¡Bienvenidos los baños neutros!

Columna publicada en El Espectador el 21 de julio de 2016.

El rector de la Universidad Externado, Juan Carlos Henao (exmagistrado de la Corte Constitucional), anunció que en uno de los pisos de cada edificio de la universidad habrá baños mixtos. “Tengo la firme convicción de que pregonar estos principios propicia el avance en la formación de quienes creen en la perfectibilidad humana y en sociedades más democráticas”, explicó el rector. “Los baños para todos los géneros, baños mixtos o baños neutros en espacios educativos y laborales han sido un movimiento reciente en Estados Unidos”, explica la colombiana Mati González, abogada de Colombia Diversa y una de las voces más visibles en la lucha por los baños públicos neutros o mixtos en América. Recientemente, durante su paso laboral por la OEA, González logró que se creara un baño neutro que, según afirma la circular de la Organización, busca “proveer un ambiente de trabajo seguro para empleados que sean trans y servir como ejemplo a los Estados americanos para hacer accesibles los espacios laborales a personas trans”.

La separación de baños por sexo es una forma muy sutil de violencia, que quizá se entiende mejor si nos preguntamos por qué hombres y mujeres (cis) vamos a baños diferentes en primer lugar. Antes de la era victoriana solo los hombres salían a las calles, por eso los baños públicos estaban hechos solo para ellos. Cuando las mujeres empezaron a salir a un espacio público pensado para el cuerpo de los hombres como cuerpo estándar, comenzó un problema. Las mujeres dejaban de comer o de beber agua pues no podían ir al baño fuera de sus casas y algunas hasta llevaban un aparato llamado “urinette”, que se ponían debajo de la falda. Como los tiempos victorianos exigían una extrema segregación entre hombres y mujeres (supuestamente para protegernos a las mujeres, como los vagones rosa del metro de CDMX —ajá—), se hicieron baños separados para hombres y mujeres. En 1887, el estado de Massachusetts pasó una ley para que los establecimientos que empleaban mujeres tuvieran baños separados por sexo. Para los años 20 esta medida era la norma en todo “Occidente”. Los baños también serían (y son) segregados —tácitamente, culturalmente— por raza, rango y clase social.

Aunque hoy existen leyes que exigen igual número de baños para hombres y mujeres, las mujeres seguimos con un lío victoriano. Es un problema ir a baños públicos y las filas suelen ser interminables. Aunque en muchos países se exija igual número de baños para hombres y mujeres cis, el efecto es diferenciado porque las mujeres tenemos que sentarnos para ir al baño, nuestra ropa es más complicada de quitar y poner, nos viene la regla y hacemos labores de cuidado (que deberían ser responsabilidad de todos los géneros). Mientras tanto, los hombres hasta tienen más orinales en el mismo espacio. Como resultado, muchas mujeres, hoy en día incluso, prefieren ni salir de la casa, o limitar comidas y bebidas cuando están lejos de un baño accesible o digno. Si esto es lo que pasamos las mujeres cisgénero, con todo y que es obligatorio que haya baños para nosotras, imaginen lo que pasa con las mujeres trans, que son cuestionadas en su identidad para ir al baño o de plano no les permiten el acceso. El espacio público (y los espacios privados, y educativos) les está diciendo a las personas trans que sus cuerpos no existen.

El problema de género y de ocupación de los espacios que ocasionan los baños públicos estaría resuelto si absolutamente todos los baños fueran neutros. Pero la discusión por el acceso a los baños públicos es un comienzo para cuestionar más barreras de acceso. “Los baños para todos los géneros responden a la pregunta de cómo hacer los espacios más accesibles a personas trans. Pero no a la pregunta de por qué no hay suficientes personas trans accediendo a las universidades. Es un paso en la dirección correcta, pero también es hora de hablar de acciones afirmativas para personas trans en universidades públicas y privadas para poder acabar con los ciclos de pobreza, exclusión, violencia y muerte que enfrentamos”, explica González. Se trata, en últimas, de que todos los espacios y las oportunidades estén pensados para todos los cuerpos (especialmente para los cuerpos e identidades que han sido excluidos históricamente). Es la única manera de desmontar las desigualdades.

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