Ellos pueden estudiar en paz. ¿Por qué nosotras no?

Columna publicada el 5 de mayo de 2016 en Univisión.

Siempre que se habla de los altísimo índices de acoso en los campus universitario se refiere también que las mujeres no deberían tomar licor o dormir fuera de casa; pero ¿por qué terminamos nosotras siempre siendo las responsables del acoso?

Cuando estaba en primer semestre de universidad un profesor me invitó a su casa… no recuerdo ni a qué, ¿a recoger unas fotocopias? ¿a prestarme un libro? Yo sentía que su interés por darme información era una forma de validar mi talento como estudiante. Fui a su casa. Debo admitir que con cierta incomodidad. Pero en realidad no tenía razón para sospechar nada malo.

Cuando fui a su casa me contó que tenía novia, pero “que no había problema”. Sin embargo me pidió guardar silencio cuando ella lo llamó por teléfono. Muy casualmente logró meter en la conversación comentarios sobre lo bonitas que eran mis tetas y me preguntó “si era virgen”.

Yo me sentí incómoda. Dije que mi amiga me esperaba para una cena en su casa y me fui, sin entender en realidad por qué había querido irme tan rápido. Yo tenía 16 años. Tuve la suerte de hacerle caso a mis instintos. Seguí viendo mi clase como si nada y decidí nunca volver a ver fuera de aulas a este profesor.

Los altísimos índices de acoso conocidos no son una exclusividad de Latinoamérica, el acceso de las mujeres a la educación superior en Estados Unidos está plagado de casos de acoso sexual, que, entre otras cosas, bajan el rendimiento de las mujeres y hace que desistan de una carrera en la academia, o incluso en su profesión.

Además, está normalizado que los profesores salgan con sus alumnas, con ese viejo cuento de que el poder y la autoridad hacen que un hombre sea “irresistible”. No quiere decir que muchas chicas no se deslumbren y quieran salir con sus profesores (o incluso los busquen activamente) pero no hay manera de que una relación entre una alumna y un profesor que le da clases, que puede influir sobre sus calificaciones, se dé en condiciones de igualdad.

No importa la delicadeza o las buenas intenciones de las partes, no podemos darle libre consentimiento a una persona que tiene poder sobre nosotros.

En mi último semestre de universidad sucedió algo parecido. Elegí a mi director de tesis porque me pareció un tipo amable, hasta “una especie de figura paterna”. En sus clases le ponía atención a mi trabajo, me hacía críticas, alababa “mi talento”, “mi carácter”. Yo sentía que me reafirmaba, en el mar de inseguridades que uno tiene a los 21 años.

Un mes antes de la entrega final me dijo que nos fuéramos de fiesta. Yo en ese entonces no salía mucho y tenía un novio aburridísimo que detestaba bailar. Como mi profesor tenía una novia (que antes fue su alumna) yo pensé que la salida era en grupo, pero fui sola porque mi novio no quiso acompañarme.

Cuando llegué a la casa del profesor, el sitio de reunión, solo estaba él, “aún” en bata, escuchando el “CD” del grupo Orishas y tomando shots de ron. Otra vez me sentí mal. Pero, ¿por qué? Llevaba un año trabajando con este profesor, lo conocía bien, le tenía confianza, era normal irse de fiesta con los profesores. ¡Qué exagerada! El tipo se vistió y nos fuimos a un bar de salsa en donde me dijo que “ya conocía a la Catalina del día, la responsable”, y que “quería conocer a la Catalina de la noche”.

Como no había tal dicotomía y yo, era aburrida de día y de noche, le dije que me había doblado un pié y me fui a mi casa donde me esperaba mi novio dormido. El profesor no volvió a contestarme el teléfono ni el correo electrónico hasta el día de la sustentación.

Estos casos que les cuento son casos en los que “no pasó nada”. Nada. Les juro que ninguno de estos profesores me tocó un pelo. Pero quizás, si me hubiese quedado más tiempo, sin me hubiese sentido un poco más presionada, o impresionada por su autoridad, alguno de los dos se habría salido de ese campo gris de ambigüedad en el lenguaje y me habrían arruinado mi experiencia universitaria como le pasó a otras.

Como a Martha que no recordaba casi nada al día siguiente, se levantó en la sala del departamento de su compañero de clase y solo se enteró de la violación cuando una amiga le contó que la había visto “teniendo relaciones sexuales”. O Ximena Galicia, estudiante de Ciencias Políticas acosada por su tutor cuando cumplía su servicio como becaria en la Universidad Iberoamericana plantel San Fe, en febrero de 2014.

¿Con qué ganas sigue uno estudiando junto a su violador, y sabiendo que otros compañeros lo encubren? En la audiencia universitaria, a Martha le preguntaron si solía dormir fuera de su casa, si era promiscua, si tomaba alcohol en fiestas. Después de 15 meses de litigios y revictimización por parte de sus compañeros y las mismas instancias universitarias (que le dijeron en un momento que la agresión no era su responsabilidad pues la violación no había ocurrido en el campus) Martha y su abogada lograron que se dictara acto formal de prisión al denunciado.

Hace unas semanas, una estudiante universitaria le preguntó al candidato republicano John Kasich que haría él como presidente para que ella se sintiera segura en el campus, refiriéndose a los altos índices de violación y acoso sexual.

El candidato dijo que que las universidades debían mejoraran sus sistemas de denuncia, y luego, “hablándole desde su corazón”, “cómo un padre” que también tiene hijas (gemelas que pronto entrarán a la universidad) le recomendó que no tomara mucho trago, que no fuera a demasiadas fiestas.

Un diario de Ohio, The Columbus Dispatch, comentó en su editorial que, muy mal el acoso sexual, pero que el candidato tenía razón en recomendar no tomar, pues el alcohol “nubla los sentidos, le quita autonomía al juicio, no permite que las víctimas reconozcan alertas de peligro” y “da licencia a la líbido”.

Y no, ingerir alcohol no es una “licencia previa” para nada, y si una mujer está tan borracha que no puede dar consentimiento para tener relaciones sexuales pues eso es una violación.

Cuando se habla de este tipo de violencia en contextos educativos todos corren a decir que es que se necesitan más reglas, más protocolos, pero las mujeres siguen siguiendo vulnerables ante los predadores de su entorno académico (compañeros de clases y profesores) porque se insiste en que es normal que los profesores salgan con sus alumnas “porque todos son adultos”.

Sí, son adultos, y como adultos pueden esperar los casi cinco meses, o menos, que dura un semestre, para tener algo sin que una relación de poder pese sobre sus cabezas. En ese “realmente no te dijo nada” o “era una broma”, o en el “técnicamente no te acosó” se enredan muchísimas formas de violencia hasta hacerse irreconocibles.

Lo peor de todo es que al final las mujeres son las responsables del acoso, por ir a fiestas, por permitirse hablar a solas con un profesor, y estas no son cosas malas, sino que hacen parte de cualquier experiencia universitaria. Los hombres estudiantes pueden ver a sus profesores fuera de clase, ir a fiestas y emborracharse, sin tener que preocuparse por una posible violación y sin tener que mandarle mensajes cada media hora a alguna amiga.

Ellos pueden estudiar en paz. ¿Por qué nosotras no?

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