Padecemos una fabricada y moral epidemia de gordura

Columna publicada el 15 de julio en Univisión.

Soy una mujer flaca. Siempre he sido flaca sin hacer mayor esfuerzo, sin hacer dietas ni ejercicio, a veces hasta me “adelgazo de más”. Sé que es “ de más” porque todo el mundo alrededor tiene fiscalizado mi cuerpo, y a veces alguien suelta un comentario -”bienintencionado”- sobre mi cuerpo. Pero ser flaca no es una virtud, no dice nada de mi salud, ni de mi carácter y si algo, es solo un indicador de que mi vida ha sido más fácil que la de otras mujeres.

No importa el cuerpo que tengamos, la sociedad nos insiste, a las mujeres especialmente, en que nuestro cuerpo está mal. No importa cuán parecidas seamos al canon de belleza nunca será suficiente, y como la sociedad nos ha enseñado a juzgar y disciplinar nuestro cuerpo, esa mirada se ha convertido en propia, hacemos un juicio cada vez que nos vemos al espejo. Esa colección de juicios es lo que yo experimento, como mujer, sobre mi cuerpo. Pero el rechazo, la opresión, llegan a mi porque soy mujer, no por ser flaca. Ser flaca es un privilegio inmenso porque vivo en un mundo que está hecho para mi tamaño: siempre encuentro ropa que me quede, y en todos los estilos imaginables, quepo en las sillas del avión, y quien no me conozca hasta creerá que hago ejercicio. No soy víctima de una cultura que equipara la gordura con la gula, la pereza, el descontrol, la incompetencia, y la enfermedad.

Una de mis amigas del colegio era “la gordita del salón”. No era que fuera especialmente gorda, era una niña normal, cachetona, la mayor en una familia en donde todos eran de contextura media. Si no hubiese sido nombrada “la gordita” todos y todas habríamos visto que era y es una mujer muy guapa. Estudiamos juntas durante al menos 12 años y siempre la recuerdo haciendo dieta. Desde los siete. Y pasó por todas, “la del atún con piña”, la “de las proteínas”, “la del agua de apio”. A pesar de todas las dietas su contextura fue siempre la misma. Todos, para ser amables, comentaban que tenía “una cara muy bonita” y cuando se adelgazaba un poco todos corrían a felicitarla. Yo en cambio, solo por ser flaca, me dí el lujo de crecer mucho más lento, no tuve ni nunca he tenido que vigilar lo que como, ni aguantarme las ganas, ni me han de-sexualizado, ni he tenido mi autoestima amarrada a mi peso. Mi niñez fue más larga y libre gracias a mi contextura, y no fue sino hasta que me salieron tetas que la sociedad -y yo misma- comenzamos a vigilarme.

 

Sé qué se siente que extraños se acerquen a fiscalizar tu cuerpo y que encima te digan que lo hacen por tu bien, pero es algo que me sucede de manera excepcional, no son todos los días de mi vida ni nadie me exige que el control de mi cuerpo sea parte de mi identidad. Nuestra  sociedad insiste desde todos los flancos en que ser gordo es lo peor que a uno le puede pasar. Bueno, ser gorda es más grave. Significa ser, por siempre, la amiga de la protagonista, y eso a su vez significa aislamiento, soledad. Es un mensaje cruel.

El gobierno estadounidense ha lanzado múltiples campañas que equiparan la gordura con problemas de salud, y así se ha creado un prejuicio peligroso. No podemos saber si una persona está bien o mal de salud solo con mirarla. Muchas personas flacas tienen problemas de salud, y nadie se siente con derecho a sacárselos en cara. De hecho, los y las gordas viven estadísticamente más tiempo que las personas flacas. Claro, puede haber problemas de salud asociados con la gordura, pero esto depende de cada organismo, no todas las personas gordas están enfermas. Al considerar la obesidad una patología en sí misma y no un factor de riesgo para la aparición de enfermedades se olvida que hay formas de la gordura que no están ligadas a la enfermedad. Uno de los más sofisiticados corrales de la normalidad es el “Índice de Masa Muscular” que promedia peso y altura para sacar un número que supuestamente determina las condiciones saludables de un cuerpo. La premisa debería ser sospechosa de entrada porque no toma en cuenta la densidad de los huesos ni otros factores, pero se ha convertido en una medida de lo aceptable, aunque sea un promedio disparatado. Lo peor es que este prejuicio lo comparten los y las médicas, y muchas veces cuando llega un paciente gordo, no atienden sus síntomas por atribuírsele a la gordura. Y bueno, ni hablar del negocio millonario que es vender tratamientos “médicos” para adelgazar. La gordofobia ha echado hondas raíces en la biomédica.

El problema con el juicio de la gordura es que también es un juicio moral. Aceptamos a esos “gordos buenos”, los que hacen ejercicio, dieta, los que viven sometidos a la disciplina que obliga el constante escrutinio social. Una persona puede ser gorda solo a pesar suyo, no podemos soportar que alguien pueda disfrutarlo. Y es tremendamente injusto pues ni el ejercicio ni las dietas son “solución” real para la gordura. Numerosos estudio ya han mostrado que casi todas las personas recuperan el peso que pierden en menos de cinco años. Así que para que una dieta funcione la persona tiene que ser una excepción estadística. Y mientras tanto las dietas (y otros “tratamientos)” afectan al sistema inmunológico, cardiovascular, los niveles de estrés y hasta la salud mental. Otro estudio muestra que el 80% de los niños y minas menores de 10 años han hecho dieta. Nuestra sociedad los y las está empujando a padecer todos estos problemas de salud a punta de patologizar sus cuerpos.

La fabricada epidemia de gordura no se debe a la falta de disciplina de las personas, los padres, los y las niñas. Tiene que ver con problemas estructurales como la inestabilidad económica (comer sano es carísimo) la educación y hasta la salud mental. Avergonzar a las personas gordas no resuelve el problema, solo lo individualiza, liberando a los Estados de sus responsabilidades. El problema no es la gordura, es que no todos y todas tenemos bienestar.

Marie Southard Ospina, estadounidense de ascendencia colombia y periodista de moda para Busltle, dice que ser plus size o gordo no debería ser un insulto, sino un descriptivo del cuerpo, como ser alto, o de cabello negro. Porque la identidad de una persona no puede circunscribirse a su peso. Southard Ospina hace parte del movimiento de aceptación positiva de los cuerpos; no solo los cuerpos gordos, también los morenos, los negros, los que viven con alguna discapacidad. “Al leer las entradas de mi diario […] me convenzo de la importancia de la apropiación del insulto [gorda] para poder disminuir su poder de dañar. Sin embargo, queda abierta la pregunta sobre el peligro de que este empoderamiento gordo se convierta en una nueva matriz de estratificación moral en la que las actitudes gordofóbicas y la delgadez son satanizadas.” Escribe la académica colombiana Ángela Cruz en su investigación “¿Desaparecer para ser vista? Consideraciones en torno a la intersección entre obesidad y género”, en la que resalta la importancia de un activismo gordo, “informado, consciente de las raíces culturales de estas formas de discriminación” y sensible a las particularidades de cada contexto, de manera se se abogue por una “gordura saludable y valiosa”.

Desde los estándares de belleza (a veces disfrazados de estándares de salud) controlamos a los cuerpos desde lo que podría llamarse una tiranía de la “normalidad”. Una cultura fijada en que las mujeres cumplan con unos específicos parámetros de apariencia no tiene una obsesión con la belleza, tiene una obsesión con la obediencia. Una cultura que nos insiste que tenemos los cuerpos equivocados. Y unos cuerpos están “más equivocados” que otros. Como aliados y como humanos, todos podemos ayudar a construir un mundo que no invente epidemias a partir de prejuicios, y que use el pretexto de la salud para inventar formas de tortura.  En un mundo que violentamente le exige a nuestros cuerpos obediencia, el amor, la aceptación y el respeto por la autonomía corporal, son una forma de resistencia.

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