistencia. Como mujer caribe, las imágenes de Grau me invitan a pensar que el descanso, la lentitud, y la pereza son también formas de tenacidad, y quizás por eso la molicie ya hace parte intuitiva e intrínseca de nuestra identidad.

Un saludo afectuoso a quienes me leen desde una hamaca en esta Semana Santa, ejerciendo activamente su caribeñidad.

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