¿Por qué las latinas tenemos una relación tan contradictoria con la cirugía plástica?

Columna publicada el 24 de junio en Univisión.

Aunque muchos declaren en público que lo que les gusta es “la belleza natural”, en toda América Latina el ideal de belleza termina siendo una exageración de todo lo que entendemos como femenino: labios carnosos, profusos senos, cintura de guitarra, amplias caderas y frondoso culo.

Como este look de Jessica Rabbit no es “natural” las personas recurren a la cirugía plástica para alcanzarlo. Las mujeres en contextos machistas somos casi que una posesión, un token de poder, necesario para afirmar la hiper masculinidad de algún hombre. Por eso, era frecuente que en Colombia los narcos “invirtieron en mejoras” de sus mujeres como si fueran carros para Pimp my Ride.

Así es como los implantes de busto, las inyecciones para aumentar el culo, las liposucciones y el botox se convirtieron en un negocio millonario. Además, no era solo cosa de narcos, este modelo de belleza tan específico permeó a todas las clases sociales, a la legalidad y a la ilegalidad, a mayores y a menores de edad y a toda América Latina.

Así, los y las latinoamericanas resultamos teniendo una relación contradictoria con la cirugía estética. Por un lado, hemos introyectado este modelo de belleza, por otro lado, como somos culturalmente cristianas, somos rápidas para juzgar y rechazar a las mujeres que deciden sexualizarse. Así, la mayoría de las mujeres en el mundo crecemos entre estos mensajes contradictorios: tenemos que ser, al tiempo “la Virgen” y “la puta”. Cada mujer elige cómo navegar esta disyuntiva, con la estrategia que mejor le va para una situación que, de suyo, es adversa, y en la que de entrada no podemos ganar.

Por eso es muy injusto juzgar a una mujer por hacerse o querer hacerse un procedimiento estético. Es más, todos y todas estamos haciendo intervenciones constantes en nuestros cuerpos, usamos frenillos, nos teñimos el pelo, hacemos dieta o nos ponemos tatuajes. Algunas de estas intervenciones están bien vistas. Nadie te diría que “solo quieres la atención de los hombres” por hacerte ortodoncia, y nadie juzga a las mujeres que tuvieron cáncer y se hicieron una mamoplastia. Quizás muchas de las cirugías estéticas responden a una “necesidad creada” pero no se nos puede olvidar que esa necesidad está creada por nosotros.

Dentro del derecho al libre desarrollo de la personalidad se incluye la libertad morfológica. Cada persona tiene derecho a modificar su cuerpo para parecerse a la persona que sueña ser. Como dice la famosa frase de la cinta ‘Todo sobre mi madre’, “Una es más auténtica, mientras más se parece a lo que soñó de sí misma”.

Cualquier persona adulta tiene derecho a hacerse las intervenciones que quiera sin que otros la juzguen.Tanto la cirugía plástica cosmética como la reconstructiva tienen que ver con el derecho al libre desarrollo de la personalidad y con la necesidad que tiene cada persona de sentirse identificada con su cuerpo. Muchos ven la cirugía plástica cosmética como algo banal, pero en realidad tiene la posibilidad de “restablecer el yo” y de influir directamente sobre nuestro sentido de identidad.

Ahora, otra cosa son las menores de edad. Como sociedad hemos acordado un límite de edad bajo el cual les damos a los y las ciudadanas mayor protección, por parte de sus padres y del Estado, un tiempo (la niñez y la adolescencia) en donde intentamos que los y las jóvenes adquieran las herramientas para tomar decisiones autónomas que determinen sus vidas.

Justamente, apelando a esto, el congreso colombiano acaba de aprobar un proyecto de ley que prohíbe las cirugías plásticas en los y las menores de 18. Quizás pueda parecer extraño que una ley así sea necesaria, pero Colombia es reconocida internacionalmente por ser un “paraíso de la cirugía plástica” en donde se realizan 420.955 intervenciones anuales y en el 30-40% de los casos las pacientes son adolescentes menores de 18 años.

La ley no prohíbe todas las cirugías plásticas, aún se permiten las cirugías reconstructivas, y las de afirmación de sexo, que son decisivas para el bienestar psicológico y físico de los niños y niñas trans. En cambio, se prohíben en menores implantes de senos y glúteos, implantes malares, lifting, liposucciones, vaginoplastia (porque sí, hay adolescentes que se hacen cirugías de rejuvenecimiento vaginal) y botox.

La ley llega con un segundo beneficio, pues en Colombia se acaba de desatar un debate sobre cirugías inseguras. Varios médicos hicieron unas especializaciones de 15 días en universidades en Brasil, Perú y Argentina, y el Ministerio de Educación convalidó los títulos presumiendo buena fe. Estos cirujanos plásticos express empezaron a realizar operaciones que, si bien legales, terminaron de manera trágica, desde desfiguración hasta la muerte de sus pacientes. Es otra buena razón para dejar la decisión sobre intervenciones como estas hasta la mayoría de edad.

Pero no basta con una ley que prohíba las prácticas. Que una ley así sea necesaria nos habla de una sociedad que impone estándares estéticos difíciles de cumplir, machistas, y potencialmente riesgosos para la salud en las personas desde muy temprana edad. Una forma de hacer un mundo más seguro es dejar de juzgar a las personas por sus cuerpos y aceptar que cada persona sea como quiere y puede ser.

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