En Ciudad de México, todo está muy Caro

Columna publicada en I-D Vice, el 6 de julio de 2016.

Parece un error. La valla espectacular -que parece- de Chiclets Adams sobre un edificio azul en la esquina de Sonora y Nuevo León, calles de alto tráfico, al menos para los estándares de la Romacondesa. Parece un error porque aunque es la copia exacta de una cajita de los ochenterísimos Chiclets Adams, dice, con la misma fuente, “achiote”. ¡Y quién puede querer una cosa semejante! La valla sugiere un sabor que no es agradable y un producto contradictorio que en vez de refrescar el aliento teñiría la boca de rojo. Y más raro todavía: dice achiote con ch y no con x. Sin vergüenza alguna, en el vortex del México hipster, donde, por chovinismo y amor al kitsch, todo lo que se pueda se escribe con x.

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La valla es obra de uno de los más representativos artistas del arte conceptual Colombiano, Antonio Caro. La obra llega a Ciudad de México como parte de Sonora 128, un proyecto 24/7 de la galería Kurimanzutto. Caro, como él mismo lo cuenta, se “graduó” como artista con una obra gráfica en la que escribió la palabra “Colombia”, sobre un fondo rojo, con la tipografía de Coca-Cola. Antes, Caro había hecho una caja de Marlboro que decía Colombia y una señora le dijo “ya que hizo el Marlboro, ¿por qué no hace la Coca-Cola? Y la hizo, siempre confiado en la sabiduría fortuita de la vida cotidiana y el ciudadano de a pie. La obra pasó al Salón Nacional de Artistas en 1976 y sigue siendo una de las piezas emblemáticas del arte colombiano. Aún hoy nos habla de nuestra relación con Estados Unidos y sobre las contradicciones de nuestra identidad como colombianos. Tiene eso que se repite una y otra vez en la obra de Caro: una sencillez contundente, un uso minimalista de los símbolos con una exagerada carta semántica. Es la misma que se observa en piezas por venir como “En 1978 TODO ESTÁ muy CARO”, “Minería” (escrita con los colores de la bandera de Colombia), y también con los colores de la bandera “doSIs personal”, “luchemos porque el aborto sea una reconocido como un derecho fundamental para que en colombia no mueran tantas DESGRACIADAS”, “luchemos porque el aborto sea una reconocido como un derecho fundamental para que en colombia no mueran tantas MALPARIDOS” y en la misma serie “derechos HOMOGÉNEOS ¡igualdad jurídica en Colombia”. Todas estas obras recurren al humor y a la tipografía para hacer crítica política. Son pop, guerrilla visual, y una crítica frentera a los valores hegemónicos de las clases dominantes y a las poses y la mercantilización del arte.  

Caro, además, es un personajazo. Recuerdo que una vez, cuando yo estaba estudiando artes en Bogotá, mi mamá me llamó a contarme que había visto en Barranquilla una exposición con unos papelitos que decían “Maíz” y que la había estado comentando con un viejo flaco y zarrapastroso que le estuvo hablando de la importancia de las semillas. Nunca sospecho que hablaba con “el Maestro Antonio Caro”. No es la única que tiene una anécdota así. No es la primera que no se espera que Caro sea un artista. Una vez lo detuvo la policía en Asunción, Paraguay, sospechando que era un guerrillero. Caro les dijo que era artista, pero no le creyeron porque no llevaba pinceles. Se salvó gracias a que el agregado cultural de colombia en Paraguay confirmó su profesión. Irónicamente el artista y crítico Luis Camnitzer acababa de titular un artículo titulado “Antonio Caro, el guerrillero visual”. Cualquiera se encuentra a Caro en Bogotá caminando por el barrio la Macarena, sencillo, accesible, con su look característico que también es una forma de minimalismo y crítica a la mercantilización. Eso sí, el estilo no tiene nada de natural, como dijo al periódico El Tiempo en 2014, “Yo mismo me corto el pelo y llevo años tratando de perfeccionar mi corte, durante muchos años más he tratado de institucionalizar mi uniforme: camiseta, botas y mochilas. No es tan fácil implantar el desaliño como estilo de vida.”

“Achiote”, una obra de 2001, es fruto de las reflexiones de Caro sobre lo latinoamericano. La anécdota es que en 1990 un colombiano que vivía en méxico le llevó un papel de amate y cuando Caro quiso usarlo sintió que no podía usar tintas sintéticas. Recordó que de niño le decían “los indios se pintaban con achiote” (en Colombia la opción de la palabra con x simplemente no existe) y empezó a experimentar con esa tinta. La obra dió una vuelta de 180 grados al convertirse en un valla publicitaria, con la imagen y los materiales menos orgánicos del mundo. Achiote tiene otras conexiones con México, pues resulta que el chicle es invento maya, y comenzó siendo el masticable de la savia del chicozapote, en náhuatl “tzictli” y luego, chicle. Cuenta la leyenda que durante el exilio del ex presidente Antonio López de Santa Anna en Nueva York, conoció a un fotógrafo de apellido Adams y le contó de esta resina que los indígenas habían mascado por años. La idea original, usarlo para hacer una especie de caucho para neumáticos, resultó un fracaso y después de un año de pruebas Adams se dio por vencido, aunque había chicle de sobra. Para no desperdiciarlo, su hijo lo ofreció a algunos boticarios a lo largo de la costa este de los Estados Unidos para su venta con el cuento de que servía para la higiene dental. El chiclé llega a Colombia y a Latinoamérica empaquetado como un invento gringo, ahora son chicle-ts, con el blanquísimo apellido Adams. Una de las cosas bonitas de “Achiote” es que genera lecturas en ambos países, México y Colombia, que tienen en común tanto el achiote-axiote como la popularidad de la marca de chicles. Y claro, ambos países son una suerte de patio trasero, para Estados Unidos, que tiene la costumbre de de tomar nuestra cultura y masticarla hasta sacarle todo el juego, para devolvérsela una vez regurgitada.

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