Opinión: el violador de Stanford y por qué pensamos que un jovencito rubio no puede hacer cosas monstruosas

Columna publicada el 10 de junio de 2016 en Univisión.

El cuento de Caperucita Roja es una de las primeras historias que la mayoría de nosotros escuchamos sobre violación.

“No, Catalina, pero si es la historia de un lobo que se come a una niña inocente con engaños” (!). ¿Ven? Pero, para quienes crean que estoy hilando fino, resulta que la historia de Caperucita, cuyo original fue escrito por Charles Perrault, muestra en sus ilustraciones a Caperucita metida en la cama con el lobo, y, la intención explícita del cuento era advertir a las señoritas que no hablaran con lobos extraños, porque se las pueden comer. Luego llegaron los hermanos Grimm, adictos a los finales felices, y le añadieron un leñador a la historia para que la salvara.

Es importante que este sea uno de nuestros primeros relatos sobre violación porque miren que la advertencia es para ella, para Caperucita, quién no debería vestirse de manera tan llamativa, ni hablar con extraños. Nadie le advierte al lobo que no ande engañando muchachitas.

Pensemos en Brock Turner. Hasta que llegó a los medios la carta descarnada de la víctima, la historia era la de un exitoso estudiante de Stanford al que “20 minutos de acción” (como llamó el padre de Brock a la violación) le arruinaron su vida. Las versiones de la prensa hablaron en un comienzo de él, un muchacho con un futuro prometedor y con quien había que tener piedad.

La carta de la víctima ha sido tan importante porque nos permitió escuchar otra historia. La historia de una mujer que tenía una vida, una familia unos gustos. La víctima se emborrachó y no recordaba nada. Por eso se enteró de los detalles de su ataque por la prensa. Pero esta no es una historia sobre lo terrible del trago o de la promiscuidad, es una historia sobre lo poco que importa el consentimiento de una mujer, al punto que se toma por consentimiento la pérdida de conciencia.

“Por cierto, él es realmente bueno en natación. Agrega ahí mi tiempo de carrera si eso es lo que estamos haciendo. Soy buena cocinando, pónganlo ahí, creo que al final es donde pones la lista de tus extra curriculares para anular todas las cosas repugnantes que sucedieron.” dice la víctima en su carta abierta a Turner. Mientras tanto, el padre lo defiende: “La libertad condicional es la mejor respuesta para la situación de Brock, pues le permitirá dar algo de vuelta a la sociedad en una forma positiva”.

El padre de Turner hasta sugiere que su hijo eduque a otros estudiantes sobre “los peligros de consumir alcohol y de la promiscuidad sexual”. Es la misma lógica de “Caperucita, no hables con extraños”, pues, para el padre de Turner el problema es consumir alcohol (caminar sola por el bosque) o la “promiscuidad sexual” (hablar con extraños) y no que su hijo abusara de una mujer inconsciente en un basurero. Eso, al padre, ni siquiera le parece “violencia”.

Desde niñas, a las mujeres nos enseñan que tenemos que estar siempre alerta, si bajamos la guardia y tomamos de más podemos acabar en un basurero. Esto es algo que nos vienen diciendo desde que somos niñas. A los hombres, en cambio, les enseñan a emborracharnos. Los bares hacen Ladies’ Night para que las mujeres tomen gratis, se emborrachen más, y sean presa fácil para tener sexo. Solo que eso no es tener sexo, es cometer una violación. En las historias que nos contamos, las mujeres son culpables. No es solo Caperucita Roja, son los mensajes que recibimos por todas partes, reforzados por todas las personas que conocemos. Una historia que culpabiliza a la víctima deja libre al agresor. Y por eso es inmensa la impunidad en el crimen de violación.

Este caso consiguió una condena gracias al testimonio de los dos estudiantes suecos se acercaron a Turner en medio de la violación y rescataron a la chica. Dos hombres blancos que dieron su testimonio, y a ellos les creyeron. Incluso en un caso en el que en juicio el agresor resulta culpable, el testimonio de los suecos vale más que la de la víctima porque ellos son hombres blancos y ella es mujer. Nuestras narrativas sobre los cuerpos determinan el valor de la palabra.

Y también el tamaño de la sentencia. Corey Batey, jugador de fútbol en Vanderbilt, violó a una mujer inconsciente y recibió una sentencia mínima de 15 años en prisión. ¿Por qué Turner recibe solo 6 meses? ¿Qué privilegio tiene un violador sobre el otro? Es fácil de imaginar: Turner es un muchacho rubio, y Batey es negro. Este es el ejemplo que presenta Shaun King en el New York Daily News.

Para nosotros es más fácil imaginarnos al “lobo” como un negro gigante y desconocido que como un jovencito rubio de los suburbios. Es mucho más fácil creer que “el negro es un violador” y por eso su sentencia es apenas adecuada. Y nos seguirá costando creer que este joven de su casa, rubio y recién bañadito es un violador porque los medios solo nos muestran las fotos de su anuario, fotos de niño bueno, en vez del mug shot, como suelen hacer con otros criminales (Elahe Izady y Abby Ohlheiser en elWashington Post). Todos los privilegios de Turner, su género, su blancura, su jóven-promesa-de-Stanford lo blindan contra el castigo.

En nuestros imaginarios, las víctimas son desobedientes y provocadoras y los violadores son unos tipos raros, enfermos, asociales, monstruos. Esta es la historia de Caperucita Roja y es una historia de control. Control por género, raza y clase social. Porque la culpa es de Caperucita y porque el lobo es ese monstruo asocial.

La historia no nos dice que las personas que imaginamos como normales también hacen cosas monstruosas. Es más fácil condenar a un violador cuando se parece a lo que imaginamos, y los monstruos son como los lobos: pobres, desconocidos, feos, mal vestidos, y con el cuerpo lleno de tatuajes y pústulas. Nunca el hijo del vecino. Nadie dice que el villano se puede parecer a El Leñador.

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