Poner el cuerpo

Columna publicada el 4 de mayo de 2016 en El Espectador.

Cuando estaba en campaña para su reelección, una de las banderas de Santos fue la promesa de acabar con el servicio militar obligatorio.  “¿Usted prestaría sus hijos para la guerra?”, le preguntaba emotivamente el presidente-candidato a la audiencia, y el ad hominem le salió brillante, porque Zuluaga, digo, Uribe, su contrincante guerrerista, había salvado a sus hijos del Ejército, mientras que los delfines Santos sí prestaron el servicio militar.

El tiempo ha pasado y hoy el presidente nos presenta algo que parece ser un triunfo: que la libreta militar ya no será requisito para acceder a un trabajo. Parece un triunfo porque muchos jóvenes, los que no querían prestar servicio y/o no podían pagar la libreta, se quedaban sin trabajo por no poder y/o no querer pagar ese impuesto de la guerra. Ahora los jóvenes podrán trabajar sin la libreta, pero tendrán que pagarla en 18 cuotas, es decir, el impuesto de la guerra se mantiene, pero con un “cómodo” sistema de crédito. Mientras tanto, la representante Angélica Lozano alerta sobre un nuevo proyecto del Gobierno que busca que ahora la libreta sea condición para sacar la licencia de conducción y el pasaporte. Y a pesar de que digan que los millenials prefieren la bicicleta, una restricción así atenta contra la movilidad de los jóvenes dentro del país y en el mundo, y por supuesto, afectará más a los que no pueden comprar su salida de entre la espada y la pared.

Los encargados de luchar en esa misión, como de Sísifo, que tiene el Ejército colombiano, son cuerpos muy específicos: son en su mayoría hombres de una clase popular o trabajadora, y muchos, para evitarnos los eufemismos, son pobres. Su destino irremediable es ser reclutados por cualquier bando de la guerra. Tenía razón el presidente-candidato cuando nos echaba en cara que no eran los cuerpos de los jóvenes ricos los que van a la guerra (salvo algunas excepciones voluntarias). Hoy nos entusiasma con esta noticia, como para decirnos que el proceso de paz avanza, pero la buena nueva no se respalda con los cambios estructurales necesarios para acabar con la guerra. Ilusionarnos de esa manera para ganar popularidad es una tremenda crueldad.

El servicio obligatorio para hombres es una medida discriminatoria de género (un saludo a quienes me dicen que “a los hombres también”), pues reafirma la idea de que los cuerpos de los hombres están para la guerra, y la violencia, y que los de las mujeres deben quedarse en casa para no poner en peligro su “servicio reproductivo”. No quiere decir esto que ahora el servicio militar deba ser obligatorio también para las mujeres, ni más faltaba, suficiente violencia viven las jóvenes colombianas sin siquiera salir de sus casas como para que las obliguen a ejecutar una guerra a la que han estado apenas sobreviviendo. Mejor que no sea obligatorio para nadie y que quienes, por voluntad y convicción, en ejercicio de su libertad como ciudadanos, quieran poner el cuerpo para la guerra, lo puedan hacer.

Cualquier legislación que obligue a un servicio militar perpetúa esa idea de que la solución para la “libertad y orden” está en un ejército robusto que mantenga el control. Es difícil el balance que propone nuestro escudo. Históricamente hemos privilegiado el orden antes que la libertad. El proceso de paz debe llamarnos a repensar estas prioridades, y ¡quizá convenga inclinar la balanza hacia la libertad! Lo que es indiscutible es que en el posconflicto, el Ejército tiene que cambiar. Ya sabemos cómo poner el cuerpo para la guerra, ahora toca inventarse cómo poner el cuerpo para la paz.

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