Palabreros y proceso de paz

Columna publicada el 21 de mayo de 2016 en El Heraldo.

En la cultura wayuu, los palabreros o putchipui son considerados “el vehículo de la palabra”, encargados de mediar y conciliar conflictos en las comunidades. Eugenio Odilón Montiel Epiayu tiene 64 años y fue palabrero durante 30 años. Odilón es su nombre occidental, su nombre verdadero es Aramaira, que quiere decir “bien nacido y bien venido” y pertenece al clan Uriana. Como siempre tuvo facilidad para la palabra, a los 17 años ayudó a su familia en una negociación y así comenzó su experticia como gestor de la ley oral wayuu. Explica que un palabrero debe ser, ante todo, una persona con “solvencia moral”, es decir, que debe ser una persona ética y recta, que dé ejemplo, pues su lugar como autoridad ética dentro de los wayuu es algo que se construye a diario con su buen comportamiento. Cuando una familia necesita un palabrero para mediar en un conflicto, le paga el valor del viaje y una parte del arreglo entre familias, que puede incluir chivos, ovejos, collares y chirrinchi para tomar.

Para Odilón Montiel, la principal diferencia entre la ley wayuu y la de los arijuna (es decir, el derecho colombiano) es que “los abogados tienen dos verdades: la verdad verdadera y la verdad procesal. La verdad procesal con cien mentiras que se convierten en una verdad, y en la ley wayuu no hay mentiras”, pues cuando el palabrero le pregunta a alguien de la comunidad si ha hecho algo malo, la persona agacha la cabeza y admite sus errores “porque tienen respeto, es una verdad ancestral”. Su sobrina, Maisuneth Tranquilina Iguarán Montiel (descendiente de Tranquiliana Iguarán, ancestra de Gabriel García Márquez) coincide con su tío. Maisuneth es abogada con una especialización en conciliación. Las mujeres en la cultura wayuu no pueden ser palabreras, pues su papel es el de “garantes de la verdad wayuu”. Ser abogada conciliadora es lo más cercano a una palabrera, pero sigue siendo diferente, para ella prevalece la ley de la cultura wayuu y ve como una ventaja que los acuerdos que se hacen en su cultura se respetan y resuelven los problemas de raíz, ya que no se basan en el castigo o la prohibición sino en la compensación de los daños. Esto permite que la parte agredida se sienta reparada, pero Maisuneth también anota que el arreglo se hace entre el palabrero y los mayores, muchas veces sin tomar en cuenta los deseos de la víctima. Quizás para algunos delitos es mejor la ley colombiana, pero la ley wayuu es más pragmática y rápida que la Fiscalía (aunque sería difícil ser aún más lento que la justicia colombiana) y está enfocada en la conversación, la negociación y la reparación.

El proceso de paz colombiano se ha basado en el sistema de justicia de los arijuna y ha dejado por fuera el conocimiento y la sabiduría de los wayuu, que nos llevan una gran ventaja en materia de resolución de conflictos. ¿Por qué no tenemos un palabrero en las negociaciones de La Habana? Porque nuestro país aún no se asume como plurinacional y pluricultural, y eso que las naciones indígenas colombianas suelen ser las primeras afectadas por nuestro larguísimo conflicto. Sin duda, los aportes de otros países en nuestro proceso de paz han sido decisivos, pero es absurdo que nuestro primer instinto sea mirar hacia afuera, cuando tenemos tanta riqueza experiencial adentro.

*Esta columna se basa en la reportería del taller Historias del agua: nuevas formas de narrar la escasez, organizado por la FNPI y Chicas Poderosas y el apoyo de Oxfam y CAF.

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