El sexting es la revolución sexual del siglo XXI

Columna publicada en la revista Vice el 20 de julio de 2016.

Pensar antes de sextear“, campaña desarrollada por Google y Pantallas amigas en contra del sexting en México, es revictimizante, moralista, prejuiciosa y en general incompetente. Por eso es una vergüenza que tantos nombres de empresas que se presentan como la vanguardia tecnológica, (como Google) o entidades públicas como el INAI, el Canal del Congreso, el Infodf, el DIF Nacional, la Red por los Derechos de la Infancia en México y la Secretaría Ejecutiva del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes, (que funcionan con nuestros impuestos) aparezcan vinculados a la fallida campaña. R3D en Defensa de los Derechos Digitales publicó las cinco razones para pensar antes de estigmatizar el sexting, donde señalan que la difusión de imágenes sexuales sin consentimiento es el problema, no sextear, y que la campaña apela a la moralidad para disuadir el sexting, asociándolo con el consumo de drogas o alcohol. Rechazan el discurso prohibicionista y proponen que, en cambio, se promuevan prácticas seguras para sextear. En la misma línea, Horizontal señaló que el sexting forma parte de nuestros derechos sexuales.

Los personajes del video no viven el sexting como una práctica erótica. Ya sé que el video intenta caricaturizar las prácticas del sexting para putiavergonzarnos. Pero un pre requisito para esa caricatura es no entender el sexting en toda su dimensión erótica. Así, la campaña pone en evidencia a Pantallas Amigas y a todos los grandes nombres que lo respaldan: ninguno entiende el sexting ni entienden sus riesgos. Y por eso no entienden que es atrevido decirnos qué hacer con nuestra sexualidad. Eso es inmiscuirse en nuestra privacidad para decirnos que alguien quiere violar nuestra intimidad. Oso. El video “Pensar antes de sextear” ilustra muy bien los prejuicios detrás de la campaña. Una mujer se toma una foto con el torso desnudo y se la envía a un hombre que, al verla, se le salen la lengua y los ojos. Los hombres son animalitos así. Parece que luego van a un restaurante y pasan los meses. Aquí parece que: meses + restaurante = “relación estable”. Finalmente el video muestra a la pareja discutiendo. Luego un granuja observa a un hombre pasar y se da cuenta que tiene fotos suyas borracho en internet. Así que le envía un malware, ¿qué más puedes esperar si te emborrachas? Una chica (“Tontorola”) le envía un snapchat a un hombre y desata una secuencia en donde la gente se envía desnudos entre risitas ingenuas y dentro de la heteronormatividad y monocromía étnica y racial. Luego, (esto es lo mejor) alguien se fuma un porro en un concierto de Bluse Esplintin (sic), y obvio, el porro lo lleva a bajarse los pantalones en la calle. Un “nerd” le dice a una chica que “no puede dejar de pensar en ella” y ella se burla con las amigas. El video nos da unas claves sobre lo que muchos piensan sobre esta práctica sexual: que las mujeres son tontas por enviar sus fotos, que los hombres serán mofados si expresan sus sentimientos y que ir a conciertos de músicos de la tercera edad te induce a avergonzarte en público. Resumen: l@s jóvenes son incomprensibles y estúpidos. Deben censurarse para cuidarse de sí mismos.

La sexualidad humana existe en el campo de lo simbólico y de la representación. Un cuerpo desnudo, o su imagen o representación, no están inherentemente sexuados. En inglés existen las palabras “naked” y “nude” para marcar una diferencia. Nosotros podríamos decir “desnudos” y “encuerados” (¿quitarse los nudos o quitarse el cuero?). Por ejemplo: no es lo mismo estar sin ropa frente a mi mascota que frente a mi pareja o frente al lente de Spencer Tunick. Es clave señalar que venimos de una larga tradición en donde cualquier cuerpo femenino desnudo se asume sexuado, y donde lo sexuado se entiende como bajo, malvado, mundano o sucio. Hay una larga iconografía de cuerpos de mujeres desnudas, desde la Venus dormida de Giorgione hasta la despiertísima Maja desnuda de Goya, que le devuelve una desafiante mirada al espectador. Algo que es importante notar es que las mujeres no hemos imaginado ni producido estas imágenes. La erotización histórica de nuestros cuerpos se ha dado a través del Male gaze. No es sino hasta avanzado el siglo 20 que las mujeres tuvimos acceso a la creación de imágenes y fotógrafas como Cindy Sherman empezaron a tomarse autorretratos y a cuestionar esta mirada.

Con la llegada de las cámaras digitales y el teléfono celular se dio una revolución en el acceso a la creación de las imágenes y con esto vino también una revolución en la autonomía de la representación de la identidad. Quizás muchas personas repliquen los códigos estéticos establecidos para los roles de género, pero para otras, esto es una posibilidad inusitada de autorrepresentación. Tomarse una selfie es un ejercicio ontológico, implica una curaduría del propio cuerpo, nuestra mirada sobre nosotros mismos se puede extrapolar a la mirada ajena, la pornificación de uno mismo. Una selfie desnuda implica el ejercicio de autosexualizarse. Y el autorretrato es un privilegio que para muchos cuerpos (los de las mujeres, de los pobres, de los y las negras e indígenas retratados en National Geographic, les queer, etcétera) era inimaginable hace unas décadas. Nuestras narrativas sobre el sexo también han sido inventadas por y para un tipo muy específico de cuerpo. ¿Qué pasa cuando otros cuerpos, al sextear, crean nuevas narrativas sobre el sexo? Con la multiplicación de los sujetos llega una multiplicación de la representación. Por eso, no es menor ni es banal tomarnos una foto desnudos frente al espejo. Se están ejerciendo en pleno los derechos a la autonomía, al libre desarrollo de la personalidad y a la libertad de expresión. Una selfie desnuda es señal de un pensamiento simbólico, un ejemplo de autodeterminación, el lenguaje en lo más humano de su humanidad.

Y por eso la gente seguirá sexteando. Así hayan visto el estúpido video de Pantallas Amigas. Así tengan miedo de que un extraño malvado les robe sus fotos. Y aún sabiendo que no hay encriptación que prevenga que el receptor de la imagen la divulgue, pues no hay soluciones tecnológicas a problemas humanos. Eso sólo se previene con una cultura de respeto por la intimidad. En vez de pendejear mujeres y recurrir a la putivergüenza, una estrategia efectiva para contrarrestar los riesgos del sexting se enfocaria más en campañas de educación para que vivamos una sexualidad ética y respetuosa del consentimiento. Una estrategia que no caiga en la ingenuidad de creer que alguien va a renunciar al erotismo.

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