Los carniceros

Columna publicada en El Espectador el 2 de junio de 2016.

La periodista Lorena Beltrán se hizo una cirugía estética de reducción de busto en julio de 2014. Una semana después de la mamoplastia se encontró con un pezón necroso que solo pudo recuperarse, a medias, gracias a una terapia de cámara hiperbárica.

La cicatriz quedó horrible y su médico, el barranquillero Francisco Sales Puccini, le dijo que era que ella cicatrizaba muy mal. Pero Beltrán tenía otras cicatrices, tatuajes, con los que no había tenido problemas. Las heridas no cerraban y se abrieron varios puntos de la sutura. Sales le había dicho a Beltrán que jamás se tratara en urgencias, así que ella no vio otro médico hasta mucho después. Cuando lo hizo, se enteró de por qué sus heridas no cerraban: Sales Puccini le había recetado un medicamento dermatológico (Isotritoneina) que, además de impedir la cicatrización, puede causar serias depresiones. Beltrán tuvo que enfrentarse a ambos efectos, y además perdió sensibilidad en los senos y es probable que tenga una afección glandular para lactar.

En una situación parecida se encuentran Esperanza Duarte (que tuvo que amputarse ambos senos por una infección) y el terrible caso de Marianelly Ibáñez, que murió tras una liposucción. Todas pacientes de Francisco Sales Puccini. Ah, y también la hija de la diseñadora María del Pilar Agámez (con una fallida operación gástrica), operada por Carlos Sales Puccini, el hermano.

En Colombia hay dos organizaciones de cirujanos plásticos: la Sociedad Colombiana de Cirujanos Plásticos, un grupo élite de profesionales, que se especializan de manera rigurosa con mínimo cuatro años de estudios. Luego está la Asociación Colombiana de Cirujanos Plásticos (Sales Puccini es miembro fundador), que parece tener criterios de admisión más laxos. Por ejemplo, acepta la especialidad en cirugía plástica que hizo Sales Puccini en la Universidad Veiga de Almeida en Río de Janeiro, cuyos cursos duran si acaso un mes. Sin embargo, los dudosos títulos otorgados por estas universidades resultan convalidados en Colombia porque el Ministerio de Educación parte de la “buena fe”. Gracias a la candidez del Ministerio, estos médicos están debidamente certificados en Colombia, y es legal que practiquen carnicerías quirúrgicas. En el Congreso ronda un proyecto de ley para regular la práctica de estos procedimientos, pero parece que se mueve de manera aletargada. Regular las prácticas de la cirugía plástica no les conviene a muchos, porque es un negocio millonario, y aún así, hasta ahora, la discusión no toma en cuenta a los pacientes, que ponen tanto el cuerpo como la plata.

El problema de la falta de regulación para la cirugía plástica en Colombia es de larga data, pero las víctimas han sido también víctimas de nuestra indolencia. “Ya saben a qué se atienen, eso les pasa por vanidosas”, pontificamos. Se puede ser bello a través del sacrificio, no es “moralmente malo” hacer Crossfit , pero ponerse tetas está en el punto más bajo de nuestro ranking moral, porque “eso es para las putas”, “para las esposas de narcos”, “para las que quieren ser el juguete de un hombre”. No vemos que son precisamente esos juicios los que construyen una cultura que pone a las mujeres entre la espada y la pared: nos repite una y otra vez que las mujeres solo valemos por las tetas (literalmente en algunos contextos), pero nos recrimina si somos vanidosas. Nuestros juicios son un insulto al derecho al libre desarrollo de la personalidad y la autonomía corporal. Todos, de una manera, hacemos intervenciones diarias en nuestro cuerpo para parecernos cada día más a lo que queremos ser. En realidad, tanto usar frenillos como ponerse (o quitarse) tetas son intervenciones corporales moralmente neutras, sin embargo, el prejuicio social contra las mamoplastias ha invisibilizado durante años estos abusos. Nadie responde por el daño físico, moral y emocional que viven estas mujeres por la destrucción de sus cuerpos. Y los cuerpos son el primer vehículo de nuestra identidad.

#CirugíaSeguraYa

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