Las perras

Columna publicada en I-D Vice el 10 de junio de 2016.

Agitar la pelvis es una experiencia inesperadamente empoderadora.

Inesperada, porque durante mucho tiempo nos han dicho que perrear es violento y degradante para las mujeres, que ser “una perra” es malo, y que el mote debe evitarse como una señal de amor propio.

El origen de este prejuicio va más o menos así: las mujeres somos sexualizadas desde que somos niñas, por medio de esta sexualización, no pedida, terminamos siendo tratados como objetos sexuales. Objetos, no sujetos, porque nadie nos pregunta si nos pueden sexualizar. Esto es lo que se llama el “male gaze” y durante años, como los hombres dominaban la producción y creación de referentes culturales, el lugar de las mujeres suele ser el de interés romántico o sexual, objeto de deseo o token de poder. Este tipo de representación es común en toda la producción cultural occidental, desde el Reggaeton hasta el Rock and Roll, no se salva nadie.

En algún momento (y probablemente gracias al cristianismo) se nos olvidó que la sexualización no siempre es sometimiento. En nuestra cultura latina muchas veces “hacerse respetar” equivale a desexualizarse, ser profesional muchas veces equivale a ser recatada, y para que los hombres no te objeticen debes hacerles creer que no eres un ser sexual. En todas partes nos repiten que las mujeres no podemos ser sexuales sin que esto nos convierta en objeto. Bajo esta lógica, perrear al son de letras tipo “vamos a portarnos como animales” muchas veces se lee como una “degradación de la dignidad” de las mujeres. Se cree que el único motivo para mover el culo o mostrar la piel es la atención de los hombres (el male gaze es tan fuerte que nos parece el único objetivo para todo lo que hacemos las mujeres) y esa que perrea, la perra, tiene el descaro de llevar en el pecho la insignia de un insulto: ¡perra!, un insulto particular porque condensa todo la esencia de nuestro cristianísimo, slut shamming. En esta maraña de juicios se nos obliga a rechazar el sexo. Cualquier referente al sexo es una invitación.

Y no. Podemos hablar de nuestra sexualidad sin que esto sea una señal de consentimiento. Y muchas veces, hay hasta más respeto al consentimiento en el perreo que en el sexo. Cuando una mujer agita la pelvis en una pista de baile hay unos límites muy claros para el acercamiento, todos los referentes al sexo son primero mímesis, las parejas mueven su cuerpo, coordinadas como si estuvieran cogiendo, pero es un símil, no están, de hecho, cogiendo. Empezando porque coger es, visualmente, muchísimo menos glamouroso. La mujer que perrea con libertad, decide cuándo, cuánto, cómo y con quién perrea. En esas condiciones, mover el culo es siempre una experiencia empoderadora, de la misma manera que el sexo consentido es también empoderador. 

En un contexto cultural en el que las mujeres solo podemos hablar de sexo de manera solapada (diciendo “hacer el amor” y otras cursilerías) el perreo es uno de esos paréntesis en donde mujeres de todas las clases, colores y pudores se dan permiso de ser seres sexuales. Perrear en libertad, es una experiencia empoderadora porque nos obliga a hacer evidente un culo que nos piden que ocultemos, porque el descaro es una forma de resistencia a una sociedad de valores puritanos, y una afirmación de que existimos completos, de que no hay división entre mente y cuerpo; animal y persona.

A mí me encanta perrear, sola, con otros cuerpos, perrear hasta sudar la camiseta, porque en ese “devenir perra”  hay una afirmación de libertad y autonomía. ¡Qué más oda al consentimiento que repetir “dale, papi, dale”!

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