Arroyo peligroso

Columna publicada el 4 de junio en El Heraldo.

Esta semana se entregaron las obras de canalización del peligrosísimo y muy tradicional arroyo de la 84.

Todos los barranquilleros sabemos que a los arroyos no se los subestima: lo que parece una corriente segura puede cambiar en cualquier momento, y por eso, la ciudad se paraliza cuando llueve y los niños y niñas aprendemos a rezar pidiendo que llueva para no tener que ir al colegio. El culmen de nuestra adaptación cultural es nuestra particular señal de tránsito: un carro hundiéndose en una corriente y bajo la lluvia, y las palabras “Arroyo peligroso”.

Los arroyos son parte del mito fundacional de la ciudad. Cuenta la leyenda que se hicieron muchos intentos –fallidos– por controlar los arroyos o para construir un sistema de aguas lluvias que funcionara. Pero, Barranquilla, precisamente por ser “la arenosa” se resistió a estos intentos emancipadores y los conductos se llenaron de arena. Y con la leyenda vino la resignación: así es la ciudad, los arroyos son algo que pasa, un fenómeno de la naturaleza que cada tanto tiempo nos recuerda el exabrupto de haber crecido de espaldas al río, un poderoso recordatorio visual de que vivimos en un realismo mágico, en donde todo puede pasar, incluso que las calles se conviertan en ríos como si alguien, en algún rincón de la ciudad, hubiese abierto un tablero de Jumanji.

Así, durante años dijimos que no nos quedaba más remedio que ajustarnos a ese mensaje apocalíptico del río, el Magdalena que nos grita, con cierta frecuencia, que algún día nos va a tragar.

El sistema hidrológico del Distrito de Barranquilla forma parte de la cuenca baja del río Magdalena. Los arroyos se forman en época de lluvia porque no hay un alcantarillado pluvial formal. La ciudad se encuentra sobre unas laderas con dos vertientes, una hacia el oriente que desemboca en el río Magdalena, y otra hacia el occidente que lleva el agua a dos arroyos largos y peligrosos: el Salao y El Platanal, que, a su vez, llegan a la ciénaga de Mallorquín. Se calcula que los arroyos de Barranquilla desde 1931 han matado más de 90 personas.

Según anuncia la revista Semana, el problema de los arroyos no había sido prioridad de anteriores gobernantes, hasta que llegó Elsa Noguera con un proyecto de canalización de 750.000 millones de pesos que se terminaría bajo la segunda administración de Char. Sin duda, y como ya lo ha dicho La Silla Caribe, estas megainversiones en infraestructura de la era Char (que incluye la administración de Noguera) muestran alianzas políticas y económicas, que han podido despertar más voluntad política que todos los muertos que han dejado los arroyos.

Decirle adiós al arroyo de la 84 nos obliga a dejar un discurso que durante años sirvió (y aún sirve) para excusar la negligencia de nuestros gobernantes: que Barranquilla es una urbe tropical, salvaje e indomable, en donde cualquier cosa puede salir mal.

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