Sigo siendo el (mir)Rey

Columna publicada el 30 de marzo de 2016 en Sin Embargo.

“Justicia para los de ruana” reza un dicho popular colombiano, quiere decir que el peso de las leyes sólo aplica a los marginales, campesinos, pobres, sin privilegios (los de ruana) mientras que a los privilegiados simplemente no les aplica la Ley. Mientras tanto en México cantan “hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la Ley” eso sí, con la falsa premisa de que eso se puede “con dinero o sin dinero” y no, en la realidad solo quienes tienen dinero, apellidos, educación y pene pueden ser “el Rey”.

Hace casi un año, Enrique Capitaine Marín, Jorge Cotaita Cabrales, Diego Cruz Alonso y Gerardo Rodríguez Acosta, abusaron sexualmente de una menor de edad. No lo digo yo, lo dicen ellos, en un video que está rotando en redes sociales, en el que le piden “disculpas” a la niña y le dicen que le eche ganas, que va a salir adelante. A pesar de que existe una confesión en video del crimen, ya va casi un año, y no ha pasado nada, no se mueve la Fiscalía de Veracruz, y todo el mundo sospecha que la parálisis tiene que ver con los apellidos de los mirreycitos; el poder de sus padres. Hoy, estos cuatro jóvenes (mayores de edad) son conocidos como los “Porkys de Costa de Oro” y se habla de una banda criminal conformada por hijos de funcionarios y gente con dinero en el estado, que lleva relevos de varias generaciones. Parece, que los mirreyes veracruzanos tienen una amplia tradición de crímenes, homicidios a golpes, violencia sexual, feminicidios (por ejemplo, se habla del asesinato de Mario Humberto Paloqueme Ruiz en una fiesta de Quince en 2001, a manos de “los Porkys” de esa generación: Cristian González González, Alejandro López Lule, Alberto Navarra Velasco y Miguel Contreras Forzán y Ricardo García Escalante, ex Diputado local y ahora Alcalde de Pánuco, hijo del actual contralor de Veracruz); tanto los excesos como la impunidad llevan al menos 15 años

La indignación no se hizo esperar. Por un lado, una vez más una mujer es víctima de violencia sexual y no pasa NADA, otra vez ella se lo buscó, otra vez la impunidad rampante, OTRA VEZ. 300 Ong y otras personas independientes hemos firmado una carta para exigir justicia para la menor, y el Fiscal del caso ha dicho que “no se va a dejar presionar” o al menos, no por la opinión pública. Como si fuera poco es OTRA VEZ Veracruz, que gracias a seguidilla de gobernadores siniestros se ha convertido en estado del hampa por excelencia.

Hasta aquí la indignación está plenamente justifica. Pero, quizás por un gustico aprendido en las telenovelas, nos encanta odiar con sevicia a esos “malvados niños ricos”. Annonymous México se unió a la protesta con un video que brilla por su falta de perspectiva de género, y asusta con su tono paramilitar “si estos delincuentes no reciben el castigo de la Ley, perseguiremos a estos criminales para que reciban el castigo del pueblo mexicano” y “su vida de lujos y despilfarro llegó a su final, las heridas que nosotros causaremos jamás serán olvidadas” y dan a las autoridades un ultimátum de 72 horas (problemático dado que el video fue publicado el 23 de marzo, es decir, ya se pasó el plazo). El mensaje de fondo es “como la justicia no funciona, entonces tomaremos justicia en nuestras propias manos” y miren que ese mensaje se repite con frecuencia en el discurso mexicano, eso dijeron las autodefensas de Michoacán, y también lo afirman los admiradores de “El Chapo”, cuyo “heroísmo” consiste en burlar al Estado. Si bien la frustración que genera una justicia inepta es más que comprensible el mensaje “justiciero” es tremendamente peligroso, es populismo alimentado por el miedo, y es una rotunda ingenuidad, porque pasa por algo que una vez más, la justicia será ejercida solamente por, y para el más fuerte. Una solución así, por bienintencionada que sea -y no lo suele ser-, termina replicando la misma desigualdad que dio origen a la impunidad de la que nos estamos quejando.

La única manera de enmendar una injusticia como ésta es cambiando la manera cómo entendemos el privilegio. Es evidente que la suma de privilegios de los mirreycitos les permite hacer lo que les dé la gana en perfecta impunidad. No es cosa de estos cuatro, son muchos, y hacen lo que hacen porque pueden. No tienen miedo. En ellos se intersectan todos los privilegios. Mientras no enfrentemos y entendamos esta desigualdad, desde la sociedad, este tipo de cosas seguirán pasando. Es mentira que seamos iguales ante la Ley, porque la Ley no se ejerce en el vacío, la ejercen personas que tienen prejuicios, y sostener esa mentira oculta que la policía perfila sus arrestos por raza y estilo como si fueran laFashion Police, o que el simple hecho de ser mujer sea, en este país y en muchos otros, un motivo de riesgo.

Por otro lado, la víctima es víctima, en parte, porque nuestra sociedad ha construido desigualdades, alentamos la idea de que las mujeres son cuerpos a disposición de los hombres, a los niños ricos de todo el país (desde Costa de Oro hasta el colegio Cumbres) les enseñan que el poder se ejerce objetizando a las mujeres, y que no hay mayor diferencia entre una vagina y un enchufe y menos cuando hay desigualdad de clase social. Mientras tanto, dudamos de la palabra de las mujeres sistemáticamente y las revictimizamos, creando un contexto en el que el único resultado posible es la impunidad.

Si bien los privilegios son irrenunciables (un hombre cisgénero no podrá renunciar a su cuerpo y modos de hombre cisgénero, o una persona educada no puede simplemente prescindir de su educación), el valor que le damos a estos privilegios sí puede cambiar, con un cambio social: por ejemplo, podemos creerle a las mujeres (darle valor a su palabra, especialmente cuando denuncian), podemos combatir nuestros propios prejuicios sobre etnia y clase social. El poder simbólico de los ricos, o de los hombres, o de los blancos viene de nosotros, y se materializa gracias a las autoridades que comparten los mismos prejuicios. Divulgar los datos personales de los victimarios de la hora para que los ataque una horda furiosa no resuelve el problema estructural. Para que la justicia sea justa se necesita un cambio cultural.

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