Papaya Republic

Columna publicada el 18 de mayo de 2016 en El Espectador.

Es muy fácil lavarse las manos con pedir la renuncia a la abogada que redactó la infame respuesta de la Secretaría de Gobierno a la familia de Rosa Elvira Cely. También es sencillo odiar al bestiario político nacional, lleno de delfines con cola de cerdo como Uribe Turbay.

Más difícil es echarlo del puesto, eso sí, porque en Colombia los apellidos pesan, y los chivos expiatorios están precisamente para no manchar a nuestros rancios abolengos o para dejar intactos a los (hombres) del poder. Sí, toda la cadena de personas detrás del concepto de la Secretaría de Gobierno, desde la abogada encargada hasta el alcalde Peñalosa, tercer jinete de la Apocalipsis bogotana, debería renunciar, si no por falta de visión política, al menos por mínima compasión y decencia. Todos: el cretino indolente que recibió la llamada de Cely, moribunda hace cuatro años, los fiscales que dejaron libre a Velasco después de que abusara de sus propias hijas y cometiera un feminicidio previo, los policías que la pasearon por la ciudad convencidos que la vida de una mujer pobre no puede salvarse en un hospital que atiende a los ricos. Y muchos más. Pero lo verdaderamente terrible es que, incluso si todos renunciaran, eso no resolvería el problema. Nuestro Estado feminicida es como una Hidra de Lerna: cortas una cabeza y salen dos más. Acabar con la violencia contra las mujeres (que invade la calle, la casa, las instituciones educativas y todas las instancias de atención, reparación y justicia) exige un profundo cambio cultural, que debe comenzar con la renuncia masiva de todos los involucrados, pero que tiene ir mucho más allá.

Todos y todas, sentimos dolor e indignación por cada paso de la historia de Rosa Elvira Cely. Pero también es fácil rechazar unánimemente un feminicidio con tortura que ocurre en el Parque Nacional (en el centro del centro del país). Sin embargo, según cifras de Medicina Legal, casos así suceden constantemente en todos los rincones de Colombia. Cada 13 minutos una mujer es agredida, y ya sabemos, que toda cifra de violencia contra las mujeres, por escandalosa que sea, es siempre un subregistro. Cuando hablamos del victimario de Cely, nos llenamos la boca diciendo que es un psicópata, pero por cada agresión hay un agresor, esto es, cómo mínimo, 110 agresores diarios. Quienes ejercen la violencia contra las mujeres no son extraños ni locos, son personas que viven entre nosotros. Y peor: somos nosotros también.

El feminicidio es el extremo más escandaloso de la violencia de género, pero no ocurre de la nada ni en el vacío: se construye poco a poco, gracias a una sociedad que envalentona y disculpa a los agresores, que rechaza el asesinato, pero tolera el acoso, el insulto, y normaliza cada una de las violencias que vivimos a diario las mujeres, llamándolas pequeñas, pasables, “mejor dejemos así”. Parece que hay una gran distancia entre el hombre que nos grita cuando vamos por la calle y un malvado feminicida como Javier Velasco o “el Monstruo de Monserrate”, pero todos parten de un pensamiento base: que los cuerpos de las mujeres están ahí, en el mundo, para su disposición. Decimos “todas somos Rosa Elvira Cely”, pero no somos capaces de decir que también “todos somos Javier Velasco”. El feminicidio necesita de la complicidad colectiva, pero lo que nos gusta decir es que “no somos todos”, como si nuestra complaciente pasividad nos eximiera de la culpa. Nadie quiere decir en voz alta que ha ejercido alguna forma de violencia o que, como mínimo, la ha visto suceder cómodamente frente a sus narices.

Y esto se resume en lo que bien puede ser una de las más perversas y características expresiones colombianas: “dar papaya”, o “a papaya puesta, papaya partida”. Y no es solo que el dicho sea de entrada revicimizador cuando afirma que son las víctimas las que dan oportunidad para los ataques y que nadie dejará pasar la oportunidad de cometer una “viveza” (que suele ser otra palabra para agresión). Es también que esas papayas de las que hablamos todos los días son metáforas de úteros, y que partidas semejan jugosas vaginas. Es que nuestra expresión favorita, y colombianísima, concentra la justificación y naturalización de la violencia sexual. Sí, es claro que el Estado colombiano es responsable tanto de la muerte de Rosa Elvira Cely, como de su revictimización más reciente e indignante. Pero el Estado no es algo que existe en el vacío, su poder lo ejercen personas llenas de prejuicios y los abusos los permitimos la ciudadanía, que, de papaya en papaya, hemos sembrado un campo fértil para la violencia y revictimización.

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