Odié el racismo de la temporada cuatro de Orange Is The New Black

Columna publicada el 8 de julio de 2016 en Univisión.

Este año la audiencia de la serie Orange is the new black (OITNB) se enteró de que prácticamente todos los y las guionistas de la serie, salvo por un par, son blancos. Fue una noticia dura, se sintió como cuando uno se entera de que ni “Santa Claus”, ni “el Niño Dios”, ni “los Reyes Magos” existen.

Lo que pasa es que en un mar de televisión hecha por gente blanca, para gente blanca, OITNB era una bocanada de aire fresco: la serie aprovechaba el privilegio de quien alguna vez fue su protagonista, Piper, para contarle a la audiencia las historias de mujeres diversas, y además abrió un gran rango de papeles para muchas actrices talentosísimas, negras y latinas, que rara vez reciben un papel que no sea secundario.

Así es como durante las primeras tres temporadas se construyeron personajes entrañables: como Suzanne (o Crazy Eyes) una mujer negra con una condición mental indefinida; Daya y Aleida madre e hija latinas encarceladas juntas; Sophia una mujer negra y trans que termina en la cárcel tras hacer fraude con su tarjeta de crédito al intentar pagar por sus cirugías de afirmación de sexo y unos tennis para su hijo (interpretada por Laverne Cox, una actriz que, de hecho, es una mujer trans); y Taystee y Poussey, una de las amistades más entrañables de la televisión.

No era solo que los personajes de OITNB abrieran espacios de participación para las actrices negras y latinas, también abrían espacios de identificación para la audiencia que rara vez ve la diversidad racial de Estados Unidos representada en la pantalla. Incluso fue un acierto que Piper resultara ser el personaje más egoísta, egocéntrico y detestable de toda la prisión, al punto que, siendo la reclusa más blanca, pasa rápidamente de heroína a villana.

Entonces, ¿cuál es el problema con que casi todos los y las escritoras sean blancos, si durante tres temporadas este mismo equipo logró construir una de las series con mayor diversidad racial en la televisión contemporánea? La respuesta se hace patente en la cuarta temporada.

Desde un comienzo fue claro que el tema de esta temporada era la raza. Llegan nuevas reclusas y la prisión está sobre poblada. De repente el grupo más populoso es el de las latinas, que empiezan a dominar la sala de televisión.

Piper se ha quedado sin su negocio de venta de calzones usados por reclusas a pervertidos fuera de la cárcel y las latinas intentan reemplazarla. Para dañarles el negocio, Piper aprovecha que por ser blanquita y rubia resulta confiable y poco amenazante para los guardias y le dice a uno de los nuevos, uno especialmente violento, Piscatella, que se están armando pandillas en la prisión. Y por supuesto, esas pandillas están conformadas por las mujeres “de color”.

Entonces todos los guardias empiezan a hacer requisas, que son más bien ataques sexuales, a todas las latinas. Alrededor de Piper empieza a formarse un grupo de supremacistas blancas, que gritan “las vidas de las blancas importan también” (haciendo referencia a #BlackLivesMatter, #LasVidasNegrasImportan).

Cuando esto sucede Piper se evade de la responsabilidad, asume la formación del grupo supremacista como un giro inesperado y se desentiende. Pobre Piper, no se dió cuenta de lo que estaba haciendo. Finalmente, y gracias a Piper, Ruiz, la líder de las latinas, termina recibiendo un aumento de sentencia. En venganza, las latinas le hacen a Piper una quemadura en forma de esvástica.

Sin embargo, la serie se pone del lado de Piper, a quien muestran deprimida, triste, herida, sin ganas de vivir. ¿Pobre Piper? Finalmente sus amigas, blancas por supuesto, la ayudan, convirtiendo la cicatriz de la esvástica en una ventana, la consuelan y le reafirman que “no es una mala persona” aunque ¡sí que lo es!

Hay otra línea narrativa que es la más cruda de todas: el homicidio de Poussey Washington. Para mí fue como uno de esos momentos sádicos de Game Of Thrones. Sin duda el propósito de este homicidio es hacer eco de los debates contemporáneos generados por los abusos policiales y el movimiento#BlackLivesMatter. Pero se le va la mano, y de repente cruza esa delgada línea entre denunciar de manera realista cómo opera el racismo y deleitarse con su violencia hasta perpetuarlo.

Quizás lo que sucede es que un equipo de guionistas casi enteramente blanco no está en capacidad de entender realmente lo que significa ser negro o latino o minoritario en Estados Unidos.

En OITNB el recurso del flashback se ha usado antes para humanizar a los personajes. No es que sean malvadas criminales, es que muchas de las mujeres que están ahí, fueron víctimas de un sistema que se las llevó entre las patas.

Pero en esta temporada tesos flashbacks se usan para excusar comportamientos racistas. Por ejemplo, se hace un gran énfasis en que Baxer, el guardia que mata a Poussey lo hace “por error” y en el flashback lo muestran como un inocente muchacho que solo se mete en problemas por seguirle la cuerda a sus amigos.

La historia nunca se detiene a señalar que su privilegio es tal, que aún habiendo entrado ilegalmente a propiedad privada, consigue trabajo de guardia en la prisión, ni en que la actitud de todos los guardias y de Caputo parece indicar que el homicidio de uno de los personajes más queridos de la serie, quedará impune.

Una cosa es contextualizar las razones por las que las reclusas terminaron en Litchfield (eso le da dimensión a los personajes) y otra usar la información de contexto para excusar el racismo, la misoginia, la violencia y el homicidio, por demás inexcusables. Esto es grave porque OITNB pretende ser una de las series más progresistas de la televisión contemporánea.

Los flashbacks también presentan a Poussey como “la negra buena”, esa que no se metía en líos, y le gustaba leer; esa que pudo haber ido a West Point para como su padre, escapar, y que además tenía una de esas bellezas negras a la Halley Berry, que las audiencias blancas aceptan sin problema. Eso es un poco indulgente con nosotros, la audiencia, pues nos resulta fácil llorar a Poussey, para hacerlo no tenemos que confrontar nuestros prejuicios.

Sin duda, el mundo real es tan violento o injusto como la serie (y quizás más) pero el tono de desesperanza constante en esta temporada termina siendo más indulgente que crítico.

En ciertos momentos como cuando el guardia Humphrey obliga a Maritza a comerse un ratón vivo encañonándola con una pistola, la violencia parece totalmente gratuita, es más, esa escena en específico, que no aporta nada a la ya reiterada sordidez de la temporada, es tan redundante que cae en la pornomiseria.

Como, en últimas, no hay un examen juicioso del problema de la raza, ni se adjudican responsabilidades a los racistas, la temporada termina explotando el dolor de sus personajes negros y latinos (algo que resuena trágicamente con la vida real) para la el entretenimiento de una audiencia que sólo podrá entretenerse desde la ignorancia y la indolencia.

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