La familia múltiple

Columna publicada el 29 de junio de 2016 en El Espectador.

“Empleadas que sostengan romance con su jefe tendrán derecho a herencia” titula Kien y Ke junto a la foto de una mujer rubia arrodillada limpiando el piso y viendo fijamente a un hombre sin rostro que se anuda la corbata. “En Colombia ser moza sí paga” titula el portal Hsbc Noticias y Semana ilustra con una foto de stock en la que un hombre abraza a una mujer con rulos (obvio, la esposa) mientras piensa en su joven y bella amante. Varios medios de comunicación se están dando un festín con el reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia que establece que una empleada doméstica que vivía en concubinato con su empleador podrá también ser su heredera. Aunque la historia se está enmarcando como un culebrón tipo Dos mujeres un camino, el fallo es revolucionario porque abre la puerta a que se reconozca legalmente una realidad innegable: que las familias son complejas y variadas, que el modelo binario y heterosexual no basta para reconocer las relaciones familiares que entablamos. Detrás del juicio moral está la pregunta sobre qué es lo que constituye una familia: el apego a un paradigma abstracto o el trabajo y los afectos de todos los días.

El fallo se dio gracias a la denuncia de Adriana Díaz, quien trabajaba en la finca Los Arrayanes para la familia de Julián Mantilla y su esposa Eddy Durán. Díaz hacía labores domésticas y de recolección de café, pero a partir de 1995 comenzó una relación sentimental con Mantilla, que duró 12 años y dejó un hijo que lleva el hombre de su padre. Desde el 2007 comenzó una lucha por el reconocimiento de su relación y patrimonio, y aunque los primeros juzgados le dieron la razón a la “esposa oficial”, para el magistrado Luis Armando Tolosa esta relación en la que Díaz y Mantilla trabajaban por un bien común y “con el propósito de repartirse utilidades y pérdidas” puede entenderse como una sociedad de hecho, así que Díaz y su hijo tienen derecho a parte de la herencia.

A diferencia de lo que insinúan algunos medios de comunicación, el fallo no se trata de que cualquier relación extramatrimonial tenga derecho al patrimonio. Se trata de que si unas personas en una relación trabajan juntas por el bien común (y, por ejemplo, lavar, planchar, y hacer quehaceres domésticos y labores de cuidado son oficios cruciales para el bienestar de una familia), esta sociedad debe ser reconocida. “Las relaciones de familia como (…) el concubinato no nacen solo para satisfacer necesidades de tipo personal sino también repercuten en los campos social y patrimonial. Este último, resultante del trabajo, ayuda y socorro mutuos, adquiere capital importancia puesto que se erige en el medio para facilitar la supervivencia y cumplir las obligaciones de la convivencia en los ámbitos personal y social”.

En este caso específico, no hay razón para pensar que la sociedad con la esposa Eddy Durán es más importante que los 12 años de su vida que Díaz les dedicó a Mantilla y a la finca Los Arrayanes. Además, el fallo reconoce a las labores domésticas y afectivas como un trabajo, como parte importante de la construcción del patrimonio familiar y equivalente a cualquier otro “trabajo” entendido en la manera tradicional. Bajo ese modelo heteropatriarcal, un hombre podría tener dos mujeres (esposa y moza) y explotar el trabajo doméstico y afectivo de ambas, pero solo reconociendo el de una. El fallo pone fin a la invisibilización del trabajo que suele estar asignado a las mujeres en la familia y a partir del reconocimiento de este trabajo niega la jerarquía —usualmente clasista— entre “la oficial” y “la querida”. De hecho, en vez de promoverla, le impone costos a la infidelidad. El patrimonio, entonces, debe ser para quien lo construye, para quien lo trabaja, y no sólo para quien tiene los derechos adquiridos a través de la firma de un contrato matrimonial.

Muchas familias colombianas se niegan a declararse a sí mismas como múltiples, porque durante años hemos vivido bajo un paradigma que es más fácil ver en un Pesebre que en la realidad. Pero, independientemente de lo nominal, está el esfuerzo y la persistencia que se invierten en construir y mantener una relación. Las familias no son construcciones abstractas, son un conjunto de vínculos afectivos, acciones, decisiones, hechos, mucho más ambiguas, diversas y complicadas de lo que nos sugiere el papel. Es apenas justo que demos paso a que los prejuicios de clase, religión u orientación sexual impidan hacer justicia y reconocer esta realidad.

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