Una culebra llamada Colfuturo

Columna publicada el 8 de junio de 2016 en El Espectador.

Desde que el dólar subió desaforadamente, los “becarios” de Colfuturo están del cuello y ni la Fundación ni el Estado parecen querer apersonarse del problema.

Un importante porcentaje de los profesionales colombianos con posgrado en el exterior (1.511 en 2015) tiene préstamo con Colfuturo, que canaliza gran parte de los recursos del Estado para educación y, en vez de becas, como otros países, les ofrece préstamos condonables. Aunque el modelo dio resultados en el pasado, colapsó con la subida del dólar y la deuda con Colfuturo se convirtió en la cruz que hoy cargan los profesionales de clase media colombianos.

Como la deuda con Colfuturo se cobra en dólares, las cuotas aumentaron hasta en un 30 %. Por ejemplo: profesional con posgrado, que en Bogotá, si le pagan bien, gana $3 millones, tiene cuotas de US$700 mensuales. Eso es casi más de la mitad de su sueldo. “Desde que volví al país no he tenido menos de dos trabajos”, dice la filósofa Adriana Roque, una de las afectadas. Los deudores de Colfuturo se han estado quejando, pero como el contrato con Colfuturo es civil, la situación legal se complica, pues no aplica la herramienta de “imprevisibilidad” (un mecanismo legal que permite revisar un contrato si en algún punto se torna en detrimento radical de una de las dos partes), que sí funciona con contratos comerciales. Como Colfuturo es una fundación, no hay nadie que lo supervise, si fuera un banco —por el alza en las cuotas, atada a la subida del dólar—, se le podría acusar de usura. Y, aunque no tiene los controles de los bancos, a la hora de cobrar sí tiene los beneficios. Lo dice el mismo Jerónimo Castro, director de la entidad, en una entrevista al periódico El Tiempo: “tienen que pagar. Si usted no tiene con qué hacerlo, los codeudores deben asumir. Se trata de una deuda; en ese sentido, Colfuturo funciona como un banco”. Colfuturo es privada, pero maneja dineros públicos, funciona como una financiera, pero nadie la vigila, dice que da becas, pero en realidad da créditos y su ambigüedad la blinda de cualquier acción de los estudiantes.

En la misma entrevista, Castro dice que los beneficiarios, o mejor dicho, damnificados, son unos millennials irresponsables que no leen: “Es una generación que es más visual y en ocasiones le da pereza sentarse a leer un reglamento y toman decisiones basadas en una información más liviana. Me he dado cuenta de que no hay conciencia frente a la complejidad”. En una entrevista para la revista Semana, los llama “analfabetas financieros”. Sin embargo, Castro está hablando de muchos de los profesionales más brillantes del país y los trata como si estuvieran en condiciones de predecir el futuro, ¿acaso él sí vio venir la subida del dólar? ¿Acaso Colfuturo tomó alguna medida para blindarse contra el alza? En los préstamos de Colfuturo, la parte más vulnerable, es decir los estudiantes, asumió todo el riesgo de la tasa cambiaria, y como resultado, gran parte de los profesionales de clase media en Colombia se están quemando. “Si uno quiere estudiar en el exterior a día de hoy y le cuesta el doble, debería pensar si le vale la pena irse”, dijo Castro en Semana. Así es como el director de la fundación que les ofrece un futuro a los profesionales colombianos los motiva para seguir estudiando. Colfuturo ofrece un futuro empeñado y bajo el silencio —o complacencia— del Estado.

En vez de ser miserables multicontratistas, mal pagados y cansados, estos profesionales podrían estar trabajando por el país, en fortalecer el proceso de paz, en construir la industria, en aprovechar nuestros recursos sin que “toque” contratar una multinacional. Podrían ayudar a que Colombia exportara conocimiento: el capital humano da más réditos a largo plazo que las materias primas. Los cortos de vista aquí no son los estudiantes. Ni Colfuturo ni el Estado ven el importante capital cultural, intelectual, y económico que estos profesionales representan para Colombia. Tendrían que ser los líderes del país, y en cambio, están deprimidos y desangrados por una quiebra económica.

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