Opinión: Woody Allen es un genio. Pero ¿es moralmente aceptable?

Columna publicada el 19 de mayo de 2016 en Univisión.

“No tengo nada bueno que decir de Woody Allen. Creo que abusó sexualmente de una niña, y eso no está bien”. Dijo Susan Sarandon hace unos días en una entrevista en el Festival de Cannes. Sarandon tiene toda la razón.

Hace unas semanas, Ronan Farrow, periodista hijo de Woody Allen y Mia Farrow, publicó en The Hollywood Reporter un ensayo desgarrador en el que habla de las denuncias por abuso sexual que hizo su hermana, Dylan Farrow, contra su padre, el director estrella, el favorito de todos los cinéfilos del mundo que quieren sonar inteligentes.

Y sí, por un lado es cierto que las películas de Woody Allen son buenas, divertidas, aclamadas por la crítica y algunas, como Annie Hall, son inolvidables y emblemáticas. Su éxito como director de cine, tantos años como protagonista de sus propias películas, “haciendo de él mísmo”: un neurótico, inseguro pero adorable, que de alguna manera logra conquistar el corazón de una mujer hermosa e “inalcanzable” hacen que Allen sea también parte de nuestra historia: es un referente cultural innegable. Pero, también es un machista y un abusador de menores.

Ya sé que nunca ha sido condenado y por eso, durante años, nos hemos referido a esta historia como algo supuesto, y con mucho cuidado, los periodistas, tan celosos de los datos, han preferido no hablar. Ronan Farrow nos explica crudamente por qué: durante años, el equipo de relaciones públicas de Allen se ha encargado de que no se hagan estas preguntas. Hacerlas podía costarle la carrera a un periodista, alienarlo, y pocos medios estarían dispuestos a tomar el riesgo de que les cerraran las puertas y el acceso a otras entrevistas.

Cuando Dylan Farrow quiso contar su historia, en el contexto del escándalo por los abusos de Bill Cosby, casi ningún diario quiso publicarla. Solo se atrevió el New York Times, y luego le ofreció el doble de espacio a su agresor. Ronan Farrow admite que hasta él mismo le dijo a su hermana que dejara eso quieto, aún a pesar de que él le creía, y precisamente, por eso, arrepentido, escribió un artículo criticando a la prensa, apoyando a su hermana, y contando la dolorosa historia de su familia.

Aun así, Woody Allen, que acaba de estrenar película en el festival de Cannes, se dio el lujo de ni siquiera tocar el tema. A lo mucho dijo que eso pertenecía al pasado y que ya estaba superado. A Cannes asisitió acompañado de Soon-Yi Previn, otrora hija adoptiva de Mia Farrow, que terminó teniendo una relación incestuosa con su padrastro y que hoy llevan 20 años de casados.

En una entrevista de Allen, publicada también en el Hollywood Reporter, el director, que ya tiene 80 años, cuenta que él “ha ayudado mucho a su esposa”: la llevó a viajar por el mundo y le pagó una carrera universitaria (como si eso fuera especialmente extraordinario). También se adjudica el crédito de haberla “rescatado” de estar comiendo en basureros en Korea a los seis años (aunque fuera Mia Farrow quien la adoptó), y resaltó que ella es una “gran compañera” (nada más). Ante la pregunta de si su esposa lo había hecho cambiar a él contestó que “no”. El impacto ha sido de una sola vía. Para hacer la entrevista aún más grimosa, Allen cuenta que ahora va a trabajar con Miley Cyrus, a quién le echó el ojo cuando protagonizaba su programa en Disney Channel, Hannah Montana.

Woody Allen no es el primer hombre, artista, referente cultural, que ha abusado o violentado de alguna manera a las mujeres. La lista de genios adorados acusados de alguna conducta sexual no ética y misógina es infinita: Roman Polansky, Kennedy, Hemingway, entre muchos. Sus aportes culturales son innegables, pero también es claro que su fama les ha ayudado a salir invictos, a que las denuncias se callen y todos hemos ayudado a crear un perfil unidimensional de sus vidas, en el que solo son héroes, pero nunca villanos.

Criticar a nuestros referentes culturales es difícil porque sus creaciones se convierten en parte de nuestra propia identidad. Por supuesto que sería más fácil que nuestros ídolos fueran moralmente buenos, así podríamos adorarlos sin sentimiento de culpa. Pero no es así.

¿Podemos admirar el trabajo de Woody Allen al tiempo que admitimos que es culpable de acoso sexual infantil? Sí. Sus películas, en tanto producto cultural, ya tienen vida propia y podemos juzgarlas desde la estética; son obra. Podemos y debemos separar al hombre de la obra, pues la obra se trata de mucho más que de él. Por otro lado, a Allen, como persona, podemos rechazarlo por su comportamiento: podemos juzgar al hombre desde la ética. Y, en el caso del aclamado director, se hace especialmente urgente, porque su fama y el aprecio que la gente le tiene a sus películas, le han dado un pase para salir invicto y no tuvo ni tiene que lidiar con el peso de la ley.

Hoy, la obra fílmica de Woody Allen, puede ser apreciada como algo perturbador. Sus historias de amor hablan de un hombre tímido, nervioso y aparentemente inofensivo, que se enamora de una musa, que es loca, impredecible, “histérica” e irracional. Hace años esto se leía como una reivindicación del anti-héroe, del “underdog”. Sin embargo, al ver sus películas hoy uno encuentra una violencia velada que ejercen los hombres de sus películas, que mienten, abandonan, muchas veces por “la belleza” o “el encanto” de una mujer.

Ellas en cambio no parecen tan multidimensionales, son objetos de deseo, contadas siempre desde el punto de vista de la mirada masculina, estereotipadas como si fueran una fuerza de la naturaleza que los hombres, los racionales, nunca alcanzan a comprender. Como las obras de arte se resignifican con el tiempo, hoy es imposible negar su machismo, como es imposible negar el machismo en el trabajo de Hemingway, de Bukowski, de Freud. En un mundo que por fin empieza a escuchar a las mujeres, en un siglo en el que por fin empezamos a creerles sus historias de violencia, las películas de Allen están para recordarnos que hasta los hombres más enclenques y de apariencia inocua pueden agredir a las mujeres, suavecito, sutilmente, y haciéndonos creer, cruelmente, que somos nosotras quienes tenemos el poder.

De esa violencia, la misma que él ha ejercido en su vida personal, nos ha estado hablando Woody Allen a lo largo de toda su obra. Quizás solo hasta ahora lo podemos ver.

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