¿Elsa, la princesa de Frozen, saldrá del clóset?

Columna publicada el 26 de mayo de 2016 en Univisión.

“Libre soy, libre soy, no puedo ocultarlo más. Libre soy, libre soy, libertad sin vuelta atrás” canta Elsa, la protagonista una de las más recientes y exitosas películas de Disney: Frozen.

Elsa es una princesa que ha sido negada por su familia y obligada a ocultar un rasgo de su personalidad. Al ser aceptada por su hermana, Ana, decide volver a su reino y dejar que el mundo sepa que tiene una especie de poder para congelar.

Para la segunda edición de Frozen, los y las fans están pidiendo que Elsa tenga a una mujer como interés amoroso, después de todo su historia ya parece una alegoría sobre lo que enfrentan muchas personas homosexuales al contarle a sus familias y al mundo sobre su orientación sexual.

No se trata solo de Elsa, la fanaticada del Capitán América también clama a gritos un interés romántico homosexual para el epítome del “héroe americano”. Parece una revolución sexual planteada desde el pop, ¡los más queridos personajes de ficción están saliendo del closet!

Y no solo eso. El año pasado, en su serie de Netflix, la heroína de Marvel Jessica Jones ayudó a una víctima de su villano a practicarse un aborto, y la más reciente serie de la Mujer Araña gira en torno a su embarazo: Jessica Drew, pone en su lugar a Iron Man cuando este le pregunta quién es el padre, y se pregunta si existe la “licencia de maternidad” para los Vengadores. Y la mejor de todas: la impecable Gillian Anderson acaba de proponer su nombre para ser la nueva Jane Bond, y creo que después de imaginarla gloriosamente en el personaje, a muchos y a muchas nos costará mucho aceptar que eligan a otra persona para representarlo.

Quizás la primera intuición es pensar que desde la representación de nuestras ficciones estamos generando un cambio cultural. Y sí, un poco, pero no del todo. Seguro que muchos conservadores sociales están escandalizados con la idea de que Elsa tenga una novia, y le dirán a quien quiera escucharlos que eso es “mal ejemplo” y que una relación homosexual para una princesa de Disney es pura corrupción de menores.

Este argumento tiene dos problemas: primero, carga con el prejuicio de que ser gay está mal, es “dar mal ejemplo” o “algo de ocultar” (quizás como los mismos padres de Elsa). Pero pensar así es un prejuicio de odio que con frecuencia se materializa en alguna forma de discriminación. Las preferencias sexuales o románticas no son buenas ni malas, reprimirlas, en cambio, es una violación de derechos.

El segundo problema es que el argumento represor está basado en una exigencia educativa y moral al arte y el entretenimiento, como si fueran las películas de Disney las encargadas de enseñar valores a las nuevas generaciones, y no los padres o el colegio. Si bien nuestros personajes de ficción sirven para posicionar ideas o valores, las personas no repiten ciegamente lo que ven en televisión, de hecho, sucede al contrario.

Nuestras producciones culturales nacen de una conversación entre los creadores y su público. Cuando una obra, cualquiera, se hace popular, es porque existe un público interesado en verla o consumirla. Cuando hablamos de “genios adelantados a su tiempo” como Van Gogh, en realidad lo que estamos diciendo es que no tenían público todavía (y por eso sus obras no se vendieron en vida).

Hoy además existen dos nuevos actores en esta interacción: las compañías que se dedican a producir y vender los productos culturales, interesadas en la ganancia económica, es decir, en que la obra se venda y tenga un público (antes que en la inspiración del artista o creador); y el mismo público, que gracias a los medios digitales puede entablar conversaciones directas con productores y creadores, hacer un diagnóstico inmediato de la recepción de la obra y hasta exigir cambios según sus preferencias, como está sucediendo con Elsa. La gente quiere ver lo que le dan, pero también le dan a ver lo que quiere.

Un público que pide que una princesa de Disney tenga una pareja homosexual nos habla de una sociedad que ha cambiado, y que quiere ver reflejada su realidad en las ficciones que consume. Una Elsa homosexual no impulsará que haya más homosexuales, pero una sociedad que finalmente empieza a aceptar la homosexualidad de las personas como parte de su cotidiano sí va a exigir una princesa que los represente y los refleje.

Las producciones culturales, antes que causa, son síntoma de nuestros procesos sociales, y por eso todos estos cambios en nuestra cultura pop dan fe de un muy positivo cambio en nosotros.

Entonces, la pregunta que queda es si Disney estará a la altura de los tiempos y le hará caso a su audiencia. La respuesta, quizás es irrelevante. Después de una canción como esa, y para la mayoría de nosotros, Elsa ya salió del clóset.

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